Por motivos personales, he visitado la Región de Murcia en numerosas ocasiones y, a fecha de hoy, todavía no entiendo cómo es posible que se fomente, mayoritaria y principalmente, el turismo de sol y playa en La Manga.
Tiene unos pueblos en el interior que sorprenden, pinturas rupestres Patrimonio de la Humanidad, rutas senderistas en Red Natura 2000 o el espectáculo de la floración de los melocotoneros de Cieza. Pero no, todo queda concentrado en la playa. Por otro lado, mejor para los que decidimos internarnos entre sus carreteras y descubrir lo que está a la vista de todos y que no todos ven.

Así es como me gustaría definir al pueblo de Cehegín, muy cerca de Caravaca de la Cruz y Moratalla y que fue una sorpresa absoluta.
Brevísima historia de Cehegín
En la Peña Rubia de Cehegín se hallaron pinturas rupestres y yacimientos de unos 4400 años de antigüedad, en las cuevas denominadas Del Humo y Siete Pisos. Junto con las del resto de la región de Murcia y el arco levantino fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
También se han hallado restos de Begastri, un asentamiento íbero y municipio romano posterior que, tras la llegada de los visigodos, se transformó en ciudad episcopal.

La siguiente referencia que se encuentra de Begastri es del año 713, en el Pacto de Tudmir, en el que varias ciudades llegan a un acuerdo con el Califato Omeya por el cual podían mantener sus territorios y practicar su fe a cambio del pago de unos impuestos y no colaborar con los enemigos del Califato.
Esta situación se mantuvo hasta el 825, cuando todas las ciudades firmantes pasaron a ser controladas por los árabes.
La tribu bereber que llegó, los zenehegíes, decidió no asentarse sobre la propia Begastri, sino que lo hicieron cerca. Pese a lo que se pueda pensar, Begastri no quedó totalmente abandonada y los que se quedaron pasaron a ser mozárabes.
Tras el Acuerdo de Alcaraz, de 1243, fueron los cristianos los que pasaron a dominar la región, provocando la huida de los habitantes musulmanes dejando Cehegín despoblado.

En la segunda mitad del siglo XIV, la gente regresó, siendo necesaria la construcción de edificios e iglesias, para lo que se utilizó todo el material que se pudo extraer de la antigua Begastri.
Cehegín siguió creciendo en población, gracias a, entre otros motivos, el aumento de la tierra cultivable. Ya en el siglo XIX, tras la desamortización de Mendizábal, se recuperaron todos los bienes que habían pertenecido a la Orden de Santiago. Además, se estableció una fuerte industria alpargatera y cordelera y se convirtió en productor y exportador de hierro.
Pese a que en el siglo XX estas industrias decayeron, la economía local resurgió gracias al cultivo de frutales y a las canteras de mármol. Debido a que fue declarado conjunto histórico- artístico en 1982, o Bien de Interés Cultural, como se conoce ahora, el sector turístico ha mejorado.
Llegada a Cehegín y primeras sorpresas
Después de aparcar el coche en la parte nueva de la ciudad y llevando zapatillas cómodas, nos disponemos a recorrer el centro histórico de Cehegín.
El primer lugar al que llegamos es la ermita de la Purísima Concepción. El templo, con las paredes de color crema, está situado junto a un parque en la parte más alta donde se mastica la tranquilidad y, detrás, nos asomamos a un mirador desde el que se tienen unas vistas estupendas del centro histórico y del entorno. Primera sorpresa.

Como la iglesia estaba cerrada, no pudimos entrar, pero merece la pena porque tiene un artesonado mudéjar por el que merece la pena el desplazamiento. Es lo malo de las visitas por las tardes, que muchos sitios ya han cerrado.
Nuestro paseo continúa y, de sopetón, nos encontramos con la segunda sorpresa: la casa de don Octavio.
Situada en la plaza del Mesoncico, es un caserón enorme, con una fachada barroca muy llamativa. Se trata de una casa de dos pisos, con un balcón central impresionante y un blasón que es una obra de arte. La pena es que está abandonada. Sin embargo, por lo que he leído, el interior es fabuloso.

Hay paneles informativos, tanto en español como en inglés en todos los lugares de interés, lo que facilita la visita.
No nos tenemos que ir demasiado lejos, de hecho, queda justo en frente, para ver la tercera sorpresa: el Hospital de la Real Piedad. Del siglo XVIII, ya no funciona como hospital, sino como residencia de la tercera edad.
Después de ver la fachada, imposible que la mente no vuele hasta Linares, en Jaén, en concreto al Hospital de los Duques de Linares, el más bonito de España, o eso se dice, aunque parece que le ha surgido un duro competidor.

