Anécdotas de viaje: colarse en el tren

Que levante la mano quien se haya colado alguna vez en el tren. Venga, no seáis tímidos, que esto no va a trascender y el “delito” seguro que ha prescrito. Yo me he colado en el tren, no una, sino tres veces. Nunca en España. Y, en mi defensa, diré que no siempre era sin pagar, simplemente, se me había perdido el billete. Verdad verdadera.

El billete desaparecido en Ámsterdam

La primera vez que lo hice, fue en julio de 2006, cuando fui a Ámsterdam. La forma más cómoda de llegar al aeropuerto era en tren hasta Centraal Station. Fuimos a las máquinas a sacar nuestros billetes y nos daban la opción de comprar ida y vuelta, que salía más barato, por lo que compramos uno de este tipo para cada uno. Usamos la ida para llegar a la ciudad y, cuando llegamos al hotel, los guardamos para que no se perdieran.

Ya hablé hace unos días de cómo fue mi estancia y, en cada momento, deseaba hacer uso de ese billete, volver a mi casa y no volver a ver a un “compañero de viajes” así. O, mejor aún, mandarle a él de vuelta a Madrid y quedarme yo disfrutando de la ciudad. No ocurrió ninguna de estas situaciones, pero el deseado momento de volver a casa, aunque parezca mentira, llegó.

Nos plantamos con nuestras maletas en Centraal Station y, al intentar utilizar los billetes para entrar ¡sorpresa! No aparecían. Ahora mismo, no recuerdo dónde los habíamos guardado, aunque creo que, en aquel momento, sí. Da igual porque no había billetes. Ni en un bolsillo de la maleta, ni en mi bolso, ni en monedero o cartera. Nada, se habían evaporado.

Nosotros sabíamos que habíamos pagado y no queríamos volver a pagar y, como no había torniquetes de ningún tipo, entramos en la estación y nos metimos en el tren correspondiente. Así de fácil. Cuando llegamos al aeropuerto, nos bajamos y nadie se enteró nunca de nada. Nosotros habíamos pagado, insisto, salvo que no podíamos demostrarlo.

¿Y si me escondo de Begijnhof para que no me encuentre el revisor?

En cualquier caso, al llegar a casa y deshacer toda la maleta, no apareció ninguno de los billetes. Empecé a creer en la magia.

Lo malo de que fuese tan fácil y que no nos pillaran lo comprobé al año siguiente.

Me quedo sin dinero en Copenhague

En junio de 2007, fui un fin de semana a conocer Copenhague. Lo primero que me llamó la atención fue lo increíblemente caro que es todo. Yo, que llevaba pocos meses trabajando con un sueldo de mileurista, aluciné. Además, por aquel entonces, portales de reserva de hoteles no daban la posibilidad de pagar online, sino que tenía que ser en el propio alojamiento. Llevábamos apuntado en la reserva el precio que teníamos que pagar, y lo tuvimos en cuenta a la hora de sacar y cambiar dinero, así que, lo primero que hicimos nada más llegar, fue separar ese dinero para asegurarnos que tendríamos suficiente para la cuenta.

Sobre todo, teniendo en cuenta de que, al comprar el billete de tren desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, casi nos caemos del susto. Comer está sobrevalorado, podemos vivir sin eso.

Si subes hasta lo más alto de la iglesia de San Salvador, ahorras dinero y se te pasa el hambre

En los días que estuvimos en la ciudad, sólo visitamos el Museo del Sexo y porque no paraba de llover y no teníamos dónde refugiarnos fuera de nuestra habitación, por lo que el ocio y la vista se redujeron a todo lo que es gratis: barrio de Nyborg, Christiania, la Sirenita, los exteriores de la Ópera y el Diamante Negro, el Ayuntamiento, etc. Básicamente, el dinero nos lo gastamos en comida, y no fuimos a ningún lugar más caro de lo estrictamente necesario y pedíamos fijándonos mucho en los precios de los platos. En cualquier caso, un par de visitas al McDonalds cayeron.

La sorpresa llegó el último día. Sabíamos que el hotel tenía cafetería en la que podíamos desayunar, pero el precio era bastante elevado, por lo que decidimos buscar una en los alrededores para conseguir ahorrar algo y esos dos días que estuvimos desayunamos fuera. Al terminar, volvimos a nuestra habitación a cerrar la maleta, pagar y dejar el equipaje en consigna, ya que nuestro vuelo salía a última hora de la tarde.

Y, cuando nos traen la factura, viene con sorpresa: el desayuno lo teníamos incluido en el precio de la noche. ¿Cómo es posible? En ningún sitio habíamos leído esa información, ni a la hora de reservar en el portal, ni en ningún lugar del propio establecimiento ni mucho menos, nos lo habían “recordado” cuando nos registramos al comienzo. Dos días pagando aparte una comida que ya teníamos pagada.

Nos quedamos en la puerta, que entrar cuesta dinero, Copenhague

En ese momento, no sabes si te sientes tonta, si crees que el dinero que han invertido tus padres durante años para que estudies inglés ha servido para algo, o si lo mejor es que no te vuelvan a salir de casa, pero la realidad era la que era. Y, después de esto, hay un peor aún: nos quedábamos sin dinero. La inexperiencia nos había hecho llevar menos dinero del que luego necesitamos, además, yo no tenía tarjeta de crédito, sólo de débito, pensado que podría sacar dinero con ella o pagar en cualquier comercio, hasta que te das de bruces con la realidad. Nos quedaba dinero suficiente para poder comer (y no mucho) y se acabó.

