Seamos realistas: cuando vas de viaje, es imposible verlo todo. Ya sea por tiempo limitado, por precio de entradas, porque se ha alcanzado el cupo de aforo o porque no conocías de la existencia de ese lugar que, según vuelves a casa, se convierte en viral en redes sociales.
La vida es así, no merece la pena darle más vueltas. ¡Y ojalá fuesen esos todos los problemas!
En los viajes que he hecho, creo que nunca he estado totalmente satisfecha en ese aspecto, la espinita del “esto lo dejo para la próxima” siempre regresa conmigo a casa clavada. Así que, siguiendo la estela de los post anteriores que preparé con los puntos que me he fastidia haberme perdido, publico otra entrega de lo que me ha quedado pendiente de ver.
Nueva York es inconmensurable
Sé que suena a obviedad como la copa de un pino, pero a no ser que tengas tiempo infinito o te vayas a mudar a la ciudad de los rascacielos, hazte a la idea: te van a quedar un montón de lugares de interés por ver.

Y eso si vas una semana, como fue mi caso; si haces una de estas visitas relámpago que ofrecían algunas agencias (5 días y 3 noches) o estés en una ruta y haya que planificar bien los días, olvídate: vas a ver tres cosas contadas.
Cuando empezamos a preparar el itinerario por EE.UU. quisimos dedicar una semana completa a Nueva York y la otra a las cataratas del Niágara y costa este. Contábamos con 7 días completos en la ciudad de las ciudades. Nos tocaba elegir qué veíamos y qué se quedaba fuera.
Preparamos un listado con todo y fuimos marcando lo que realmente era imprescindible para nosotras: la estatua de la libertad, Central Park, el MET y el MoMa, la Asamblea de la ONU o pasear por las grandes avenidas fijándonos en la grandiosidad de los rascacielos. Muchos se quedaron con la etiqueta de “si da tiempo”.
Tengo que confesar que vimos bastantes sitios de los marcados y algunos otros que nos llevamos de propina. Madrugábamos mucho, la mayoría de las mañanas comprábamos el desayuno en un Starbucks y nos lo llevábamos para comer en el metro, dedicábamos el tiempo justo a la comida y nos poníamos en marcha de nuevo. Como si fuésemos el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas: todo el día con el reloj en la mano y corriendo a todas partes.
Suena cansado, da pereza y puede llegar a agobiar, pero si quieres ver cosas, te tienes que dar brío.
Por mucho brío que nos dimos nosotras, nos quedaron pendientes que quiero poder ver en la próxima vez que, pese a no tener fecha, la habrá.
Como amante del arte, visitar museos es algo obligatorio en mis viajes y, en Nueva York, que nos juntamos Marisol y yo, este punto era indiscutible. Con mucho dolor, redujimos el listado al MoMa y el MET, porque era impensable visitar Nueva York y no ir, quedando otros tantos eliminados.
Uno de ellos fue el Guggenheim, conocido no sólo por la estupenda colección de arte que exhibe en sus paredes, sino también por su arquitectura. Un edificio circular y, en su interior, todo gira en torno a un patio central al que se accede por sus pasillos en rampa. Además, uno de los cuadros que tiene en su colección es una vista sobre París de Marc Chagall que me encanta.