Yo me asomé, por si se podía visitar parte y no llegué a ver gran cosa ni me crucé con nadie para preguntar. Pero si no entro, reviento.
Casas blasonadas en la calle Mayor de Cehegín
En este punto, donde convergen el Hospital de la Real Piedad y la casa de don Octavio comienza una calle Mayor de Cehegín. Pero no es una calle más, ni siquiera, una calle Mayor más, sino que es La Calle.
¿Y por qué digo esto? Porque es una de las calles más hermosas por las que se puede pasear. Tan solo pasaron un par de coches, por lo que nos cruzamos de acera una y otra vez, apenas había gente, así que no molestábamos a nadie parándonos constantemente para hacer fotos y admirar las casas. Y porque hay que decirlo: la calle Mayor de Cehegín es una obra de arte.
Desde la plaza Mesoncico hasta el Museo Arqueológico hay tan solo tres minutos andando. Como turistas, te digo ya que no se tarda eso ni en broma y es que, viendo casas blasonadas como las que hay, imposible tardar sólo tres minutos.

Y es que ésa es una constante en Cehegín: el centro histórico está repleto de casas señoriales. El motivo es sencillo: muchas de ellas fueron ocupadas por beneficiarios del reparto de tierras tras la conquista cristiana (no olvidemos que era zona fronteriza con el reino nazarí de Granada). En la actualidad, hay cerca de cien escudos nobiliarios, aunque existían muchos más que se perdieron por el expolio durante la Guerra Civil.
La primera parada la hacemos pocos metros más adelante, en la casa de las Boticarias. De los siglos XVII y XVIII, el abandono que sufre su fachada es más que evidente, sin embargo, el conjunto tiene un aire de decadencia que me recuerda al Oporto de antes de Instagram.

Cuando voy más allá que el simple vistazo, me fijo en el color ocre de los muros exteriores, en los balcones y en las cenefas decorativas. Una maravilla. Por cierto, el nombre de la casa viene por las hermanas Ortega Lorencio, que dirigieron la botica que su padre abrió en la planta baja.
Si eres tan cotilla como yo, te darás cuenta de que, a mano izquierda, sale un callejón estrechísimo en la que se entreven dos columnas. Sigue siendo la casa de las Boticarias y una pareja de columnas jónicas adosadas a la pared están ahí, encantadas de haberse conocido.
No son dos columnas cualesquiera, sino que pertenecían al templo de Júpiter de la antigua Begastri. Se llevaron a cabo más sustracciones del yacimiento, siendo este el más evidente.
Y, si estás admirando estas columnas, es imposible que no te des cuenta de que, justo detrás se alza el Palacio de Castellanos.
Se trata de un edificio barroco, en el que la ventana central, enmarcada entre pilastras y coronada por un frontón, es la absoluta protagonista. Por suerte, el edificio no está abandonado, sino que es sede del Juzgado de Paz y el Registro Civil.

Si regresamos a la calle Mayor, justo enfrente de la casa de las Boticarias está el Casino de Cehegín. Pese a que la fachada es más estrecha que la de sus vecinos, se conserva en muy buen estado, entre otros motivos, porque sigue teniendo uso.
El edificio data del siglo XVII, con un balcón central que presume de columnas toscanas y dos blasones. Desde la segunda mitad del siglo XIX, ha sido centro de ocio de la sociedad ceheginera, acogiendo reuniones intelectuales, políticas o festivas y, sobre todo, celebrando bailes de carnaval muy famosos, incluso en los años de censura, hasta la década de los años 60.
Sin andar mucho más, llegamos a la siguiente parada, la casa de los Condes de Arriba, más conocida como Palacete de Los Duques De Ahumada.

Aunque los colores rojizos de la fachada parezcan un poco deslucidos, este palacete del siglo XVI y reformado posteriormente, sigue estando habitado por los descendientes del Duque de Ahumada y, de tarde en tarde, se abren las puertas a un grupo reducido de visitantes que tienen la suerte de poderlo ver por dentro, pese a no tener acceso a todas las estancias.
Nosotros nos lo encontramos cerrado y no estábamos al tanto de las visitas guiadas, entre otros motivos, porque ir a Cehegín fue una idea improvisada, pero sin ninguna duda, volveré a “terminar” el recorrido.
Y, en cuanto nos quisimos dar cuenta, la calle Mayor había terminado (o acababa de empezar) y estábamos en la plaza del Castillo.
Plaza del Castillo de Cehegín: soportales, Museo Arqueológico de Cehegín y parroquia de Santa María Magdalena
La plaza del Castillo es un lugar muy abierto que deslumbra. Aquí se ubicaba una fortaleza de origen musulmán, que pasó a la Orden del Temple y, más tarde, a la de Santiago, para terminar desapareciendo. En lo que hoy es un parking, antes se alzaba el castillo, también perdido. Por suerte, hay elementos que se conservan y que resultan muy llamativos, como los soportales.
Estas columnas son del siglo XVIII, sin embargo, la construcción sobre ellas es moderna. Su misión era embellecer la plaza, además de permitir que las familias pudientes subieran y se asomasen para tener unas vistas privilegiadas de los distintos festejos que se celebraban. También se sabe que, hasta bien entrado el siglo XX, entre las columnas, se instalaban las carnicerías.

