Arrepentimientos viajeros

Según la RAE, arrepentirse es sentir pesar por haber hecho o haber dejado de hacer algo. Todos nos arrepentimos de algo en nuestra vida: no haber estudiado lo que más nos gustaba, no haberlo dejado antes con una pareja con la que ya no éramos felices, no sacar tiempo suficiente para ir al gimnasio/ estudiar italiano/ colaborar con una ONG… pero, al margen de consideraciones psicológicas, estoy segura de que todos los viajeros nos arrepentimos por algunas actividades que hemos hecho en algún viaje o por oportunidades que hemos dejado escapar.

Una de ellas, y que todavía me sigue pesando, es no haberme bañado en el mar Rojo. Soy de estas personas que, si ven un charco, tienen que mojar el culo, no puedo evitarlo. Me gusta poner el tick en experiencias que he tenido, como bañarme en la playa de La Concha, en las islas Cíes, en el Pacífico (bueno, más bien, he mojado los pies), en un lago en Uzbekistán, en el mar Muerto, etc. Tuve la oportunidad de bañarme en el mar Rojo y no lo hice. Para matarme.

Cuando fui a Jordania, después de la estancia en Wadi Rum, poníamos rumbo a Aqqaba, ciudad típica de veraneo jordano donde montaríamos en un barco con fondo acristalado y después, quién lo deseara, podría bañarse o hacer snorkel en el mar.

Los que sí se bañaron en el mar Rojo

Tengo que reconocer que no fui muy práctica a la hora de preparar la maleta, entre otras cosas, por el desconocimiento de lo que nos íbamos a encontrar en el desierto (y por no haber preguntado en la agencia), por lo que llevaba la maleta grande para una semana (si quieres leer los consejos sobre ropa que di para viajar a este destino en otoño, pincha aquí). El bikini, las chanclas y la toalla los llevaba, sin embargo, no contaba con la parada de Aqqaba: fue una opción que nos dio el guía antes de llegar al mar Muerto. Fue como una excursión opcional, salvo que no aparecía en el programa, todos estuvimos de acuerdo en ir y pagamos. Se reservó en un club marítimo para que pudiésemos utilizar las instalaciones y luego comer. Abrieron el maletero del autobús para que cogiésemos lo necesario de nuestro equipaje y nos cambiásemos en los vestuarios. Y aquí es cuando vino mi problema: maleta grande con un montón de ropa, y que la mayoría ni usé.

Me vi a mí misma abriendo el maletón delante de todo el mundo (aunque todos los demás estuviesen haciendo lo mismo, no fijándose en mí), rebuscando para sacar lo del baño, que estaba al fondo del todo, esperando a ser sacado cómodamente en nuestra habitación de hotel en la costa del mar Muerto y luego haciendo lo mismo para guardar la ropa que me acababa de quitar y, más tarde, volverme a vestir para no ir a comer con el bañador mojado. Me pudo la situación. Hice el amago de rebuscar y, como no lo encontré a la primera, desistí. Me rendí demasiado pronto.

Fondo marino protegido

Cuando montamos en el barco, hicimos un recorrido viendo el fondo marino protegido, lleno de corales, fauna y, también, restos de aviones, barcos o tanques hundidos por las autoridades jordanas y que han formado un arrecife artificial cerca de la costa. Me dejó alucinando, no me extraña que después de haber visto algo así, pese a que fuera a través de un cristal, dijese que quiero hacer el bautismo de buceo, que todavía tengo pendiente… Y llegó el momento del baño, para los que llevaban puesto el bañador, claro. Uno a uno fueron saltando al agua y yo, mirándoles desde la cubierta del barco, arrepintiéndome por la decisión tomada poco antes. Sé que suena muy exagerado si digo que se me vino el mundo encima, pero sabía que era algo que echaría de menos y no me he equivocado: más de cuatro años después de aquel viaje, sigue siendo una espinita clavada.

Cuando visité Marrakech en 2009, nos acercamos a conocer los jardines de la Menara. Llegamos andando desde la Medina y, antes de entrar, nos topamos con lo que hay en lugares turísticos: vendedores. Hubo uno que me llamó la atención, ya que ofrecía paseos en camello. Sin pensármelo ni dos veces, pagué el precio pedido y me subí. El hombre llevaba al animal sujeto por una cuerda y lo fue paseando, conmigo subida, por el lugar y, pese a ser marzo, hacía calor, ya que era primera hora de la tarde. Nadie preguntó al animal si quería que yo me subiese.

