Mérida, Tarragona, Cartagena, Narbona, Londres, Colonia o la propia Roma. Por mencionar sólo unas pocas ciudades europeas de origen romano. También podemos yacimientos de primer nivel como el muro de Adriano en Inglaterra, el coliseo de Pula, el acueducto de Segovia, Butrinto en Albania, el teatro de Orange, los baños imperiales de Trier en Alemania… y podríamos seguir así hasta (casi) el infinito. Y si empezamos a enumerar los de Italia, entonces coge una silla porque tenemos para un buen rato.
Todos los que acabo de enumerar tienen algo en común: están en Europa. Sabemos que el Imperio Romano también extendió sus tentáculos por Asia Menor y el Norte de África y, en este continente, se pueden visitar restos que dejan con la boca abierta.

Cuando viajé a Jordania, tuve la oportunidad de conocer Gerasa. Fue la primera vez que vi restos romanos rodeados de un urbanismo árabe. Chocante, diferente y bonito. En mis recientes vacaciones por Túnez, he tenido la oportunidad de visitar algunos de estos enclaves, de los que quiero hablar en este artículo, dejando Cartago y las termas de Antonino en un post diferente, el relativo a los alrededores de Túnez capital.
Antes de meternos en materia, voy a hablar de una pequeña ciudad del interior, Testour, en la que merece la pena hacer una parada.
Testour, la ciudad con el minarete más bonito de Túnez
Salimos pronto de Túnez con destino Dougga, haciendo una parada en el camino para dar una vuelta por Testour.
Esta pequeña localidad tiene un fuerte vínculo con España, dado que buena parte de los moriscos que fueron expulsados en el siglo XVI se establecieron, principalmente, en Testour. De hecho, muchos apellidos de sus habitantes tienen origen español: Rouissi (Ruiz), Koundi (Conde), Fourti (Fuerte) o Gmach (Gómez).
Situada en uno de los verdes y fértiles valles del interior de Túnez, a orillas del río Medjerda, emerge Testour. Así de primeras, el lugar no tendría mucho más interés, pero alberga una mezquita del siglo XVII con un minarete que resulta sorprendente.

La Gran Mezquita de Testour tiene elementos muy llamativos y que nos pueden trasladar a otro lugar: tejas verdes que nos evocan las calles andalusíes; un reloj en el minarete, más propio de un campanario y que gira al revés, según la leyenda, por la nostalgia que los moriscos sentían por su pasado; así como una amalgama de elementos musulmanes, judíos y cristianos.
El diseño de los arcos es mudéjar, la decoración con motivos geométricos y florales viene de técnicas heredadas de Al- Ándalus y las columnas con capiteles corintios, de un yacimiento romano cercano.
Merece la pena dedicar un rato a pasear entre sus calles y llevarte más de una sorpresa. Nosotros estuvimos en día de mercado y, al no ser nada turístico, fuimos testigos de primera mano de la cotidianidad, de un mercado en el que no se venden imanes ni postales, sólo comida u objetos de la vida diaria. Me llamó la atención el número de queserías que hay, aunque no pude probar ninguno de los productos, y no por falta de ganas. Una pena.

Tras visitar la Gran Mezquita, me quedé un rato observando la plaza. La típica de un país musulmán, con una terraza en la que la gente se sienta a beber té y ver la vida pasar.
Nos ponemos en marcha y es imposible no pararse cada pocos pasos para hacer una foto: las puertas de colores y decoradas de Testour son una maravilla. Hay una que muestra el minarete de la Gran Mezquita, desde luego, una de las más bonitas que he visto en todo el viaje.

Antes de seguir nuestro camino hacia Dougga, Testour nos tiene reservada una sorpresa más: la Casa de la Cultura. Un sitio tranquilo, con una decoración de azulejos en las paredes que denotan tener mucho vivido y visto, un pequeño patio interior con fuente y columnas. Está en la que fue vivienda de Habiba Msika, cantante, bailarina y actriz tunecina que nació en 1903 y murió asesinada en 1930 a manos de un examante que no supo aceptar que prefiriese a otro.
Tuvo una vida profesional asombrosa para la época: protagonizó teatro shakesperiano, actuaba mostrando la bandera de Túnez a favor de la independencia de Francia, viajó a París donde conoció a Pablo Picasso y Coco Chanel. Con una vida tan interesante, tenía que haber una película: Le danse du feu, dirigida por Selma Baccar y estrenada en 1995. No he encontrado dónde poder verla, si tú lo consigues, cuéntamelo.
La Casa de la Cultura está un tanto desangelada, no vimos ninguna exposición, aparte de los carteles informativos de la propia Habiba Msika, eso sí, los azulejos de las paredes resultan muy bonitos. Si llevas el tiempo justo, yo me centraría en la Gran Mezquita.

