Historias para no viajar/ dormir: contratiempos en Islandia

Vuelven esas pequeñas anécdotas que, hoy nos hacen reír y, en su día nos dieron algún que otro quebradero de cabeza y que, además, ponen la nota de color en un viaje y lo convierten en más divertido.

Ducha con olor a huevos podridos en Islandia

Como la gran mayoría de gente sabe, Islandia es una isla volcánica. ¿Qué quiere decir esto? Pues muchas cosas, por ejemplo, que un porcentaje muy elevado de la electricidad producida es de origen geotérmico. De esta manera, las calefacciones de las casas y el agua caliente provienen del “interior” de la tierra.

Esto suena muy sostenible y ecológico y, en los tiempos que corren, ojalá nos pudiésemos abastecer en muchos más sitios de energías renovables. Como no todo puede ser bueno y si no le encontramos una sola pega a algo, no nos quedamos a gusto, vamos a buscársela a este sistema.

Imagina que es noviembre y que has ido de vacaciones a Islandia. Sé que suena a perogrullada, pero el otoño de Islandia no tiene absolutamente nada que ver con el de Madrid, así que, llegas a tu alojamiento, que es un mini piso en Reikiavik en el que dormiremos todos los del grupo y la ducha te llama con cantos de sirena.

El agua caliente de las piscinas del Blue Lagoon no olía a azufre, pero la de las duchas, sí

Acordamos el orden en el que nos ducharemos y, cuando me toca, me meto en la ducha, abro el grifo y, mientras que espero que un torrente de agua caliente me caiga encima, se me tuerce el morro. Sí, cayó un torrente de agua caliente, pero agua caliente con olor a pocho. O a huevos podridos, en concreto.

¿A qué se debe esto? Al tratarse de agua geotérmica contiene azufre y el azufre huele de esta manera tan peculiar y desagradable. Es un agua válida para el consumo humano, de hecho, no sabe mal y no debe causar problemas, a no ser que seas alérgico al azufre. Sin embargo, en la ducha, es todo un espectáculo.

Te das mucha prisa en terminar, para poder cerrar el grifo lo antes posible, más que nada. Además, el pelo me quedaba totalmente estropajoso, como si no me lo hubiese lavado, aunque no descarto que fuese también consecuencia de llevar un gorro de lana puesto casi todo el día. En cualquier caso, si hay que ir a Islandia, ponerse una pinza en la nariz antes de ducharse y llevar todo el día el pelo recogido en una coleta, ¡se hace!

Senderismo por Islandia con una parca mojada

Bueno, mojada, lo que se dice mojada, mi parca no lo estaba, sin embargo, se empezaba a sentir el agua por algunas costuras.

Vamos a ponernos en contexto: queremos llegar a la catarata de Svartifoss. Situada en el Parque Nacional de Skaftafell, es una de las atracciones más populares, ya que está rodeada por columnas basálticas negras. El lugar es espectacular.

La manera de llegar es andando, en un recorrido bastante accesible de algo menos de 2 km en plano y que tuvimos que hacer bajo una nevada.

La parte buena, es que conocimos Islandia es su máximo esplendor; la mala, que apenas pudimos apreciarlo y, por su puesto, casi no hay fotos hasta que llegamos a la catarata. Una pena.

¿Y qué es lo que pasa cuando nieva? Pues, entre otras cosas, que te mojas. Llevaba puesta una parca impermeable, bastante buena, que me protegió muy bien del frío, pese a que fallaba en un par de aspectos: el cuello y los puños no eran impermeables. De esta manera se terminaron mojando y traspasando era humedad a las prendas que había debajo y, lo que es peor, el frío.

Catarata de Svartifoss, Islandia

Llegamos a Svartifoss y sí, nos quedamos alucinando ante esa maravilla de la naturaleza y a la que, por desgracia, no pudimos dedicar todo el tiempo que nos hubiese gustado, la nieve, el frío y, en mi caso, ropa que ya iba bastante húmeda nos obligaban a regresar a la furgoneta.

