El sur de Túnez: el palmeral de Nefta, el lago salado de Chott el Djerid, paseo por las dunas en Douz y las casas trogloditas de Matmata

Nuestro recorrido por el sur de Túnez continúa. Aunque no nos hemos metido en el desierto del Sáhara propiamente dicho, hemos tocado una zona que se le parece mucho: Oung El Jmel, una duna espectacular en un paisaje totalmente marciano, y hemos visitado la medina de Tozeur que, para mí, es la más bonita de Túnez.

Retomamos nuestro camino conociendo otras ciudades que tienen mucho que ofrecer y paisajes que se quedan guardados en la memoria.

Nefta, la ciudad del palmeral

Tras una mañana llena de descarga de adrenalina, volvemos a nuestro hotel a comer y descansar un rato. No nos ponemos demasiado cómodas, ni merece la pena ducharse, porque esta tarde salimos hacia Nefta.

Vale, Nefta no tiene la espectacularidad de Tozeur, no es nada turística (de hecho, no vimos a ningún otro turista por allí), no he encontrado mucha más información navegando por internet, sin embargo, parece que aquí se ha detenido el tiempo y es hogar del segundo mayor oasis de Túnez, así que, si tienes tiempo, reserva unas horas para conocerla.

Aunque la tormenta de arena impide verlo con nitidez, éste es el inmenso palmeral de Nefta

Aunque no se conocen a ciencia cierta los orígenes de Nefta, se cree que fueron pastores bereberes los que la fundaron. Romanos y bizantinos construyeron fuertes en el oasis que les sirviese de protección de los nómadas del desierto. Fue sede episcopal, pero ante la llegada del islam, y pese a la resistencia que opusieron, terminó siendo conquistada.

Durante varios siglos, Nefta fue una importante parada de caravanas, no obstante, el declive comenzó en el siglo XV, debido a que el comercio caravanero pasaba por malos momentos y por las incursiones cada vez más frecuentes de tribus nómadas. Con la llegada de los franceses en 1881, Nefta experimentó un nuevo auge.   

Según aparcamos el coche en la zona alta de la ciudad, nos asomamos a un mirador para ver el oasis La Corbeille desde lo alto. La tormenta de arena continúa, por lo que no se ve todo lo bien que nos hubiese gustado, de todas formas, sirve para hacerse a la idea de lo que nos espera.

Dentro del inmeso palmeral de Nefta

El oasis de La Corbeille está compuesto por más de 400.000 palmeras, rodeadas de paredes rocosas y de manantiales de agua. Tenemos un paseo, donde nos enseñan la diferencia entre palmeras macho y hembras (en resumen, las que dan dátiles son las hembras), cómo se polinizan y cómo se recogen los dátiles: trepando por el tronco hasta llegar al racimo. Es en este momento cuando aprovecho para comprar una caja de 1 kg de dátiles y saborearlos tranquilamente en casa.

Por cierto, me parece muy interesante comentar cómo distinguir entre oasis y palmeral. En el segundo encontramos exclusivamente palmeras; en los oasis, hay distintos tipos de cultivos, que se hace en tres niveles: los productos de suelo, en el primero; árboles frutales, en el segundo; y palmeras, en el tercero. Se riegan por seguías, una red de canales que se alimentan por manantiales y que calcula la necesidad de agua en función de los árboles y su latitud.

La medina de Nefta, de ladrillo y madera de palmera

Al terminar, nos dirigimos hacia la medina. Con cierto sabor a la de Tozeur, pero más pequeña y, desde mi punto de vista, menos llamativa, aunque tiene los mismos elementos: ladrillos de arcilla que forman figuras geométricas, puertas de madera de palmera bellamente decoradas, muros altos, partes techadas. Merece la pena dedicar un rato a pasear sin rumbo por los callejones.