Nuestro paseo por Testour duró algo menos de lo que me hubiese gustado porque casi toda la mañana estuvo lloviendo a ratos, una auténtica incomodidad, y no pudimos disfrutar del mercado. En cuanto comenzó la tormenta, decidimos poner el punto final y seguir nuestro camino hacia Dougga. Aquí, también nos recibió la lluvia y el frío (si me llegan a decir que iba a pasar frío en Túnez, no me lo hubiese creído) y, por suerte, fuimos los primeros en llegar, por lo que, durante un buen rato, Dougga fue sólo para nosotros.
En el caso de que tengas más tiempo, en los alrededores de Testour hay lugares que me parecen muy interesantes:
- Béja, una ciudad que fue atacada por romanos, romanos y árabes, pero que siguió siendo un importante centro para los bizantinos y con una kasbah que merece un paseo.
- Zaghouan, conocida por los manantiales del Jebel Zaghouan y uno de los mejores lugares para disfrutar de un hamman. También quedan vestigios de un acueducto y del Templo del Agua, en honor al emperador Adriano. Las estatuas que decoraban este último se exponen en el Museo del Bardo.
- Parque Nacional de Jebel Zaghuan, bosque de encinas, pinos y algarrobos que dan cobijo a chacales, halcones peregrinos o águilas reales y en el que se puede practicar alpinismo, senderismo, espeleología o barranquismo.
- El Kef, con un pasado floreciente, llegó a ser sede de un obispado. Se puede visitar la basílica de San Pedro, del siglo V, o la kasbah, construida en 1601.
Dougga, las ruinas romanas mejor conservadas de África
A menos de dos horas de distancia en coche desde Túnez capital, el yacimiento de Dougga es una visita fácil para ir y volver en el día. La encontramos entre las colinas de Téboursouk y, al contrario que Cartago, no queda rodeada por poblaciones cercanas, así que se conserva de una manera más “pura”.
Tiene una superficie de unas 70 Ha, con monumentos en buenas condiciones y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997. Dougga, Dugga o Thugga, fue una ciudad púnica fundada en el siglo VI a.C., aunque también pasaron por aquí númidas, romanos y bizantinos.

Aquí se puede ver uno de los pocos ejemplos de arquitectura real númida: una tumba de 21 m de altura, del siglo II a.C y que da muestra de la importancia de Dougga en la época. Quedó gravemente dañada por Thomas Read, cónsul británico en el país, que quiso expoliar la inscripción real que la adornaba. ¡Qué raro! ¡Británicos expoliando!
La inscripción, en lengua líbica y púnica, se exhibe en el Museo Británico y gracias a ella se pudo descifrar el idioma líbico.
Los romanos se establecieron aquí llegados desde Cartago, hacia el 46 a.C. y, a partir de este momento, experimentó un crecimiento aún mayor gracias a las familias más adineradas. Además de casas y calles, quedan distintas construcciones: baños públicos, termas, circo, teatro, templos, un arco del triunfo, acueducto y sí, prostíbulo. En su momento de apogeo, entre los siglos II y IV, llegó a tener a más de 5000 habitantes, siendo un importante centro de gestión y producción de trigo.
Nosotros llegamos hacia media mañana, procedentes de Testour y no nos cruzamos con nadie más, sin embargo, un rato más tarde, otro grupo estaba por allí, la suerte de que es lo suficientemente grande como para evitar cruzarte con otros turistas en unos cuantos sitios.

La primera parada que hicimos fue en las termas o baños de los Cíclopes, de las que se quedan unas letrinas en muy buen estado. Durante mucho tiempo, tener un baño privado en casa era un lujo sólo al alcance de muy pocos, de ahí que hubiese lugares públicos para una actividad que no era tan privada. Con el paso de los siglos, la situación cambió y era más frecuente que cada vivienda tuviese su propio baño. De hecho, en una parte más elevada, vimos una casa (que no era de ricos) con baño privado.
El nombre de termas de los Cíclopes se debe a un mosaico que se descubrió en el suelo y que hoy se exhibe en el Museo del Bardo.
Para saber más sobre estas letrinas y sobre cómo se utilizaban las letrinas en la antigua Roma, te recomiendo este artículo de Arqueología en mi jardín.
Estuvimos deambulando y haciendo fotos de los restos, aunque la visita no fue todo lo placentera que debiera, ya que la lluvia y el frío se apuntaron al plan, consiguiendo que fuese bastante incómodo en algunos momentos.
El siguiente lugar que visitamos fueron las termas de Caracalla o Licianas. Están mucho mejor conservadas que las de Antonino y, pese a que no tuvieron la relevancia de éstas, fueron de las más importantes de la región.