Aunque las vistas desde la galería tenían que ser muy buenas, para mí, resultan insuperables las del mirador al que se accede pasando entre las columnas.
Después de alucinar con el entorno y hacer las fotos pertinentes, nos dirigimos hacia la iglesia de Santa María Magadalena. Es un templo renacentista, creado por los templarios en el siglo XIII. El interior me gusta, pese a no ser de una belleza sobrecogedora, me fijo en las bóvedas de crucería sobre el encalado blanco. Guardando las distancias, me recuerda a los edificios coloniales de Sucre.
A un lado del altar hay una joya dentro de una vitrina. Se trata de una talla de María Magdalena tallada en un tronco de olivo. Tiene una cara muy dulce y es complicado dejarla de mirar. ¡Transmite mucha paz!

Al salir de la iglesia, nos siguen esperando algunas sorpresas más, desde luego, este pueblo tiene mucho que ver y muy bien guardado.
Muy cerca, la Puerta de Caravaca, llamada así porque, como es obvio, de aquí salía el camino que llevaba a Caravaca de la Cruz. Por cierto, esta puerta es uno de los pocos restos que quedan de la muralla almohade del siglo XII.
En la misma plaza del Castillo, enfrente de los soportales, me fijé en dos edificios: el Palacio de los Fajardo y el Museo Arqueológico.

El Museo Arqueológico de Cehegín es uno de los más importantes del Levante y, para dar cabida a su gran colección, se unieron por el interior la Casa del Concejo, el Palacio de los Fajardo y el Archivo Histórico.
Cuando estuve, un viernes a última hora de la tarde, como es obvio, el museo estaba cerrado, pero volveré, porque me espera un recorrido por las culturas que se han asentado en la zona.
Otros lugares que ver en Cehegín
Si creías que no quedan más sitios que ver en Cehegín, es que aún no eres consciente de la monumentalidad del pueblo.
Podemos mencionar el Ayuntamiento, que está en la conocida como Casa Jaspe, una de las más bonitas de Cehegín. Es un edificio barroco, en la que los primeros propietarios no ahorraron en materiales de calidad para tener la mejor casa del pueblo, de hecho, el primer cuerpo está decorado con mármoles en jaspe de las canteras cercanas.
Aunque yo no lo visité, se puede entrar. He visto fotos y me parecen una maravilla: espacios en los que predominan los colores blanco, dorado y celeste. Ya estoy pensando en regresar a Cehegín y no perdérmelo.
Hay más casas nobiliarias, como la Casa del Conde de Campillos, la Casa de Doña Blanca o la Casa de la Tercia, así como edificios eclesiásticos, destacando el convento de San Esteban o la ermita de la Sangre de Cristo, además de unas cuantas ermitas más dispersas por parajes cercanos, varias de ellas, de titularidad privada.

Imposible no señalar el yacimiento de Begastri, descubierto por casualidad en el siglo XIX, cuando unas lluvias torrenciales lo dejaron al descubierto. Un yacimiento con restos íberos, romanos, visigodos y musulmanes.
Se puede visitar acompañado por un guía y, por lo que he leído, puede que sepa a poco, porque sólo está excavado en torno al 10%. En cualquier caso, como soy una cotilla, tengo muy claro que iré.
Cehegín es un pueblo que merece mucho la pena. Si puedes ir, yo le dedicaría un día completo y, a ser posible, en una visita guiada, para poder acceder a algunos de los palacios que están abiertos al público y para aprender algo más de este lugar.
Si no tienes tanto tiempo y no te apetece entrar a ver palacios, con una mañana o una tarde puede ser suficiente, eso sí, a buen ritmo, no de paseo, además, lo combinaría con algún que otro sitio cercano, como Caravaca de la Cruz o Moratalla o alguna ruta senderista por la zona.
Para una mayor información, comparto la web oficial de Turismo de Cehegín, que contiene mucha información, y la de Turismo de la Región de Murcia.
Si estás interesado en hacer las rutas turísticas, os comparto el perfil de Tierra Adentro, quien las organiza, y la web del Ayuntamiento.
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