Jardines de la Menara

Reconozco con vergüenza que la experiencia me gustó, me lo había pasado bien, ¡había montado en camello! Dimos una vuelta por el lugar, me hicieron fotos y nos bajamos. Después, ya pudimos conocer los jardines. Por aquel entonces, todavía no se hablaba apenas del maltrato animal, de los derechos de éstos, de cómo viajar respetuosamente con la naturaleza y los animales locales, así que no me pensé el montar en camello: era una experiencia y lo había hecho.

Años más tarde, en 2016, fui a Sri Lanka. El guía, nos ofreció un pack aparte del programa que incluía actividades como montar en tuc tuc, visitar un poblado “real” donde nos enseñarían cómo cocinan, un masaje ayurveda… y montar en elefante. Una vez más, no dudé en apuntarme. Nunca había montado en este animal, recordaba la buena experiencia con el camello en Marrakech y pensé que era algo más que sumaba a mi haber. Por supuesto, esta vez tampoco pensé en que al animal no le estaban preguntando si le gustaba estar encadenado y que los turistas se subiesen a su lomo.

Tenían a los elefantes encadenados por una de las patas y, mientras que nosotros subíamos, el hombre que le guiaba nos hacía fotos. La situación empezó a escamarme: ver a los animales atados de esa manera no me gustó nada, sin embargo, yo disfrutaba con la experiencia y me sentía como la Reina de Saba, al fin y al cabo, estaba montando en elefante y tenía fotos.

Una de las fotos del arrepentimiento

Al volver a casa, seguía eufórica por lo vivido, aunque había una parte de mí que no se sentía de esa manera, sino todo lo contrario. Con el paso del tiempo, se empezó a oír hablar de los derechos de los animales, del respeto hacia ellos (ya sea de vacaciones o no), del turismo responsable, etc. Fue en este momento cuando me empecé a arrepentir de lo que había hecho, tanto en Marruecos como en Sri Lanka, y a sentirme culpable.

En las múltiples cuentas que sigo en Instagram, vi el año pasado un recorrido por Egipto en el que, para visitar el Templo de Edfu, a los turistas se les da la posibilidad de hacerlo en calesas. Desde la orilla en la que se atraca el barco hasta el templo hay un trecho y a las agencias les gusta que se haga en calesas tiradas por caballos. Los propietarios de la cuenta se negaron a coger una calesa y fueron junto a otras personas en taxi. Los derechos de los animales estaban por encima. Me quedé con la copla y, cuando ya tuve la confirmación de que iba a Egipto en diciembre, recordaba este detalle, así que decidí que, cuando llegásemos a Edfu, le diría al guía que yo no montaba en calesa. No hizo falta llegar a este punto porque la opción de taxi nos la dieron desde el principio. Fuimos cuatro chicas las que nos apuntamos y Waled, nuestro guía, vino con nosotras en un taxi- tuc tuc.

El estado de los caballos en Edfu

Le preguntamos qué prefería él y nos contestó que, sin ninguna duda, el tuc tuc, las calesas son una “turistada”. Si tenemos en cuenta el lamentable estado de los caballos, con las patas raquíticas, parecía que estaban malnutridos, me alegré de la decisión tomada. Cuando nos reencontramos todos, los que habían hecho el trayecto en calesa estaban encantados, enseñando los vídeos que había hecho. Yo también estaba encantada porque nos habían metido por las zonas de la ciudad a las que no quieren que vayan los turistas y, por lo que había visto, aunque de forma fugaz, la realidad cotidiana y, en cierto modo, sentía que estaba haciendo justicia poética con el camello y el elefante.