Gracias a las buenas condiciones, es fácil hacerse a la idea de cómo eran: desde la sala de entrada se pasaba a las diferentes estancias, como el vestuario, el frigidarium (baños fríos), el elaeothesium (sala de masajes y aceite), la palestra (para ejercicio físico y deportes de combate), sudatorium (similar a una sauna), laconium (sala seca), los caldara (los baños calientes) y tepidarium (los templados). Todavía se puede ver algún resto del mármol que recubría las paredes y la canalización del agua.
Por cierto, en Dougga había unas terceras termas, llamadas Termas de Aïn Doura, de las que no se conoce el nombre clásico. No son tan grandes como las de Caracalla, están muy bien preservadas y se distinguen varias salas, como frigidarium, el tepidarium o letrinas.
Otro de los edificios que mejor preservado está es la Casa Trifolium, es decir, el prostíbulo. Es la casa particular más grande de la ciudad y, pese a que de la planta calle no queda nada, sí que sirve de mirador para ver el nivel inferior. Un patio rodeado por un pórtico, con un jardín y fuentes, además de varias columnas y distintas habitaciones.

Durante mucho tiempo se pensó que la casa había pertenecido a alguna familia poderosa, pero fue una piedra de las inmediaciones la que marcó el camino, literal y metafóricamente hablando: un pene y dos pechos grabados en la piedra. Inconfundible.
Nuestra visita continúa entre calles de piedra y muros de las casas en mejor o peor estado, con un objetivo claro que sobresale por encima de todo: el frontón del capitolio. Sin embargo, antes de llegar aquí, hacemos una breve parada.
Estamos en la llamada Dar El Asheb, de la que queda poco más que unos muros, la puerta, las columnas del porche de la entrada y el patio interior. Nunca se ha sabido qué era exactamente: unos piensan que era un templo dedicado a Esculapio y otros que era la casa de una persona rica. Desde aquí, las vistas del capitolio, enmarcado por la puerta, son una pasada. Si el sol hubiese brillado un poco más…

Nos dirigimos ya, por fin, al capitolio, pasando por el antiguo foro. Una plaza pavimentada que quedó protegida por una muralla bizantina de construcción bastante posterior.
Subiendo las escaleras, accedemos al capitolio, del siglo II y dedicado a los dioses Júpiter, Juno y Minerva. En el fondo del templo, había una estatua colosal de Júpiter y, a ambos lados, otras de Juno y Minerva. El frontón es muy llamativo, con un relieve que representa a un hombre con un águila y que simboliza la apoteosis del emperador Antonino Pío.
Nuestro recorrido continúa y pasamos a la plaza conocida como plaza de los vientos, ya que tiene grabados en el suelo el nombre de los doce vientos que soplaban en la región. En la época romana, la plaza se llamaba, simplemente, plaza del mercado. Aquí se ven también el templo de Mercurio y el antiguo edificio del mercado, del que sólo queda el pavimento, así como los restos de una fortaleza bizantina, que se construyó tras el declive de Dougga.

Desde aquí, llegamos al último punto de nuestra visita y uno de los platos fuertes: el teatro. Construido hacia el año 168, es uno de los mejor conservados del África romana. Con capacidad para 3500 espectadores, cuenta con 19 filas de gradas, una orquesta y un escenario y, en uno de los laterales, ha llegado a nuestros días el lugar en el que se situaba el apuntador, aunque había dos, uno a cada lado.
Desde el escenario, las vistas de todo el teatro son espectaculares, no obstante, subir a lo más alto, lo supera con creces: se ve parte de la ciudad, el verde del valle del Kalled las colinas cubiertas de olivos y la tumba númida perfectamente alineada. ¿Sería casualidad el punto en el que se erigió? No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que no.