Un grupo de niños se entremezcla con nosotros, jugando al balón, otros pasan con las bicis rozándonos. Nos miran con curiosidad, nos piden que les hagamos fotos y nos preguntan con timidez que de dónde somos. Viajar es maravilloso.

Rincones de la medina de Nefta

Al terminar el paseo, nos dirigimos a la plaza principal, más pequeña, tranquila y silenciosa que la de Tozeur. Nos sentamos en la terraza del único café que hay y pedimos limonada casera, aunque también sirven café o té a la menta. La verdad es que está deliciosa, el camarero viene a hablar con nosotros en español, nos sentamos viendo la vida pasar, sin prisas, como muchos de los parroquianos que están allí. Un buen final de día.

Chott el Djerid, el gran lago salado

Nos levantamos por la mañana y con destino Douz, pero haciendo una parada previa en uno de los lugares más marcianos que he visto: Chott el Djerid.

El lago Chott el Djerid es la mayor superficie salina del Sáhara, con más de 7.000 km2: da igual dónde te pongas, la vista no alcanza a ver el final. Es un desierto de sal, apenas ve el agua de lluvia y resulta fascinante e inhóspito a partes iguales. 

La nada absoluta de Chott el Djerid

Los chott (lagos salados) se encuentran en la región central y sur de Túnez y, pese a que los consideremos lagos, la superficie que cubre el agua suele ser mínima, ya que depende del agua de lluvia que, como es de imaginar, no es mucha. No obstante, esto no ha sido así siempre: Chott el Djerid, que significa “laguna de la tierra de las palmeras”, estaba conectado con el Mediterráneo hace millones de años, hasta que los movimientos sísmicos de las placas tectónicas hicieron que se quedase aislado como un lago salado interior. Por si no fuese poco, estamos 16 m por debajo del nivel del mar.

El Djerid está considerada como la puerta al desierto del Sáhara que, realmente, comienza tan solo a 10km de distancia. Es frecuente ver espejismos, además del fenómeno llamado Fata Morgana, que se produce cuando, por la inversión de temperaturas, distintos objetos que se ven en el horizonte parezcan más largos y elevados de lo que están en realidad.

Cualquier cosa que sobre en casa es bienvenida en Chott el Djerid

En verano se alcanzan fácilmente los 50° durante el día y, en invierno, las temperaturas suelen ser más suaves y, como fue mi caso, se levantó un viento muy fuerte que resultaba bastante incómodo. Gracias a ese viento (y a que era marzo) pudimos estar un rato largo en este lugar tan peculiar.

Nosotros pasamos por la carretera que lo cruza yendo desde Tozeur a Douz y hay lo que ves, ni más ni menos. En algunos puntos han situado barcas o distintos objetos abandonados, para que los turistas hagamos la foto y el enclave sea aún más marciano.

El Chott el Djerid saben que a los turistas nos gusta hacer fotos

Nosotros paramos en un punto en el que hay un apeadero de coches y hay una casetilla gestionada por un bereber que vende recuerdos de la zona y resulta muy fotogénica.

Las sorpresas del desierto del Sáhara

Antes de llegar a Douz, el desierto nos tiene preparada otra sorpresa: el manantial Zaouiet Anes, muy cerca del oasis de Zaouia en Túnez.

Aquí encontramos una estructura abandonada que funcionaba como unidad de enfriamiento de agua subterránea. ¿Enfriamiento de agua? Sí, del manantial que brota con agua cargada de sal, cal y hierro, a más de 50°.

Hay algo más de 30 manantiales, aunque algunos se han secado ya. En el que estamos nosotros, vemos un edificio que sigue en funcionamiento, se nota el calor en cuanto te acercas y el agua se sigue canalizando para que baje la temperatura en contacto con el aire, ya que se utiliza para el riego de los oasis cercanos.

Una unidad de enfriamiento de agua subterránea o la prueba evidente de que el holocausto nuclear ha llegado

La verdad es que la imagen resulta un tanto sobrecogedora. Un abandono evidente, por mucho que la estructura funcione, parece una fábrica corroída por el óxido y el tiempo. Si lo visto en los dos últimos días parecía sacado de Mad Max, esto me ha parecido de holocausto nuclear.

