El sur de Túnez: la medina de Tozeur y los oasis de montaña de Chebika y Tamerza

Cogemos carretera y ¡nos vamos al desierto! Uno de los paisajes que más me gustan y, aunque ya he estado en varios de ellos, no me canso de volver y, sin ninguna duda, ésta fue la zona de Túnez que más me gustó.

Bueno, conviene ser justo, ya que nada de lo que visité en este viaje está en el desierto propiamente dicho, pero el escenario es muy desértico, el modo de vida de sus habitantes está adaptado por completo a las inclemencias del tiempo (que son unas cuantas, por cierto) y la ciudad de Douz está considerada la puerta de entrada del Sahara.

Tozeur, la ciudad del desierto

Tras la visita a Kairuán, ponemos rumbo a Tozeur, a unos 300 km en dirección suroeste. La carretera es bastante buena, pasamos por lugares desconocidos que parecen estar en mitad de la nada y, por la ventanilla, podemos ver escenas de la vida diaria: cafés, niños que van al colegio, mujeres comprando, hombres en moto. El viaje se hace pesado, son unas cuantas horas, sólo paramos un rato para comer rápido y, en seguida, sin tiempo que perder, retomamos el camino.

Llegada a Tozeur

El paisaje ha cambiado por completo: hemos dejado atrás los verdes valles de Dougga, el mar de olivos que invaden el norte de Túnez, la acumulación de pueblos, y los hemos cambiado por extensiones amplísimas de terreno sin rastro de vida humana, palmeras, arena y alguna que otra duna. Además, aquí es más común ver a las mujeres con velo. Por lo que nos cuenta Helmi, aunque es una zona más tradicional y, por lo tanto, más islamizada, no todas las mujeres que llevan velo son practicantes, sino que, en muchas ocasiones, lo hacen para protegerse de la arena y el calor.

Brevísima historia de Tozeur

Es la ciudad más importante del sur del país y sí, los romanos llegaron hasta aquí. En aquella época, se conocía como Tusurus o Thusuros y formaba parte de la provincia romana de Bizacena, siendo una parada en la vía que iba de Biskra a Gabès. Queda poco que ver de origen romano: restos de pavimentación, regadío y la base de la mezquita de Blad El Hadhar.

En el siglo XIV, la ciudad era un centro comercial de renombre dada su ubicación, ya que aquí paraban las caravanas que cruzaban el desierto del Sahara.

Un edificio de la medina de Tozeur, donde el ladrillo es el absoluto protagonista

En la actualidad, Tozeur es una ciudad principal en lo que se refiere a producción y exportación de dátiles gracias a los oasis que hay en la zona. Además, tiene campus universitario, es un punto de referencia en la recepción de turistas y ha sido escenario del rodaje de varias películas (la saga de Star Wars o El paciente inglés entre otras).

De todas formas, si crees que vas a encontrar una zona saturada de turistas, hazte a la idea de que no va a ser así. No puedo afirmar que en Tozeur o los alrededores fuésemos los únicos, pero no había muchos más, sobre todo, con los que más nos cruzamos fue con algún grupo de moteros.

La medina de Tozeur

Según nos acercamos por carretera a Tozeur, la civilización comienza a florecer. Poco a poco, disimulando de manera tímida: una casa por allí y otra por allá, puestos de comida, pequeñas gasolineras para motos, un arco de indica la entrada a una población. Y, de repente, estás en una ciudad cuando hace pocos minutos estabas en la nada absoluta.

Una zaouia nos da la bienvenida a la medina de Tozeur

La primera impresión, que es la importante y la que queda, no puede ser más positiva: ladrillos de color ocre haciendo formas de distintos tipos que, además, tienen su propio significado. Me gusta mucho lo que veo a través de la ventanilla, no puedo esperar a bajarme y pasear entre sus laberínticas calles.

En cuanto me quiero dar cuenta, estamos en la plaza Ibn Chabbat, la principal. El caos se nota, la gente nos mira con mucha curiosidad, un grupo de chicas nos piden que las hagamos una foto y posan como adolescentes de cualquier otra parte del mundo. Nos ponemos en marcha.

Plaza Ibn Chabbat, la principal de Tozeur

La plaza Ibn Chabbat es la más antigua, aquí hay un mercado al aire libre de distintos tipos de productos, aunque destacan los dátiles. Puestos y más puestos que venden dátiles al peso, y que tienen un aspecto carnoso que grita “¡cómeme!”. Difícil resistir la tentación para no comprarlos por kilos o, simplemente, coger uno al azar y comerlo en dos bocados mientras que se saborea el dulzor.

