Como madrileña, he pasado muchas veces en coche por la A-1 por Sepúlveda, pero nunca había parado. En mi casa, el lugar de referencia para comer cordero era Pedraza y ni se planteaba buscar una alternativa. Además, al no tener coche, visitar una serie de pueblos que no quedan lejos de la capital se me hacía muy complicado, por no decir imposible.
Por eso, cuando Carlos, Elena y yo hablamos de vernos después de las vacaciones y ellos me propusieron aprovechar el todavía buen tiempo para salir de Madrid, acepté sin ningún tipo de dudas. Tenía ganas de campo y de pueblos, de salir de Madrid durante unas horas.
Ellos aportaban el coche, así que, entre todo el listado de posibles destinos que teníamos, les pedí que fuesen ellos los que eligieran y escogieron Sepúlveda que, además, como íbamos en sábado y no teníamos prisa por volver, lo podríamos combinar con las Hoces del Duratón o Pedraza.

Brevísima historia de Sepúlveda
Las primeras evidencias sobre presencia humana en este lugar datan de la Edad de Hierro, con la existencia de un enclave urbano de la tribu celtíbera de los arévacos. En el siglo I a.C., la zona del alto valle del Duratón fue conquistada por el Imperio Romano, lo que lleva a pensar en un desarrollo de la aldea, además de la construcción de varios santuarios romanos.
Tras la ocupación visigoda, la población quedó desocupada, en el siglo VIII, encargándose a Fernán González, conde de Castilla, su repoblación.
Muchos siglos más tarde, Carlos III visitó la villa y regaló un retrato de su hijo Carlos IV, que se expone en el salón de plenos del Ayuntamiento.
Durante la Guerra de la Independencia, Sepúlveda fue asediada por tropas francesas, con oposición del Empecinado, que tenía su base en las cuevas del cañón del río Duratón.

En 1951, Sepúlveda fue declarada Conjunto Histórico- Artístico y, desde 2016, pertenece a la asociación de los Pueblos más Bonitos de España. En la actualidad, cuenta con una población de 990 personas.
Aquí os comparto la página web de Turismo de Sepúlveda con mucha información práctica.
Qué ver en Sepúlveda
El plan que llevábamos estaba centrado en hacer una ruta senderista, por lo que dejamos de lado ir a comer a algún asador de la zona y nos llevamos bocadillos, fruta y frutos secos desde casa. Sin embargo, no queríamos lanzarnos al monte sin más, así que la visita al pueblo estaba asegurada, sobre todo, teniendo en cuenta que se pasó toda la mañana lloviendo.
Vestidos de senderistas y con paraguas recorrimos las calles de la villa, mirando esperanzados el reloj ya que, según las predicciones meteorológicas, a partir de las 14h dejaba de llover. Y se cumplió. Pero antes de llegar a la soleada tarde, recorreremos los puntos de interés de Sepúlveda, que son unos cuantos.

Cuando llegamos, dejamos el coche aparcado en uno de los parkings habilitados para turistas. En ese momento estaba lloviendo bastante fuerte y optamos por quedarnos un rato más de charleta dentro, hasta que llegó un punto que, además de lo absurdo de la situación, parecía que llovía algo menos, o es lo que queríamos pensar. Cogimos nuestros paraguas, nos ajustamos bien los cortavientos y allá vamos.
Lo primero que nos encontramos fueron las estupendas vistas del pueblo desde el parking. Casas al borde del barranco, árboles que empiezan a amarillear, alguna chimenea que humea y cielo color gris otoño. El primer “qué bonito” estaba garantizado.
Cuando nos pusimos en marcha, en seguida llegamos a la Puerta del Azogue o Arco del Ecce Homo. Se trata de una de las puertas de acceso a Sepúlveda y está muy bien conservada. Cruzando por debajo se coge la calle que lleva al Museo de los Fueros y al santuario de la Virgen de la Peña, pero ya llegaremos más tarde a este punto.
Optamos por coger la otra calle, la que conduce a la plaza de España, donde se ubica la oficina de turismo para pedir información. La oficina está justo al lado de la cárcel de la villa, construida en el siglo XVI y que ha seguido en funcionamiento hasta el XX. Hay una visita guiada que nosotros no hicimos.

