Hace muchos años, tantos que todavía estaba estudiando en la universidad, mi hermana fue a Túnez. No fue como decir algo por el estilo de “me voy a Túnez”, pero casi: se iba en el viaje de paso de ecuador de una amiga suya. Y a mí, que la envidia me corroía por dentro, me entraron unas ganas tremendas de ir.
Ella tenía amigos que se apuntaban a un bombardeo, los míos, eran excesivamente parados, ya he escrito alguna vez sobre la cantidad de veces que me di de cabezazos contra la pared por querer ir un fin de semana a algún sitio y encontrarme, efectivamente, con una pared.
Mi hermana se iba a Túnez y yo, pues no.

Con el paso de los años, Túnez se empezó a poner de moda como turismo de resort en el Mediterráneo, siendo mucho más barato que España, Portugal o Grecia, hasta que un atentado islamista contra turistas, como veremos más adelante, la eliminó de los radares viajeros y la colocó en los de la guerra y el terrorismo.
Durante muchos años ha estado prácticamente cerrada, ninguna agencia ofrecía este destino, nadie (o casi nadie) se atrevía a recorrerlo por libre, hasta que, poco a poco, la seguridad fue mejorando.
En los dos últimos años, ya iba viendo cómo aparecía de forma tímida en los catálogos: ahí, quieta, sin apenas hacer ruido, deseando ser seleccionada por aquellos que la teníamos en el listado de pendientes desde hace mucho.
El año pasado lo intenté en Semana Santa, pero no hubo manera: grupos completos en todas partes. Lo intenté también en octubre: una semana de vacaciones que había reservado para ir y que terminé en Ribadeo por distintas circunstancias. Este año, tenía clarísimo que me iba.

Por otro lado, Geni y yo teníamos pendiente un viaje juntas. Pese a que preferíamos montarnos algo por nuestra cuenta, el escaso margen de tiempo con el que hemos sabido las vacaciones no daba tiempo para organizar nada, sobre todo teniendo en cuenta los precios actuales. Y, aunque reconozco que el destino inicial era otro, Túnez se coló y, como quedaban plazas, allá que nos vamos las dos.
Así que, después de unos cuantos años desde que Túnez se puso en mi radar viajero, puedo decirlo: me voy a Túnez en Semana Santa. Y, lo que es mejor, me voy acompañada por mi amiga Geni, una de mis viajeras favoritas.
Pero, antes de nada, y como me gusta hacer cada vez que hablo de un determinado destino, vamos a hacer un repaso por su historia para saber un poco más de este país.
Brevísima historia de Túnez
Hablar de Túnez es hablar de historia antigua y, sobre todo, de Cartago, la poderosa ciudad que fue fundada en el siglo VIII a.C. por los fenicios de Tiro.
Dos siglos más tardes, su territorio comprendía la costa del norte de África, desde el Atlántico hasta Egipto, islas Baleares, Malta, Cerdeña y parte de Sicilia. Los cartagineses fueron expandiendo sus conquistas en un imperio basado en el comercio.

Un imperio tan importante resultaba muy goloso para otros, por lo que mantuvo guerras constantes con griegos y romanos. Cartago terminó siendo conquistada por el Imperio Romano tras su victoria en las guerras púnicas del siglo II a.C. pasando a ser la provincia romana de África.
En siglos posteriores, pasó a manos de los vándalos y de Bizancio y, ya en el siglo VII, formó parte del califato Omeya y abasí, con el nombre de Ifriqiya.
Desde 1534, cuando el célebre pirata Barbarroja estableció su cuartel general en Túnez, el país se convirtió en refugio de piratas berberiscos. Dado que se convirtió en una amenaza directa, los españoles organizaron una expedición con Carlos I y ocuparon el país, aunque por poco tiempo, ya que, en 1573, Túnez cayó bajo los turcos y, como parte del Imperio Otomano conoció una estabilidad que duró hasta 1881.
La administración local se desarrolló a través de administradores nativos, los llamados beys. El primero de ellos, al-Husayn ibn Ali (1705-1740), fundador de la dinastía de los Husáin, consiguió cierto grado de autonomía y prosperidad y, durante desde finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, un buen número de estados mediterráneos pagaban tasas al gobierno tunecino para que protegiese de ataques a sus flotas.