El laberinto de la medina está justo detrás de la plaza Ibn Chabbat. Conocida como el barrio de Ouled el- Hadef, es del siglo XVI, de una arquitectura tradicional muy característica. Callejones muy estrechos con arcos, zonas cubiertas a las que parece que nunca les llega un rayo de sol, muros altísimos que protegen del viento y del calor, puertas de madera talladas y ladrillos de color ocre que forman figuras geométricas y que adquieren un color miel con el atardecer. No voy a luchar más contra los elementos: me he enamorado de Tozeur.

Las laberínticas calles de la medina de Tozeur

Olvídate de mapas y de apps y, tan solo, callejea, observa, sigue tu instinto, persigue un ruido o las carcajadas de unos niños o ve en dirección contraria. No importa el camino, no importa lo que veas o lo que no veas porque, siendo sincera, caminar por aquí es un placer para los sentidos.

En cualquier caso, seguro que pasas por algunos puntos que pueden ser muy interesantes, como las diferentes zaouias, las pequeñas plazas que distribuyen las distintas viviendas; el Museo Dar Cherait, o Museo de las Artes y las Tradiciones, en el que se muestran obras de arte cerámicas o joyas de los siglos XVII al XX; la mezquita de Sidi Abderrahmen, del siglo XVIII y con una inconfundible puerta verde; la madraza del Bey, con una cúpula verde y un minarete que sobresale entre los tejados de la medina; o la mezquita de Blad El Hadhar, o Bled El- Hadhar, construida en 1193 sobre restos romanos que sirvieron de base para el minarete.

Las formaciones geométricas de las casas que caracterizan a la medina de Tozeur

Al salir de la medina, hay algo que vuelve a atraer todas las miradas: el minarete de la mezquita El Ferdous, el más alto de la ciudad. Tras pasear por la medina, lo hicimos por la calle principal. Esto es Túnez en estado puro: motos que salen de la nada, coches que no respetan las señales, hombres sentados en la terraza de un café viendo la vida pasar, comerciantes que nos saludan y nos preguntan que de dónde venimos, gente que pide que les hagas una foto y otros que se niegan.

¿He dicho ya que me he enamorado de Tozeur? ¿He comentado alguna vez en alguno de mis artículos que siento absoluta fascinación por las ciudades musulmanas?

El minarete de la mezquita El Ferdous, el más alto de Tozeur

El sol va cayendo y tenemos que poner rumbo a nuestro hotel, mañana nos espera un día completo, con uno de los escenarios más característicos de Túnez: los oasis de montaña.

En Tozeur hay un oasis, que no un palmeral, con distintos tipos de cultivos. Nosotros no lo visitamos porque fuimos al de Nefta, como hablaré en otro post, pero que es bastante visitado y una buena opción si sólo vas a visitar Tozeur.

Los oasis de montaña: oasis de Chebika y Tamerza

La idea que tenemos de un oasis es la que dibujábamos de niños: una palmera junto a un pequeño lago en mitad del desierto. Bueno, pues multiplica esa palmera por varios miles y convierte ese pequeño lago en un manantial de aguas cristalinas y podrás hacerte a la idea de cómo es uno de los oasis de montaña.

Los oasis de montaña son tres: Chebika, Tamerza y Midés y se encuentran al norte de Tozeur, en las montañas del Atlas, que llegan hasta esta parte del continente. Los tres comparten la magia de un esplendor de vida sin igual en un lugar totalmente aislado y desértico y que, aunque cueste creerlo, formaban parte del fondo marino hace millones de años.

Oasis de Chebika

Tras levantarnos y desayunar, nos montamos en los 4×4 y nos dirigimos al oasis de Chebika. No os buena idea moverse en un coche “normal”, así que el 4×4 es el más aconsejado. A algo menos de una hora desde Tozeur, vamos en busca de este lugar, siempre con el Atlas y los distintos lagos desecados, Chott Mejez Sfa y Chott el Rahim, acompañándonos en nuestro camino.

Las ruinas del antiguo pueblo de Chebika

Pero Chebika es mucho más que un oasis. Inicialmente, fue un punto romano de defensa, conocido como Ad Speculum, sobre la vía que unía Tacape y Theveste. Chebika también fue una ciudad, de la que sólo quedan las ruinas, situada en lo más alto de unos cañones, entre los que brotaba el agua y nació la vida.

Una vez que aparcamos, pasamos por una cafetería y tienda de recuerdos y baratijas. Sin entretenernos (ya habrá tiempo al final), subimos hacia los restos de las casas. Construcciones tradicionales en adobe y piedra, encajadas aprovechando cada pliegue de la montaña, de un único color neutro, que no se sabe dónde acaba la tierra y comienza la casa, aunque sí que se sabe dónde acaba la casa y comienza el cielo.