Volviendo a la plaza de España, sin duda es la principal y es aquí donde se celebraban ferias, mercados y corridas de toros. Además, hay varios bares y restaurantes y, cuando no llueve, tiene pinta de ser el lugar donde se sitúan muchas terrazas. En la plaza hay también un par de pastelerías donde fuimos a encargar ponche segoviano.
A pesar de que sigue lloviendo, no queremos ponernos a cubierto todavía, así que optamos por pasar por debajo de los soportales, por las típicas calles de pueblos castellanos, en piedra y estrechas. Caminamos sin rumbo hasta que llegamos a la iglesia de San Bartolomé. Iglesia románica del siglo XII, con capillas barrocas en su interior y un crucero en la entrada. Por desgracia, nos lo perdemos porque está cerrada a cal y canto.
Nos seguimos resistiendo a ponernos a cubierto y nos dirigimos, de nuevo, hacia la Puerta del Azogue. Lo primero que vemos son unos pequeños jardines que están bastante abandonados, y es una pena porque, de estar cuidados, sería un punto verde estupendo en el que sentarse a la sombra cuando el sol aprieta. A continuación, el Museo de los Fueros, situado en la iglesia de los Santos Justo y Pastor, declarada BIC en 1931.
Un poco más arriba, en la misma calle, la Casa de los Proaño o Casa del Moro, una de las más importantes de la villa. Se trata de una casa- palacio, con una fachada plateresca cuyo frontón está presidido por la cabeza de un moro sobre un alfanje. Esta imagen hace referencia a la toma de Sepúlveda por Fernán González.

Continuamos marcha arriba, por suerte parece que llueve algo menos, hasta que alcanzamos la iglesia del Salvador, que entre otras cosas, nos sirve para cerrar un rato los paraguas. Otra iglesia románica, de los siglos XI y XII y también declarada BIC.
Después de visitar el interior, que es muy pequeño y no lleva demasiado tiempo, optamos por ir a tomar el vermut en la plaza de España y, entre otras cosas, a esperar con los dedos cruzados a que el pronóstico del tiempo se cumpla y deje de llover.
En lugar de bajar por la misma calle, preferimos vajar por otras menos “principales”, pasando, de esta manera, por lugares habitados, no por casas cerradas. Hablamos sobre cómo tiene que ser la vida en un pueblo así, bonito e histórico, que se llena en fines de semana y festivos de gente que va a comer. Al final, cada vez menos gente vive en estas zonas, y no les culpo. Menos servicios, trabajos alejados, menos vecinos y más turistas de día. Y, al final, los pueblos se terminan engalanando para los que vienen de fuera y, por lo menos yo, tengo la sensación de estar en un decorado.

Hora del vermut y de la comida
Tras la conversación filosófica, toca mojar el gaznate. Nos metemos en uno de los bares y comenzamos pidiendo en vino con sus tapas. El lugar está a reventar y muchos tienen pinta de ser vecinos. Buena señal. No me quiero ni imaginar cómo se puede poner eso cuando haga buen tiempo y esté más lleno aún y tengas que llevar reserva para comer de varias semanas antes.
Y, quien dice un vino, dice dos, todavía es pronto y, por suerte, se está haciendo la magia: ha dejado de llover y los primeros rayos de sol comienzan a asomar tímidamente. En el tiempo en que terminamos y pagamos, el sol ha dejado la timidez de lado y se ha impuesto entre las nubes. Qué gusto… Ese es el momento en el que regresamos al coche a por la comida y nos cruzamos con mucha más gente. ¿De dónde han salido? ¿Estaban escondidos?
Hemos tomado la decisión de tomarnos el bocadillo alejados de todo el barullo, en un restaurante con vistas privilegiadas: la iglesia de Nuestra Señora de la Peña. Considerada una de las joyas del románico, es del siglo XI y alberga un retablo del siglo XVIII. Justo por detrás de la iglesia, hay un mirador al río Duratón, un pequeño avance de lo que nos espera.

La senda de los dos ríos de Sepúlveda
Con un sol esplendoroso, vamos a comenzar el propósito que nos habíamos marcado: hacer una ruta senderista, que no fuese especialmente dura, para ir tomando contacto con el otoño. La senda de los dos ríos es perfecta para nuestro propósito. Ruta de poco más de 5 km, que se hace tranquilamente en una hora y media y de dificultad baja.
Nosotros empezamos por la puerta de la Fuerza, del siglo XI, una de las pocas que quedan de acceso a la villa y que daban paso a uno de los barrios ya desaparecidos. Quedan los restos de la calzada romana, bastante empinada, que conduce hasta el río.
El silencio es absoluto, nos acompañan buitres mientras que acompañamos al Duratón en su tranquilo pasar. Cruzamos por el puente de Picazos y dejamos que la naturaleza nos absorba. Una auténtica maravilla.