En el interior del vehículo hacía in frío de campeonato y eso que íbamos los nueve bastante juntos y que Patricia, nuestra guía, nos esperaba con tazas de sopa de sobre bien caliente y que sigo pensando que ha sido una de las mejores comidas que he comido nunca. Nos quitábamos la capa principal para que no abultase tanto y que la sensación térmica al bajar no fuese mayor. En esas circunstancias es fácil suponer que aquello que iba mojado no se iba a secar.

Y así ocurrió. Llegamos a nuestro alojamiento de esa noche y, aunque había radiadores, estaban puestos muy bajitos, ya que había calefacción de suelo radiante. Puse la parca justo al lado, con la esperanza de que, el calorcito, por bajo que fuera, consiguiera secarlo. No había manera. Estuve enchufándole con el secador de pelo directamente. Pfff nada de nada. Como no podía estar así toda la noche, no me quedaba otra que acostarme y esperar a la mañana siguiente. Y la magia se hizo: al levantarme, todo aquello que estaba mojado se había secado. Podía afrontar el día de otra manera.

Y el viento se llevó mi gorro

Y sí, hay una última historia para no viajar en Islandia, ¡si es que todo es malo!

Teníamos planeado un trekking bastante duro: el ascenso a Hjörleifshaugur, el lugar en el que está enterrado Hjörleifgur, el segundo vikingo que se estableció en Islandia, hermano de Ingólfr Arnarson, el primer vikingo que lo hizo, a finales del siglo IX.

Es un trekking duro, en mitad de la nada, en un lugar que parece una fábrica de hielo, nieve y frío y que, al mismo tiempo, es de una belleza inconmensurable.

Aunque la recuerdo como una ruta larga, sí que había bastante pendiente, que había que ir subiendo con calma, sin gastar más fuerzas de las necesarias y, sobre todo, luchando contra el fortísimo viento que soplaba cada vez más según íbamos ascendiendo.

Y, entonces ocurrió: el viento se llevó mi gorro. Llevaba uno de estos con solapas a los lados para proteger las orejas y con una levantada sobre la frente. Mi gorro rusky. Se anudaba debajo de la barbilla y así es como lo llevaba. O el viento era muy fuerte, o el lazo demasiado flojo o todo al mismo tiempo: el caso es que el gorro salió volando sin que apenas me diera tiempo a reaccionar.

Uno de mis compañeros hizo el amago de ir a por él y le grité “¡No!”. La pendiente era demasiado escarpada y la situación ya tenía el componente de peligro suficiente como para hacer esa tontería.

Ascenso a Hjörleifshaugur, Islandia, sujetándome la capucha y el con el pelo al viento

Debajo del gorro rusky, llevaba uno más fino que algo hacía, además de la capucha de la parca que, por desgracia, no era ajustable, por lo que tuve que pasarme el resto de la subida, intentando manejar los bastones, hincando la cabeza para luchar contra el viento y sujetando la capucha que no paraba de irse hacia atrás. Por cierto, pese a todo esto que estoy contando, la parca fue muy buena compra…

Cuando llegamos arriba, uno de mis compañeros, no recuerdo quién, pero gracias otra vez, me dejó un gorro que llevaba de sobra, uno de estos de lana con pompón. Deberían quedar, como mucho, dos días más de viaje, por lo que me dijo que no me merecía la pena comprar otro, que me lo quedase hasta el aeropuerto.

Y, una vez salvados los obstáculos, pudimos recuperar el aliento, disfrutar del lugar y de las vistas de escándalo, hacernos las fotos de rigor y regresar a la furgoneta.

Pese al frío y a todos estos contratiempos, ¿cuándo volvemos a Islandia?

Por cierto, si alguien está interesado en esta ruta, os comparto una de Wikiloc circular en la zona, que se hizo en verano.

***

Lee otros artículos relacionados:

Deja un comentario