Dentro del oasis de Chebika. ¡Una maravilla!

Aquí vivía un asentamiento de bereberes que sufrieron, en 1969, una inundación, que arrasó varias poblaciones de la zona. Tras la catástrofe, la gente fue ubicada en áreas seguras de riadas y la nueva Chebika está en una zona llana.

Me hubiese encantado merodear durante un rato entre las ruinas, sentarme en una piedra y limitarme a observar y dejar volar la imaginación pensando en cómo tendría que ser aquello antes del abandono y las duras condiciones de vida. Mala suerte, no hay tiempo. Tenemos un largo día por delante y hay que aprovechar antes de que el sol apriete sin piedad.

Caminamos sobre la roca, en un paseo que no tiene ninguna complicación. Hay tres colores que dominan la escena: el verde de las palmeras, el ocre de la tierra y el azul del cielo. Como en la paleta de un pintor, pero sin llegar a mezclarse.

Palmeras en el oasis de montaña Chebika, en Túnez
El oasis de Chebika. Ni un centímetro sin palmeras

La vista desde lo alto es impresionante: palmeras que brotan y se van expandiendo por los laterales de la garganta y a lo largo, sin dejar un centímetro libre. Bajamos por unas escaleras hacia un paseo a ambas orillas del riachuelo Uad Khanga. ¿Cómo es posible que una corriente de agua tan mínima sea capaz de generar este palmeral?

También vemos manantiales, saltos de agua y pozas cristalinas. Sin duda, un paisaje que se me quedará en el recuerdo.

Uno de los manantiales y saltos de agua del oasis de Chebika

Regresamos a la cafetería del principio y tenemos un rato de descanso. El acceso al oasis de Chebika es gratuito y, si vas por tu cuenta, no es mala idea contratar los servicios de un guía local por pocos dinares que, entre otras cosas, ayuda a la población bereber de la zona.

En la carretera que une los oasis de Chebika y de Tamerza hay varios miradores. Nosotros paramos en un par de ellos para dedicar unos minutos a observar la inmensidad del paisaje. En un momento dado, paramos en uno de los miradores del cañón de Tamerza, donde hay un puestecillo en el que se venden distintos souvenirs y zumo de palmera. No pude evitar probarlo y ¡está riquísimo! Si tienes la oportunidad, no sólo te pares a ver las vistas, sino también a probar este zumo.

Oasis de Tamerza

A tan solo 14 km al norte de Chebika, encontramos el oasis de Tamerza, o Tamagzha. La Ad Turres romana fue frontera sur del Imperio, llegó a ser un obispado de relevancia durante la época bizantina y se pueden ver los restos de la ciudad de Oued El Horchane, que, como en el caso de Chebika, quedó abandonada y trasladada a un lugar menos expuesto a riadas en 1969.

Antes de llegar a Tamerza, merece la pena pararse a admirar las vistas y tomar un zumo de palmera

En lo más bajo de la garganta, está el parking, además de una cafetería. Caminamos por uno de los laterales, donde proliferan las tiendas de recuerdos. Nos enseñan todo lo que tienen (imanes, pequeños muñecos, rosas del desierto), pero nosotros tenemos el oasis como meta. Ya habrá tiempo para las compras.

Llegamos a la entrada del cañón, modelado por un riachuelillo que, en época de lluvias, puede alcanzar los 3 metros. Nos dirigimos a la cascada de 4 m de altura por la que se precipitan las aguas del río Horchane. Menos mal que lo estoy viendo con mis propios ojos, porque parece magia.

El río Horchane, en su caída de 4 m de altura y que propicia el cañón de Tamerza

Tras las fotos de rigor, regresamos sobre nuestros pasos y nos adentramos en el cañón, bueno, mejor dicho, caminamos hasta donde el cañón y el vergel nos permiten. Las vistas son espectaculares. No está tan “arreglado” como el de Chebika y ni falta que le hace.

A la vuelta es imposible no pararse en alguno de los puestos. Quiero una rosa del desierto. Arena petrificada con forma de rosa llena de aristas tan característica de los desiertos. Ya tengo una que compré en el Gobi, quería otra del Sahara. Y conmigo se vino a casa, junto a otra que compré para Javi.

El impresionante cañón de Tamerza

Por lo que he leído, es posible caminar más por el cañón, aunque el sendero no está señalizado, aconsejándose contratar un guía local.

Oasis y cañón de Midés

Pese a que no lo visité (la falta de tiempo es lo que tiene), me parece justo hablar del tercer oasis de la zona, el de Midés, que, además, es un cañón y un pueblo suspendido sobre el oasis. Tendrás ante ti un desfiladero de más de 60 m de profundidad. Y, pocos kilómetros más lejos, Argelia.