A tan solo unos pasos, se pueden ver los sistemas de canalización y de riego en los que es posible darse un baño termal, que ya sabemos de los beneficios de este tipo de agua en la piel, sin embargo, en el tiempo que estuve allí, la temperatura no acompañaba demasiado. Por cierto, pese a que está al aire libre y no es demasiado fuerte, el olor a azufre era más que evidente, no resultándome tan fuerte como en Islandia.

Vimos a un hombre que se estaba bañando, y que llevaba también distintos botes y se enjabonaba. No sé yo hasta qué punto está pensando para ducharse, sobre todo si esa agua es de riego… En fin, cada loco con su tema.

Sistema de canalización y riego

Es un lugar peculiar que no nos llevó más que algunos minutos, sobre todo, porque nadie se bañó. Si tienes ese ratillo suelto o te gustan las aguas termales, no dudes en parar. Si vas con el tiempo justo, yo seguiría el camino.

Pocos kilómetros más tarde, volvemos a hacer una parada. En un punto casi indeterminado de la carretera, donde había algo de espacio para aparcar, rodeados de dunas, que parece que terminarán devorando la carretera más pronto que tarde.

Entre la arena amarillenta y fina se distinguen algunas palmeras diseminadas y algún que otro edificio con pinta de haber sido abandonado hace tiempo. Es el antiguo pueblo de Kebili. Otro de los que fue arrasado por las inundaciones de 1969 y, por si no fuese poco, por las dunas.

El antiguo pueblo de Kebili, arrasado por las inundaciones y las dunas

El antiguo Kebili quedó totalmente abandonado, mientras que se construyó uno nuevo a pocos kilómetros, en una zona más segura.

No se ve ni un alma por allí, la poca vida del lugar es la que aportan las palmeras. Resulta sorprendente ver cómo la naturaleza es imparable, dejando atrás todo lo que no le sirve.

Un triste final para un lugar en el que se han hallado restos de presencia humana con una antigüedad de 200.000 años, perteneció al Imperio romano y fue una importante parada de caravanas, además de un centro de comercio de esclavos procedentes de Sudán.

Restos de la antigua Kebili

Nosotros no nos adentramos mucho más que lo que implica una breve parada: el viento era muy molesto y teníamos que llegar a Douz a comer. Aunque no he encontrado mucha más información sobre Kebili, sí que he leído de algunos viajeros que se han adentrado en el antiguo pueblo y lo han recorrido durante varias horas. Sobre si quieres hacerlo o no, o quieres parar para echar un vistazo como hicimos nosotros, eres tú quién decide en función de tus gustos y tiempo disponible.

Douz, la puerta del desierto

Llegamos a Douz poco antes de la comida, con el tiempo justo para dejar la maleta en la habitación y bajar a comer. Después, tenemos un rato libre hasta la actividad de por la tarde: montar en dromedario (ya sabes, dromedario, una joroba, camello, dos) por las dunas del Sáhara al atardecer.

Antes de que nos llevemos las manos a la cabeza, Geni y yo no quisimos participar en una actividad con animales, así que la alternativa fue un paseo a pie, del que hablaré a continuación.

Douz fue fundada por nómadas, llegando a ser un punto clave en las rutas del sur, aunque ahora, los que vamos allí somos, principalmente, turistas que visitan el desierto. Está considerada la puerta del desierto de Sáhara, que comienza a 10 km de distancia.

La puerta del desierto en Douz

En Douz no hay gran cosa que ver. Si tienes tiempo, te puedes acercar al Museo del Sáhara, que muestra el patrimonio natural y cultural de la región, así como la vida de las cinco tribus que habitaron la región. En cualquier caso, si viajas en diciembre, puedes acudir al Festival de Música del Desierto, en el que se tiene la oportunidad de escuchar música tradicional, escuchar recitales de poesía o presenciar carreras de dromedarios.