Cuando llegamos a la estación de tren, intentamos comprar el billete pagando con tarjeta, y no había manera. Recordé mi experiencia “satisfactoria” el año anterior y, como no había torniquetes, nos colamos y nos sentamos en asientos libres. Llevábamos la palabra “CULPABLE” escrita en la frente.

Todo iba más o menos bien durante el viaje que, no recuerdo cuánto duró, pero se me hizo eterno. Estaba deseando llegar a la estación del aeropuerto, bajarme y olvidar lo que había ocurrido. Sin embargo, el destino nos tenía preparado un susto que, por otro lado, era merecido: el revisor. Entró por la puerta del vagón a la que nosotros dábamos la espalda e iba uno a uno pidiendo los billetes. Comienzan las palpitaciones, los sudores y los nervios. Acordamos fingir que no le entendíamos, que no hablábamos absolutamente nada de inglés, a ver si así nos daba por imposibles y se iba. Aunque, pensándolo ahora, ¿qué te va a preguntar un revisor de tren? ¿Que si quieres el periódico y una bebida? Estaba ya con los pasajeros sentados detrás de nosotros y yo quería morirme, me prometí a mí misma que nunca más haría algo así, que me quedaba sin comer antes que colarme, porque el mal trago no merece la pena y que me sacaría una tarjeta de crédito para el próximo viaje. Y, de repente, el revisor nos salta. No sé por qué, pasó de nosotros, se dirigió a los que estaban sentados delante y no retrocedió.

A fecha de hoy la única explicación lógica que le encuentro es que no se dio ni cuenta y, aunque la vida se alió conmigo, ¡no vuelvo a repetir!

Máquinas expendedoras de billetes sin instrucciones de uso

¿O quizás sí? Por ha habido una tercera vez, en Berlín en julio de 2014. Rara fue la vez que pagué en el metro, pero no porque quisiera colarme, sino porque ellos me obligaban a hacerlo. Por aquel entonces, y espero que haya cambiado la situación, no había taquilleros en las estaciones de metro, sólo recuerdo en la de Alexander Platz, sino que había máquinas.

En Alexanderplatz para comprar billetes de metro

Estas máquinas del demonio sólo aceptaban como modo de pago tarjeta Visa (y la mía era y es Mastercard) y monedas y billetes de 5 y de 10 y tú, turista recién llegado a la ciudad con dinero sacado del cajero de tu país de origen (seguro que billetes de 20 y 50), te aguantas si no llevas billetes pequeños. Yo quería pagar, sin embargo, ellos no me dejaban hacerlo. Solución, me colaba. No había torniquetes y no vi ni a un solo revisor. Eso sí, cada vez que podía, pasaba por Alexander Platz y compraba billetes. Como inciso, a la vuelta, escribí un correo a Lonely Planet detallando esta situación y que sería de gran ayuda para futuros viajeros. Desconozco si lo introdujeron en sus guías posteriores y, si lo hicieron, ahí tenéis mi aportación a la causa.

Lo peor vino cuando quisimos salir de la ciudad. Contaba en el post Historias para no viajar/ dormir que planeamos una salida campestre. Sólo la planeamos, porque no llegamos a preparar nada, sólo sabíamos que se llegaba en tren directo.  Nos presentamos en la estación y nos tocó pelearnos con la máquina de billetes. Nosotros sólo queríamos un billete normal para ir de Berlín al pueblo en cuestión, cuyo nombre no recuerdo, pero la máquina hacía interminables preguntas y sólo avanzabas a la siguiente pregunta si contestabas “correctamente”, si no, sólo salían mensajes de error. No sé cuánto tiempo estuvimos en la máquina intentado comprar los dichosos billetes, detrás de nosotros había una cola de gente cada vez más larga y, lo que es peor, el tren que queríamos coger estaba entrando en el andén y, si lo perdíamos, teníamos que esperar unas 2 horas hasta el siguiente, por lo que la excursión quedaría cancelada. Sin dudarlo, pulsamos en el botón de cancelar compra y nos metimos corriendo en el tren.

Mejor andando para que no nos «obliguen» a colarnos en el metro de Berlín

Respiramos tranquilos hasta que vimos al revisor en el vagón anterior al nuestro. Mierda, estaba teniendo un déjà- vu. Otra vez palpitaciones, sudores y nervios. ¿Cómo explicas al revisor que la máquina es muy complicada y que no nos quería vender un simple billete?

No tuvimos que hacerlo porque optamos por levantarnos discretamente y encerrarnos en el baño. Estuvimos unos minutos allí metidos, hasta que llegamos a la primera estación fuera de Berlín. Poco más que un apeadero, pero con taquilla física y una persona. Aún recuerdo la cara de sorpresa de la señora cuando nos bajamos del tren y la pedimos billetes para nuestro destino y otro de regreso para Berlín. Y, lo que es mejor, nos dio tiempo a volver a subir al mismo tren del que nos acabábamos de bajar, esta vez sí, viajando fuera del baño y con billete. Esa vez me volví a prometer a mí misma que nunca más y, hasta la fecha, lo he cumplido.

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