Mejor en tuc tuc

Uno de los primeros posts que colgué en el blog fue el recorrido que hice en 2015 por el Norte de Europa. Seis ciudades en 12 días, casi nada. Una vez cerrado el recorrido lo supe: nos sobran ciudades o nos faltan días. En Riga sólo estuvimos una tarde, ya que la mañana la dedicamos a desplazarnos desde Tallín en autobús. De hecho, tuvimos que comer en la estación de autobuses antes de ir a nuestro hotel. La ciudad me gustó tanto que lamenté profundamente (y sigo lamentando) no haberla dedicado más tiempo. A primera hora de la mañana del día siguiente, teníamos que coger un vuelo hacia San Petersburgo, por lo que la aventura letona se acababa en ese momento. La última parada de este tour fue Moscú. Estuvimos dos días y medio y me supo a poco. Moscú es una ciudad enorme, con muchos enclaves para ver y museos de primer orden. No llegamos a visitar ningún museo y, respecto a la ciudad, pagó injustamente el cansancio acumulado de todo el viaje. Aunque en momentos así se sacan unas fuerzas sobrehumanas, esta vez, pesaba demasiado. Entre que mi acompañante no puso las cosas fáciles y que me tocaba a mí organizar las visitas, estar pendiente del calendario, llevar las cuentas del dinero y tirar del carro, cansancio físico y mental eran absolutos. Moscú se merece una visita más sosegada y dedicarle los días necesarios.

Visitando Riga a toda pastilla

Si hay algo de lo que me arrepiento y lo haré toda la vida es no haber hecho el Interrail. Se trata de un sistema de conexión de distintas ciudades y pueblos europeos por tren o ferry. Los billetes se sacan por zonas y puedes viajar tantos días como quieras, haciendo todas las paradas que quieras. Cuando yo tenía unos 18 años, ya funcionaba desde hacía varios años como una forma barata para que la juventud conociera Europa. Yo no pude hacerlo y no porque no quisiera, sino porque mis amigas de aquel entonces no acompañaban, todo les parecía mal y no querían salir de su rutina. Año tras año me tuve que comer las ganas y, cuando conocía a gente que lo había hecho y contaba absolutas maravillas de ello, me moría de envidia. Dormir en el tren varias noches para ahorrarte el dinero del alojamiento; dormir en albergues en habitaciones compartidas en las que conoces a gente de toda Europa; o en parques porque hace buen tiempo y es gratis; comer a saber qué comprado en a saber dónde; lavar la ropa interior en el lavabo y llevarla cogida con imperdibles por fuera de la mochila para que se seque. Tienes 17, 18, 19 ó 20 años (o los que tengas), ¡es el momento de hacer esas cosas! Con el paso de los años, ya no veo sentido, en mi caso particular, de hacer un viaje así. Por supuesto que me moveré en tren, seguiré sin reservar en hoteles de lujo y compraré comida en supermercados o puestos de la calle, pero los días de albergues en habitaciones compartidas o lavar a mano se acabaron para mí. Trabajar aburguesa.

Mapa de Interrail. Foto de dev.viajedemivida.es

Hoy en día conozco a gente de mi edad (o incluso mayores) que lo hicieron en su momento y cuentan historias geniales. No sólo la manera de ahorrar dinero, sino todo lo que ocurría cuando tenías 18 años, estabas fuera de casa, no había internet en los móviles (¡ni móviles!), historias de las que sabes que te acordarás toda la vida. Mi hermana lo hizo con sus amigos del instituto (sólo nos llevamos 4 años y sus amigos eran totalmente distintos de los míos, unos se apuntaban a un bombardeo y otros sólo a hacer botellón todos los fines de semana en Tribunal) y se sigue acordando.

Creo que es una manera estupenda de empezar a conocer mundo, de salir del cascarón, de comprobar que no todo son suites y restaurantes con manteles y servilletas de tela, que viajar cuesta todo el dinero que tú quieras que cueste y, además, una estupenda manera de dejarnos los ascos y los remilgos.

Podría haber sido yo. Foto de pablobackhome.com

Muchas veces que quedo con Geni, terminamos hablando de viajes y ella me confesó que le había ocurrido exactamente lo mismo: quería hacer el Interrail y no encontró a nadie con quien hacerlo. Siempre terminamos con un “ojalá nos hubiésemos conocido mucho antes para hacerlo juntas” y sí, lo hubiese hecho con los ojos cerrados.

A Jordania puedo regresar y bañarme en el mar Rojo, puedo dejar de participar en actividades poco éticas con animales, visitar de nuevo Riga y Moscú, pero no puedo volver a los 18 años, hacer la mochila y subirme a un tren con rumbo a cualquier destino europeo.

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