Tras la comida, teníamos unas cuantas horas libres y quedarnos en el hotel sin hacer nada no era una opción. La parte mala es que estaba bastante retirado del centro de la ciudad, a unos 40 min andando y cruzando un palmeral. No suena demasiado atrayente. Pensamos en pedir taxis, pero no me acuerdo de por qué lo terminamos descartando.

Si Douz fuese un escenario de una película de Wes Anderson, sería algo similar

Al final, optamos por dar una vuelta por los alrededores. Una zona con más hoteles, que parecían estar cerrados o, incluso, abandonados. Se había levantado una especie de poblado tradicional con la idea de poner tiendas para los turistas. Lo único que encontramos abierto fue la tienda- taller de dos mujeres que hacían distintos productos de artesanía y los vendían, y un café, un tanto cutre, eso sí, que nos dio la oportunidad de tomarnos un té a la menta mientras que charlábamos.

Por otro lado, había una especie de bar montado en una haima y con pinta de servir los mejores mojitos del Sáhara, sin embargo, estaba cerrado a cal y canto. Cruzando la falsa haima y saliendo del recinto, una enorme duna que delataba el comienzo del Sáhara.

Subimos hasta lo más alto de la duna, se nos metió toda la arena que pudo en las zapatillas, el viento jugaba con nuestro pelo y me sentía como la reina del mundo.

Geni y yo preparadas para pasear por el desierto

Volvimos al hotel para la actividad de los dromedarios. Aunque Geni y yo no queríamos participar, nos tuneamos como auténticas bereberes. No es ninguna tontería, tanta ropa y pañuelo protegen de la arena, que, aun así, se te mete hasta lo más profundo.

Una vez vestidas, echamos a andar. La inmensidad del desierto ante nosotras. El sol que va cayendo y cada vez proyecta nuestras sombras más largas, sobre una arena que va cogiendo un color más dorado. Se levanta viento, masticas arena, algún grano sortea las gafas y se mete dentro del ojo. No importa, es lo de menos. Lo importante es seguir andando, subir y bajar dunas, pararse a respirar y a sentir el viento, ver los colores anaranjados. Eso es el desierto del Sáhara para mí.

Los atarderes mágicos en el desierto del Sáhara

Al cabo de un rato, cuando ya casi no queda ni un rayo de sol, hay que regresar. Nos quitamos la ropa que nos han dejado, aunque lo que es imposible quitarse es la sonrisa de la cara. ¡Qué ganas de volver!

Las casas trogloditas de Matmata

Nos dirigimos hacia la costa, camino de Susa, haciendo antes una parada en Matmata, una pequeña ciudad (¿o tal vez pueblo?) de poco más de 2000 habitantes.

En circunstancias normales, no habría motivos para parar en un lugar tan remoto y desconocido, pero es que Matmata tiene una peculiaridad que le hace especial y por la que merece la pena parar en el camino: las casas trogloditas.

Los bereberes construyeron sus casas hace miles de años excavando la montaña (de arena, no rocosa), vaciando el centro para crear un patio, que está a cielo abierto y al que dan todas las habitaciones y todo cerrado sobre sí mismo, ya que ni el patio ni las habitaciones son visibles desde el exterior. De esta manera, están protegidos del frío en invierno y del calor en verano y eran fácilmente defendibles; como contrapartida, en el caso de grandes tormentas, como no desaguaba correctamente, la montaña se podía derrumbar.

El pueblo de Matmata, conocido por sus casas trogloditas

Las casas están formadas por distintas habitaciones, cocina y baño y, pese a parecer que todo está dispuesto para su día a día, conviene saber que no es así: los que siguen viviendo en estas casas lo hacen porque cobran entrada a los turistas.