La tarde que nos dimos libre, opté por acercarme y disfrutarlo. Nada más lejos de la realidad: todo el interior estaba en obras, colgaban de las barandillas unas lonas y, aunque los cuadros se podían ver, la arquitectura, no. La experiencia quedaba mutilada.
Al entrar fue un bajón absoluto. En la taquilla había una chica delante de mí protestando porque no se había avisado de las obras y, lo que es peor, el precio de la entrada seguía siendo completo mientras que la visita no lo sería. Tenía toda la razón del mundo. Yo opté por darme la vuelta y salir con la esperanza de ver el cuadro de Chagall y la barandilla helicoidal en un futuro.
No fue éste el único museo que se quedó en el tintero, sino que ya llegaban desde Madrid con el “por si acaso” pendiente el Museo de Historia Natural, la Colección Frick o el Museo Whitney de Arte Estadounidense. Decir “por si acaso” es un eufemismo bastante optimista, ya que, en realidad estaban en la categoría de “si fuésemos a Nueva York dos semanas”.
La misa gospel en Harlem que fue misa, pero no gospel
Estás preparando unas vacaciones en Nueva York, si estás allí un domingo, en todas partes leerás recomendaciones sobre asistir en Harlem a una misa gospel.
Las misas gospel han sido popularizadas en las películas. Se trata de una misa “de las de toda la vida” con la peculiaridad de que hay música, canciones o aplausos que se fusionan con la oración como tal. Y, como muestra, os dejo un vídeo.
Era el 2011, Nueva York era ya un destino bastante popular y demandado, sin embargo, en internet no se podía encontrar tantísima información de primera mano como tenemos hoy en día, por lo que consultamos el foro de Los viajeros, del que sacamos un par de direcciones de iglesias bastante conocidas.

Y allá que fuimos nosotras el domingo por la mañana. Y nos llevamos una decepción de las buenas. Si hubiésemos asistido al oficio que esperábamos, no estaría escribiendo esta anécdota en este post.
Nos sorprendió ser casi las únicas turistas que estaban por allí. Pese a que era septiembre, la dirección la sacamos de uno de los foros viajeros más importantes. Entramos, nos sentamos en uno de los bancos de atrás del todo y nos sorprendimos cuando la misa empezó y nosotras sumábamos más que los feligreses. No había coro, ni tenía pinta de que fuese a salir y, menos aún, no se respiraba ese ambiente festivo que se ve en las películas y del que todo el mundo hablaba.
Optamos por salir haciendo el menor ruido posible y nos quedamos en la puerta sin saber qué hacer ni hacia dónde ir. Sin internet en los móviles, no era tan fácil buscar algo como hoy en día y, dada la hora que era, todas las misas gospel, allá donde fueran, ya habrían empezado.
La única explicación que se nos ocurrió fue que había dos iglesias con el mismo nombre, porque estábamos en la misma dirección que habíamos sacado del foro. En fin, lo que tiene viajar.
Decidimos dar una vuelta por Harlem, por si nos encontrábamos de bruces con un coro que nos invitase a entrar a la iglesia correspondiente. Spoiler: no ocurrió, aunque sí que llegamos a la puerta de una iglesia en la que estaba un cura recibiendo a los feligreses y nos invitó a pasar diciendo que sí que había un coro. Spoiler 2: no había coro.
Entramos y nos sentamos, una vez más, en los bancos del fondo, total, la alternativa que teníamos era seguir dando vueltas por las calles. Estuvimos un buen rato escuchando al pastor dando su sermón, que poco tiene que ver con los que se oyen en las iglesias españolas. Al cabo de un buen raro, Marisol y yo optamos por salir y esperar a las demás en las calles.
Habíamos cumplido con la mitad del plan: habíamos ido a una misa en Nueva York pero que no era gospel.