Éste fue el último punto que visitamos en Dougga, ya teníamos que recoger para ir a comer. La verdad es que me hubiese gustado dedicar más tiempo a Dougga, porque hay varios sitios que se quedaron pendientes, es lo que tiene el tiempo limitado.
Entre esos lugares, podemos destacar los arcos de Alejandro Severo y Septimio Severo, la necrópolis dolmética, el anfiteatro, o los templos de Juno Caelestis, Saturno o Minerva, además de la basílica de la Victoria, el único monumento cristiano del yacimiento, lo que indica el enclave continuó habitado algunos siglos más.
Siglos que no fueron muchos más, porque fue cayendo en el olvido, quedando reducida a un asentamiento rural en el periodo islámico, hasta que la arqueología la devolvió a primera línea, siendo un referente cultural en el continente.
Para más datos e información práctica del yacimiento arqueológico de Dougga, te recomiendo la web oficial de Turismo de Túnez.
El anfiteatro de El Jem, uno de los más impresionantes del Imperio romano
El Jem, o El Djem, es una ciudad a 70 km al sur de Susa o a algo más de 200 km al sur de Túnez que pocos sabrían situar en el mapa si no fuese porque atesora un monumento impresionante: un anfiteatro que llegó a ser el tercero en tamaño del Imperio romano.
La ciudad romana de Tisdra se construyó sobre unos asentamientos púnicos anteriores y consiguió prosperar gracias a ser centro productor y exportador de aceite de oliva, de hecho, llegó a rivalizar con Susa por ser la segunda ciudad romana más importante del norte de África. Sin embargo, en el año 238, el procónsul Gordiano comenzó una revuelta para proclamarse emperador, que terminó con su suicidio y con el saqueo de Tisdra por parte de las tropas leales al emperador Maximiliano el Tracio.

De toda esa magnificencia, sólo nos ha quedado el anfiteatro o, mejor dicho, otros restos de los que se conoce su existencia no han sido excavados. En cualquier caso, lo que aseguro es que que merece la pena el desvío.
En la época de apogeo de Tisdra, la llegada de comerciantes hizo que cada vez más familias de patricios se asentasen aquí y, por lo tanto, era necesaria la construcción de un centro de ocio a la altura de las circunstancias. El anfiteatro fue posible gracias al procónsul Gordiano, en el año 238, y reemplazó a otros dos anteriores.
Con una capacidad para unos 35.000 espectadores, con tres gradas que alcanzaban los 30 m de altura, tiene unas dimensiones de 147,90 m de largo y 122 m de ancho y la arena interior, de 64,5 m por 38,80 m. Llegó a ser el tercero (o cuarto, según la fuente consultada) del Imperio, por detrás de Roma y Capua (y Puzzouli, si lo consideramos en ese cuarto lugar). De los que quedan en pie, en un estado de conservación excelente, es el tercero: detrás de Roma y Verona.

En 1979, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Con todos estos datos, ¿a qué apetece dedicar unas horas para visitar el anfiteatro de El Jem?
Hace tantos años que visité Roma que, de la visita al Coliseo, ni me acuerdo (tengo que volver, lo sé, está en el listado de pendientes desde hace ya demasiados años); cuando pasé en día en Verona, no llegamos a entrar, porque en el interior había un escenario montado para un ciclo de conciertos, así que entrar al de El Jem era una necesidad imperiosa.
Se cree que aquí se celebraron combates de gladiadores, carreras de carros y espectáculos con fieras, como atestiguan varios mosaicos encontrados en villas romanas de los alrededores.
Llegamos a El Jem por carretera, nos dirigíamos por una de las calles principales, totalmente rectilínea, y allí estaba, al final, perfectamente enmarcado entre los edificios bajos. Un escenario muy diferente al de Roma o Verona, pero llamativo y sorprendente. Cada vez, según nos acercábamos, se hacía más y más grande. Resulta impresionante.

Tras bajarnos del autobús, nos dirigimos a la puerta principal, que está justo en el otro lado, por lo que lo teníamos que circunvalar. Sorprende lo bien que lleva sus dos mil años. Mientras que escribo esto, me viene a la cabeza la canción de La puerta de Alcalá de Ana Belén y Víctor Manuel.
Cuando entramos, nos dirigimos directamente a la parte subterránea, compuesta por galerías y estancias en las que se encerraba a las bestias, esperando a subir a la arena gracias a un montacargas que funcionaba por tornos. No sé si hay algún otro anfiteatro en el que se mantenga esta zona y que sea visitable, de esta manera, recorrer la de El Jem resulta una experiencia única.
Después, subimos a la arena, que se conserva muy bien y a la que se puede acceder sin ningún tipo de restricción. Estar de pie, justo en el centro y observar. Imposible hacerse a la idea de lo que debía sentir un gladiador allí en medio, rodeado por miles de espectadores gritando, pidiendo sangre.