Fue una época en la que surgió una clase mercantil burguesa, educada por turcos, andalusíes y judíos procedentes de España e Italia. A finales del siglo XVIII el bey era un soberano independiente del Imperio Otomano.
Esta situación duró hasta la ocupación de Argel por parte de Francia en 1830, poniendo a Túnez rápidamente en el punto de mira. La ocupación llegó en 1881 y, tras la firma del Tratado de Kasser Said, también conocido como Tratado de Bardo, por el cual se garantizaba “el restablecimiento del orden y la seguridad de la frontera y del litoral” Túnez pasó a ser protectorado francés.
La independencia tunecina no fue un camino fácil. Desde comienzos del siglo XX y tras la creación de distintos partidos políticos de escaso recorrido hasta que, en 1934, Habib Burguiba, tras haber estudiado en París y volver a Túnez, formó Neodestour (Nueva Constitución).

El partido fue ilegalizado, Burguiba encarcelado y liberado en distintas ocasiones, hasta que regresó de manera triunfal en 1949 y se incorpora al gobierno del bey. Después de varios años de violencia, Francia reconoció la independencia de Túnez el 20 de marzo de 1956, Burguiba se convirtió en jefe del gobierno y, en 1957, se instauró la república.
Túnez en la actualidad
Burguiba abolió la poligamia, declaró la igualdad entre hombres y mujeres y prohibió el repudio. Se comenzó un desarrollo sostenido basado en educación y sanidad públicas, medidas sociales y apuesta por las infraestructuras, así como una tendencia hacia el laicismo. Políticas muy valientes en un país de menos de 13 millones de habitantes y cuyos vecinos son Argelia y Libia.
Sin embargo, lo que parecían buenas noticias y desarrollo, tenía una cara oculta: Burguiba estableció un régimen de culto a su persona, aterrorizando a su entorno. De esta manera, el país se rebeló hasta que, en 1987, Zine El Abidine Ben Ali, el primer ministro, dio un golpe de estado.

Las primeras medidas de Ben Ali iban en dirección democráticas: se modificó la presidencia vitalicia en la Constitución, la oposición entró en la Cámara de los Diputados y se luchó contra el fundamentalismo. Además, se firmó un acuerdo de asociación con la Unión Europea, se creó un fondo económico de ayuda a las zonas más desfavorecidas y logró una tasa de escolarización del 99%, que era obligatoria hasta los 16 años.
¿Qué podía salir mal? La censura. Aunque cueste creerlo con las medidas adoptadas, no había libertad de expresión ni de prensa, se violaban constantemente los derechos humanos, se acosaba a los opositores políticos, todo esto azuzado por una tasa de paro cada vez más elevada.
En diciembre de 2017, Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas y verduras, se prendió fuego para protestar contra la confiscación de sus mercancías por parte de la policía. Las protestas que denunciaban el desempleo, el nepotismo, la corrupción y la injusticia social se expandieron a toda velocidad por el país, provocando 238 muertos, el apoyo del Francia al presidente y la orden de éste al ejército para que disparase contra los manifestantes. El general Rachid Ammar se negó, poniéndose del lado del pueblo.
Ben Alí huyó de Túnez el 14 de enero de 2011 y se exilió en Arabia Saudí, donde murió en 2019.

Lo que ocurrió en Túnez se contagió a toda velocidad por otros países musulmanes y se pasó a conocer como la Primavera Árabe.
A lo largo de 2015 se produjeron distintos ataques terroristas que tenían como objetivo principal intereses turísticos y que fueron reivindicados por el Estado Islámico. Estos hechos produjeron un cerrojazo al turismo en Túnez.
El año 2022 fue también convulso en el que la oposición denunció la nueva Constitución por poner en peligro los derechos humanos; el COVID y la guerra de Ucrania convulsionaron el país. A esto hay que añadir la crisis provocada por los emigrantes subsaharianos que se quedan parados en el país a la espera de poder llegar a Europa.
Algunos datos sobre Túnez
Con una población de unos 12,4 millones de personas, de las cuales, el 25% son menores de 15 años, Túnez es un país joven.
En la capital y zonas aledañas vive en torno al 10% de la población, mientras que, en zonas del centro y el sur, caracterizadas por su aridez y que suponen el 70% del territorio, sólo vive el 30%; el resto se concentra en las zonas costeras.