Al fin y al cabo, lo que éramos nosotros. Nos recibieron, nos enseñaron cada una de las habitaciones, nos explicaron cómo era la vida allí y nos obsequiaron con un vaso de té a la menta.

Muchas de las puertas están decoradas con peces y una jamsa, a modo de protección, sin tener ningún tipo de significado religioso: el pez simboliza la abundancia y la jamsa protege contra la mala suerte y el mal de ojo.

Entrada a una casa troglodita en Matmata

Visitar este tipo de lugares me deja sensaciones encontradas. Por un lado, son ellos los que abren su puerta, te enseñan su casa y te cobran una entrada; por otro, me siento incómoda entrado en un espacio tan privado de una familia. ¿Tu abrirías tu casa para que la vieran los turistas? Por mucho que tuviera algo de peculiar, yo no.

El nuevo pueblo de Matmata no queda a mucha distancia (el viejo Matmata quedó inundado tras una riada en 1969) y se ve más moderno y sin casas trogloditas. No he visto que tenga nada de especial interés, pero como soy una cotilla y me gusta meterme por todas partes, yo hubiese agradecido tener un ratillo para dar una vuelta por el pueblo y ver el día a día.

El patio central de una vivienda troglodita en Matmata

De esta manera, mientras que nuestro camino sigue en el autobús, recapacito sobre lo vivido en los últimos días y, una vez más, llego a la misma conclusión: el ser humano es maravilloso, por saberse adecuar a la naturaleza para vivir.

Otros lugares que ver en el sur de Túnez

De haber tenido más días disponibles en Túnez, sin ninguna duda, me hubiese quedado más días en la zona del desierto.

Empezando por el Parque Nacional Jbil, un parque en el desierto del Sáhara y en el que los principales habitantes son gacelas y antílopes. A parte de hacer un safari, hubiese hecho, al menos, una noche allí. ¿Qué mejor manto que el de las estrellas?

Como dijo el famoso astronauta Buzz Aldrin (aunque refiriéndose a la Luna, no al desierto), magnífica desolación.

Un adax (antílope que habita exclusivamente en el desierto del Sahara) en el Parque Nacional de Jbil. Foto de Direction Générale des Fôrets Tunisie

Me hubiese desplazado hasta Tataouine, otra de las ciudades consideradas “la puerta del desierto”, y que es conocida por sus viviendas trogloditas y por los ksar que están en los alrededores.

Los ksar son los poblados bereberes fortificados del norte de África, construidos en adobe, piedra y madera de palma. Nos encontramos ante un auténtico laberinto en el que las casas quedan solapadas entre sí (no como las de Matmata, donde cada vivienda es individual para una familia). La diferencia entre un ksar y una kasbah es que el primero es un pueblo entero y la kasbah puede ser la vivienda de una sola familia. Por cierto, no confundir tampoco con los Qasr, que son castillos en otras partes del mundo árabe.

Entre los ksar más conocidos están Chenini y Douiret, cerca de Tataouine, gracias a las viviendas trogloditas y los ksour o graneros fortificados, asimismo, podemos mencionar Ksar Ouled Soltane Ksar Ouled Debbab.

Viviendas trogloditas del ksar Ouled. Fuente Alfredo Miguel Romero en Flickr

Por último, también en el sur, no obstante, con un cambio de escenario radicalmente distinto, visitaría la isla de Djerba, uno de los lugares que he echado más de menos en el itinerario que hice.

Teniendo en cuenta, que esta isla ya aparecía en la Odisea de Homero como la isla de los Lotófagos, ¿cómo no vas a ir? Aquí llega Ulises y, pese a que estaba encantado en el lugar, se abstuvo de probar los frutos con sabor a miel (¿dátiles?) y salvar a los marineros de la amnesia producida por el fruto del loto.

A parte de playas paradisiacas, se pueden visitar la capital, Houmt Souk, el pueblo de Guellala o, simplemente, comer el fruto de la flor de loto y quedarse aquí para siempre.

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