Después, vagamos libremente por la cávea (la zona en la que estaban las gradas), por los túneles, nos sentamos en algunos asientos que tienen restos de mármol de Carrara (creo que no voy a tener otra ocasión en mi vida de sentarme en este material).
Cuando salimos, fuimos caminando por el exterior con calma, admirando una vez más un monumento tal colosal. Por cierto, no se le puede llamar Coliseo porque ese nombre sólo lo recibe el anfiteatro de Roma que, a su vez, debe su nombre a una estatua enorme de Nerón que había en las inmediaciones. El famoso Coloso de Nerón.
En las inmediaciones, hay un museo arqueológico, que no visitamos, y que me parece muy interesante. Aquí se exponen mosaicos que se hallaron en villas cercanas, además de piezas de cerámica o esculturas. Si no has tenido suficiente con los mosaicos del Museo del Bardo, acércate al Museo Arqueológico de El Jem.

Para la información práctica del anfiteatro de El Jem y el museo arqueológico, te comparto la web oficial y la de Turismo de Túnez.
Otros yacimientos romanos en Túnez
Aunque visité Cartago, Dougga y el anfiteatro de El Jem me quedé con ganas de ver algún yacimiento romano más. Entre los más interesantes me parecen los siguientes:
Bulla Regia, situado a unos 70 km de distancia de Dougga y cerca de la frontera con Argelia. Se pueden visitar un teatro, unas termas, algún templo y un capitolio, eso sí, este último en mal estado. Sin embargo, lo más destacable son las casas, que se construyeron con planta subterránea, se cree que para protegerse de las altas temperaturas.
En mi búsqueda de información sobre Bulla Regia, veo que se pueden visitar tres: la Casa de la Caza, con un atrio rodeado de columnas, una basílica privada y mosaicos en muy buen estado; la Casa de Venus Marina o de Anfítrite, donde se descubrió un mosaico de la coronación de Venus; y la Casa de la Pesca.

Para más datos de Bulla Regia, consulta la web oficial de Turismo de Túnez.
Sbeitla es uno de los sitios que más me hubiese gustado visitar, de hecho, en el trayecto entre Kairuán y Tozeur, pasamos cerca del desvío, pero no pudo ser…
En Sbeitla vemos restos romanos en muy buenas condiciones, destacando los Templos Capitolinos, dedicados a Júpiter, Juno y Minerva, por separado, en vez de uno solo como en Dougga.
Para más datos de Sbeitla, consulta la web oficial de Turismo de Túnez.
Thuburbo Maius fue una antigua colonia fundada por Augusto para soldados licenciados y que llegó a ser colonia en tiempos de Cómodo. Se ubica en un valle al norte de Zaghouan y, pese a ser unos de los más importantes de Túnez, apenas recibe visitantes; y lo que es más, está muy poco excavado, algo que no le quita ni un ápice de belleza. Se pueden ver el foro, el mercado y el templo de Mercurio, el capitolio (que es el más grande de África), el anfiteatro, la palestra de Petronio (de columnas de mármol negro con betas amarillas), las termas y varias casas residenciales.

Para más datos de Thuburbo Maius, consulta la web oficial de Turismo de Túnez.
Se pueden mencionar muchos más, como el de Oudhna, la antigua Uthina; Ammaedara y Chemtou, cerca de la frontera con Argelia; Pheradi Majus; Makhtar o Neápolis, no obstante, hay muchos más.
Para la información práctica de los yacimientos, museos y monumentos de Túnez, te recomiendo visitar la web oficial de Turismo de Túnez.
Desde mi punto de vista, pese a que el conocimiento es poder y se viaja para aprender, visitar todos y cada uno de estos yacimientos puede ser un tanto repetitivo (a no ser que seas arqueólogo o historiador), además, hay que tener en cuenta de que hay algunos que están a desmano, por lo que convendría sopesar si compensa las horas de desplazamiento, buscando, asimismo, un sitio para dormir y/o comer.
De igual manera, el tiempo es limitado, así que, como al final hay que elegir, a parte de los tres lugares que visité en mi recorrido por Túnez, incluiría en la lista Sbeitla, aunque me parece muy buena opción el visitar alguno de los menos conocidos y poder disfrutar de un lugar así en solitario.
Suena demasiado bien…
Para más datos históricos de los yacimientos que acabo de nombrar, te recomiendo leer este artículo de World History Encyclopedia. En este artículo de Wikipedia aparecen listadas todas las ciudades de origen romano en Túnez.
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