Apenas hay diversidad lingüística ni religiosa: el 98% son musulmanes y el 2% restante, principalmente, judíos, muy apegados a su religión, aunque arabizados, no obstante, la integración en la población no es completa. De la población musulmana, el 96% son habla árabe.
Pero un árabe del dialecto magrebí, que es el que habla la mayoría de los tunecinos y que tiene palabras prestadas del francés, español y bereber y con una diferencia de pronunciación respecto al árabe clásico.
Por chocante que nos resulte, entre otras cosas porque la media luna ondea en la bandera, llevan décadas de políticas laicistas y, pese a que hay llamada al rezo, el número de practicantes es inferior a ese 98%. Según Helmi, nuestro guía, a pesar de que no hay estadísticas oficiales, se calcula que los musulmanes practicantes rondan el 30%. Me crucé con muchas mujeres sin velo, entre las más jóvenes, son muy pocas las que lo llevan y, en la zona de Tozeur, muchas de las que lo llevan es para protegerse de la arena y el sol.
Itinerario de una semana por Túnez
Recorrimos el país durante una semana. Llegamos directas desde Madrid y nuestra primera parada fue Túnez capital. Paseamos por su medina, Patrimonio de la Humanidad desde 1979. Madrazas, mausoleos, mezquitas, bullicio y té a la menta nos dan la bienvenida. Me encantan las ciudades árabes.
Desde Túnez salimos para descubrir el yacimiento arqueológico de Cartago, importante ciudad de la antigüedad de la que tan solo quedan ruinas. Terminamos el día en el fotogénico pueblo costero de Sidi Bou Said.

A primera hora de la mañana dejamos Túnez para adentrarnos en el interior del país, llegando a Douga, la ciudad arqueológica mejor conservada del norte de África. Tras la visita, seguimos nuestra ruta hacia Susa, donde hacemos noche.
El viaje continúa hacia Kairuán, Ciudad Santa de las 300 mezquitas, Patrimonio de la Humanidad y que bien se merece una parada. Por la noche llegamos a Tozeur, donde admiramos una medina de arquitectura en ladrillo muy peculiar.
Tozeur será nuestra base en los siguientes días para conocer varios de los puntos de interés del interior de Túnez: los sorprendentes oasis de montaña, las maravillosas dunas de Oung el Jmel, el pueblo de Nefta, el impresionante lago salado de Chott el Djerid y Douz, la puerta de entrada al desierto del Sahara.
Desde Douz partimos hacia Matmata, conocida por sus viviendas trogloditas; El Jem, donde se puede visitar el coliseo romano mejor conservado y más famoso de África; y Susa, de nuevo, esta vez sí, para visitar su preciosa medina.

Y, como todos los buenos viajes deben tener un final para que comience el siguiente, nos dirigimos a Túnez para coger un avión de vuelta a casa.
Balance del viaje a Túnez
Por una vez, y sin que sirva de precedente (aunque nunca se sabe), voy a hacer el balance en el apartado en el que está la introducción. Ha sido un viaje breve, no sé si el balance da para un post y, como ya estoy de vuelta, tengo la información fresca en la cabeza.
Lo primero que puedo decir es que se me ha hecho corto. Creo que se puede hacer en uno o dos días más, dedicando más tiempo a Túnez capital y/o a la isla de Jerba.
Si tienes más tiempo, yo, sin ninguna duda, hubiese visitado Sbeitla, con los yacimientos arqueológicos de origen romano y bizantino mejor conservados del norte de África, y hubiese valorado la posibilidad de hacer noche en el desierto en el Parque Nacional de Jebil. Este parque ya se ubica en pleno desierto del Sahara y, además de dormir en una haima y hacer las actividades propias del desierto, se pueden avistar gacelas y antílopes.