Oung El Jmel y los escenarios de La Guerra de las Galaxias

Cambiamos los oasis por la arena, la vida por el vacío, la paleta de colores puros por el monocromatismo. No sé si suena mejor o peor, por lo menos diferente, aunque, como amante de los paisajes desérticos, esta permuta me encantó, sin quitar mérito a lo ya visitado, claro.

Con los 4×4, atravesamos pistas de arena, subimos por dunas de arena y yeso de distintas alturas. Los conductores se pican entre ellos a ver quién va más rápido, quién coge la duna con el coche más vertical. “¡Yalla, yalla!, qué buenos recuerdos del viaje a Jordania.

La grandeza del desierto. ¿Veis los espejismos?

Entre risas, velocidad y adrenalina, llegamos a las dunas de Oung el Jmel, el cuello del dromedario, llamada así por la forma que tienen, y que han acogido el rodaje de algunas escenas de El paciente inglés.

Por más que tengamos la sensación de estar en medio de la nada absoluta, una cafetería nos devuelve a la realidad de estar en medio de la casi nada absoluta. Si hay una cafetería es que vienen turistas, sin embargo, en ese momento, somos los únicos.

El sol ya va picando, se está levantando tormenta de arena (ouch) y se ven espejismos en el horizonte. Ya los había visto en el Gobi, pero aquí son mucho más nítidos y amplios. Sí que crea esa sensación de que un enorme oasis rebosante de agua te está esperando.

La duna de Oung el Jmel. Vamos, que hay que subir a lo más alto

Y, entre la planicie de Chott Garsa, hay algo que sobresale: las dunas de Oung el Jmel. No son dunas de arena fina, sino rocosas. La subida no es muy exigente, aunque conviene tener cuidado y llevar calzado adecuado. No hay señalización ni protección de ningún tipo, así que tuvimos que usar las manos y el culo en algún momento. Eso sí, cuando estás arriba y has recuperado el aliento, sientes que todo te pertenece. ¡Yo sí que soy la reina del mundo!

Bajamos y volvemos a los coches. Tan sólo 8 km de distancia hasta Mos Espa, conocida en el cine como Tatooine, y que aparece en el mapa viajero como escenario de La Guerra de las Galaxias.

La entrada a Mos Espa, más conocida como Tatooine

Según nos hemos ido acercando con el coche, la tormenta de arena (o tormentita, como aseguran ellos) se ha hecho más fuerte. Pese a que hay poca visibilidad, se ven unas enormes rocas dispersas, como si las hubieran tirado desde el cielo y se hubiese quedado en el mismo punto donde cayeron. Eso sí, rodeadas de arena en suspensión. Me recojo el pelo, me lo tapo con la gorra, llevo gafas de sol y la braga me cubre hasta los ojos y, aun así, me entra arena en todas partes e, incluso, la mastico. Menos mal que sólo es tormentita, que si no… eso sí, la cámara se queda en la mochila en el coche, me parece que sacarla puede tener consecuencias negativas.

Conseguimos entrever dos enormes columnas que no son al uso. No sabría decir a qué se parecen (¿armas?), sin embargo, algo que deja suponer que ahí ha habido cine. En el recinto hay muchos bereberes que se pelean por nuestra atención (uno de los pocos lugares de Túnez, o el único) en el que ha pasado. Cómprame, te lo enseño, monta en camello. No hace falta que diga que la entrada, cotillear y las fotos son gratis, lo que ellos ofrecen, no. Tú valoras.

Deambulando por Mos Espa/ Tatooine

Debido a la arena, el rato que estamos es más incómodo que otra cosa, aunque sí que nos damos una vuelta y descubrimos la magia del cine: ninguna de las casas es real, sino que están hechas de una pasta dura sobre una malla metálica, pero da el pego. La pena es no poder apreciarlo nítidamente, con unas fotos que salgan “limpias”, cosas de la vida.

Tengo que confesar que no es un lugar que me haya conmovido, entre otras cosas, porque nunca he sido fan de La Guerra de las Galaxias, y mira que “colecciono” lugares como buena mitómana… Lo que no tengo claro es que el que el set de rodaje permanezca aquí, en mitad del desierto, con materiales que no son autóctonos, sea legal. No obstante, ya sabemos cómo funciona la legalidad en los países del tercer mundo.

Esperando a los turistas con el camello y las gafas de ski (muy prácticas durante las tormentas de arena) en Mos Espa

Cuando terminamos, tenemos que regresar al hotel a comer y a descansar un rato, antes de volver a salir. Nefta y su palmeral nos esperan y hablaré de ello en el próximo artículo.

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