Con la tontería, se había hecho la hora de comer. Teníamos apuntadas un par de direcciones de esos típicos sitios super recomendados a los que ir a comer por la zona después de la misa. Bueno, pues tampoco. Ahora mismo soy incapaz de recordar si es que no los encontramos o estaban hasta arriba de gente. Lo que importa, fuimos a comer al Soho.
En resumen, el plan de domingo por la mañana estuvo bastante desaprovechado. Regresé a casa con esa otra espinita clavada por haberme perdido algo tan típico en Nueva York y que no se ve tan fácilmente.
Me estado haciendo alguna búsqueda superficial sobre el tema y parece que ha cambiado bastante en todos estos años. Aunque en aquella época ya había iglesias que no permitían la entrada de turistas, ahora mismo son bastantes más las que no lo hacen. No podemos olvidar de que no se trata de un espectáculo, sino de un acto litúrgico destinado y orientado hacia sus fieles. Los turistas estamos de prestado y parece que se ha convertido en una romería.
Por si no fuese poco, hay tours que te llevan a una, por lo que la sensación de “autenticidad” queda totalmente perdida (¿no os parece que es como cuando meten a todo un autobús de turistas a un tablao flamenco?). En el caso de volver a Nueva York, tendría que hacer una búsqueda bastante más profunda y, si no veo la cosa clara, quedarme con esa espinita, de la vez que fuimos a ver una misa gospel y nos quedamos con la misa, pero no con el gospel.
Washington DC en un día, y falta un día
En este mismo viaje, en el recorrido por la costa este, nuestro último destino fue Washington DC. Por desgracia, sólo la podíamos dedicar un día, ya que a la mañana siguiente regresábamos a nueva York, para entregar el coche de alquiler y subirnos en el avión de vuelta a casa.
Ya hablé de ella, a la que se recomienda estar un día. Bueno, pues a mí se me quedó corto. Siendo sincera, ese día es suficiente para ver los principales atractivos de la ciudad y volver con un buen sabor de boca. Pero es que Washington es mucho Washington y, si quieres conocer más de un museo de la Smithsonian, necesitas tiempo.
La Smithsonian es un centro de investigación y educación con un complejo de museos asociado. En nuestro planning sólo nos daba tiempo a entrar en uno, siendo el elegido el Museo Nacional del Aire y el Espacio y quedándome con ganas de mucho más.

Colecciones tan interesantes y atrayentes como las del Museo Nacional de Arte Africano, la Galería Freer, especializada en arte asiático, el Museo Hirshhorn y Jardín de Esculturas, con colecciones de arte contemporáneo y moderno, o el Museo Nacional del Indio Americano. Y por mencionar sólo unos pocos. Vamos que, si se puede estar una semana en Washington empapándote de cultura, no te sobraría el tiempo.
En cualquier caso, si vuelvo a Washington y tengo que elegir, me quedaría sin duda con el Museo Nacional del Indio Americano.
Y, en este hipotético regreso a la capital estadounidense, intentaría quedarme un par de días con el fin de encajar otra visita que, en la primera vez, me quedé en la puerta y lo tuve que ver a través de la verja. Se trata del Cementerio de Arlington.
Se trata de un cementerio militar establecido durante la Guerra de Secesión. Está dividido en 70 secciones y, dado que es imposible hacer una ruta completa, habría que elegir. Me parece interesante pasear entre las tumbas más antiguas, como las de los soldados confederados o las de los esclavos que cayeron en esta guerra. También me gustaría conocer el Memorial de Iwo Jima, los dedicados a los fallecidos en los trasbordadores Challenger y Columbia y la tumba del presidente John F. Kennedy.
Hay otra tumba bastante peculiar y que es considerada la más peligrosa del mundo: la de Richard Leroy MacKinley, que murió en una explosión nuclear, absorbiendo su cuerpo gran cantidad de radiación. Está enterrado forrado en un tejido especial y dentro de un sarcófago sellado, envuelto en varias capas de algodón y plástico, dentro de dos bóvedas subterráneas, selladas y reforzadas. Toda precaución que se tome es poca dado que la radiación que sigue emitiendo mataría cualquier forma de vida en cuestión de segundos.

Nosotras nos acercamos con la intención de ver la tumba de Kennedy y porque, como amante del turismo de cementerios, me llama la atención y tenía ganas de ver otro tipo de camposanto diferente a los que suelo ver en Europa. Una sucesión rectilínea de lápidas blancas sin ningún tipo de ornamento ni decoración. Radicalmente opuesto a los que vi en Escocia, por ejemplo.
Debido a que los horarios estadounidenses no tienen nada que ver con los españoles y a que, como sólo teníamos un día en la ciudad, el Cementerio de Arlington no era una prioridad, se quedó para última hora de la tarde, cuando ya estaba cerrado y sólo pudimos mirar desde la puerta.
Después de estas desventuras, habrá que volver, ¿no?
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