Si prefieres el senderismo, me parece una buena opción el Parque Nacional Djebel Chambi, reserva de la biosfera de la UNESCO, con flora y fauna típicas de la zona.
Volviendo a mi programa, no encuentro sentido a hacer noche en Susa como lugar intermedio entre Túnez y Kairuán. Es cierto que, para ir de una ciudad a otra por carretera, se pasa muy cerca de Susa, sin embargo, no es necesario desviarse tanto ni hacer noche. De esta manera, hubiésemos aprovechado mucho más la visita a esta última.
Como valoración general del viaje, puedo decir que ha estado a la altura de las expectativas, con momentos en los que me ha sorprendido. Como he dicho, las ciudades no son tan monumentales como las de Marruecos, no obstante, esta circunstancia no le quita ni un ápice de encanto. Ha llegado un momento en el que no sé si un sitio es bonito porque es bonito o porque se ha «decorado» para redes sociales.
Ha sido un país de contrastes paisajísticos: desde la costa, hasta ciudades de interior, ruinas romanas muy bien conservadas y la belleza del desierto, en ciudades preparadas para hacer frente a la dureza que conlleva vivir a un sitio así. Volviendo hacia Túnez capital desde Susa, el campo desprendía un verde que parecía Asturias. Las consecuencias de las lluvias tan necesarias e impredecibles.

Otro aspecto que me ha sorprendido es que, vagando por los zocos, no te persiguen para que les compres, entres en su tienda o al salón de té. Te miran con curiosidad, pero no pasa de ahí.
En el momento en el que yo lo he visitado, no puedo decir que éramos los únicos, aunque por suerte, no estaba saturado, ni he visto una gran cantidad de negocios están orientados al visitante, excepto en la zona de la costa, como ya veremos.
Por otro lado, pese a que los precios resultan bastante baratos y el regateo es una práctica muy instaurada, te das cuenta de que están intentando que te bajen 20 ó 30 céntimos al cambio, para comprar souvenirs. Puede que sea porque no me gusta el regateo o porque se me da muy mal, pero si me paro a pensar la rebaja que me llevo, creo que no me merece la pena. Ellos se piensan que me timan como turista y yo me pienso que les timo a ellos por venderme algo tiradísimo de precio. Los dos ganamos.
Me gustaría señalar la curiosidad de que Túnez es país productor de vino. Yo no soy una experta, por lo que no puedo hablar de su calidad, sin embargo, se dejaba beber. No hemos tenido ningún problema en pedir vino en los restaurantes (había que gastar el dinero que habíamos cambiado) y, a pesar de que la carta de vinos no era demasiado extensa, siempre había opciones. Cómo de fácil o difícil sea encontrarlos en una medina no lo puedo asegurar, pese a que todo indica a que no los tengan (ni tampoco cerveza) en los bares o salones de té “de ellos”, que son unos cuantos.

Hablando de dinero, cambiar euros a dinares no se puede hacer fuera del país, sino que lo tienes que hacer una vez que hayas llegado. Según nuestro guía, el cambio de euro a dinares es oficial y no cobran ninguna comisión, independientemente de dónde lo cambies. El truco está en el cambio de dinares a euros: ahí sí que tienes comisión, así que conviene ir cambiando dinero poco a poco. Si no, terminas comprando por comprar y palmas pasta. Eso sí, hay que tener en cuenta que el uso de la tarjeta no está muy extendido. Si no te alojas en un hotel “para turistas” yo preguntaría por si acaso, porque afecta al dinero que llevas.
Después de todo este rollo, sólo me queda una cosa por añadir: lo más importante de Túnez son los dátiles. Me he puesto ciega a comerlos. Carnosos, dulces sin llegar a empalagar, tersos, como recién arrancados de la palmera. Si vas a Túnez, no lo dudes y come dátiles y, sobre todo, no te quedes en un resort de la costa durante varios días: Túnez tiene muchos encantos que merecen la pena ser descubiertos.
Siéntate en un buen lugar en un salón de té, pide un té a la menta y, simplemente, disfruta del viaje que acaba de empezar.