Llegamos hasta unas escaleras que conducen a una pasarela y desde la que se obtienen muy buenas vistas desde lo alto. Seguimos caminando y llegamos a un punto sorprendente: la presa de una antigua fábrica de luz. Se trata de una fábrica de los años 20 que generaba energía eléctrica para alumbrado público.
A pocos metros, se halla el puente del Talanco y, algo más adelante, uno de madera, el de Palmerejos, por el que cruzamos y nos fijamos en uno de los árboles, cuyo tronco tumbado hace de asiento. Nos estamos acercando de nuevo a Sepúlveda. Desde aquí, ya sólo nos queda seguir caminando aunque no toca dar la vuelta ya que, el tramo que discurre por el lateral de la muralla, el de la Puerta de Castro, está cerrado por desprendimiento.
Entramos a Sepúlveda por la zona que queda cerca de la cárcel y nos detenemos, una vez más, en uno de los miradores. Sin lluvia, todo se aprecia de otra manera. Sólo nos queda recoger el encargo de la pastelería y volver al coche, pero no para regresar a casa: el día aún no ha terminado.

Os comparto la senda de los dos ríos paso por paso en Wikiloc.
Las Hoces del Duratón
Lo tengo que confesar: no había estado en las Hoces del Duratón. Y no por falta de ganas, que conste, sino porque el no tener coche y no querer proponer planes que lo incluya a mis amigos que lo tienen por vergüenza. Me suena un poco jeta el decir “oye, vamos a las Hoces del Duratón/ Monasterio de Piedra/ Sierra de Gredos y tú pones el coche y conduces”. No lo puedo decir más claro.
Cuando se presentó la oportunidad de conocerlas, me apunté sin dudarlo. Tras la ruta que habíamos realizado en Sepúlveda, como era sábado y no nos apetecía regresar a casa tan pronto, visitar las Hoces del Duratón era el broche perfecto para el día.
El Parque Natural de las Hoces del Río Duratón está encuadrado entre Sepúlveda y el embalse de Burgomillodo. El río ha arañado la tierra sin contemplaciones formando un cañón con paredes que superan los 100m de altura y con el ocre de las rocas que contrasta con el verde de los árboles y, por la fecha en la que lo visitamos, el incipiente amarillo.

Os comparto la web del Parque Natural de las Hoces del Río Duratón y la del portal de turismo de Castilla y León.
Dejamos el coche aparcado en el parking habilitado y empezamos a andar. El trayecto no tiene ningún misterio, es recto y sin dificultades. Como el sol ya estaba bastante bajo, los colores anaranjados del cielo añadían más magia a un entorno que, ya de por sí, es mágico y, en el primer mirador, la silueta de la ermita de San Frutos rompía el cromatismo.
Llegamos a este primer mirador en el que, incomprensiblemente, no se paraba mucha gente. Es verdad que, por las horas, la mayoría ya se estaban yendo y, de los pocos que acabábamos de llegar, supongo que preferían llegar hasta la ermita con luz.
En este mirador las vistas que se tienen son de espectáculo: el meandro del río, la explosión de colores otoñales, el entorno natural, la ermita de fondo… Aunque sólo se pudiera llegar hasta este punto, la excursión merecería la pena.

Continuamos con nuestro camino y cada vez nos acercamos más a la ermita.
La ermita de San Frutos son los restos de un conjunto monástico, del que sólo permanece en pie dicha ermita. Está situada sobre uno de los meandros del río Duratón, al borde del acantilado. Asomarse por la barandilla y disfrutar de las piedras en contraposición a la naturaleza hacen que apetezca estar un buen rato en silencio. En ese momento, un pensamiento se me cruza por la cabeza: guardando las distancias, me recuerda a los monasterios de Meteora o a los castillos en ruinas de los cátaros. Argrgrgrg tengo que dejar de hacer eso.
La ermita es de origen románico, del siglo XII, y fue construida sobre otra visigótica, del siglo VII. Hay un panel explicativo que indica que la fundación se atribuye a San Frutos y a sus dos hermanos, Santa Engracia y San Valentín, que eligieron este lugar como retiro espiritual. Desde luego, no se puede negar que tenían buen gusto.
Carlos, Elena y yo nos metemos entre las piedras, intentando imaginar qué aspecto tendría todo el complejo en el caso de no estar en ruinas. Difícil saberlo. Lo que sí permanece es la ermita como tal. La entrada no es gratis y nosotros nos limitados a asomarnos por la puerta, como la mayoría de los que estaban allí. El lugar es pequeño y se conservan unas tumbas antropomórficas datadas en la Alta Edad Media, relacionadas con la conquista de la zona por Fernán González.

Seguimos andando, justo hasta el borde del acantilado, donde el meandro es más pronunciado, en una de las imágenes más conocidas del Parque. Aquí se ubica un minúsculo cementerio que permanece cerrado y las llamadas tumbas de los santos en las que, supuestamente, reposan los cuerpos de los tres hermanos. Miramos y, sinceramente, lo único que vimos fue el hueco en el que se podría haber enterrado a tres personas y un montón de monedas. En cualquier caso, es un buen lugar para pasar el resto de la eternidad.
Lo que realmente importa en ese momento, es lo poderosa que me sentía, con asientos en primera fila en un entorno natural también de primera. Qué pena que haya que irse…
Para la vuelta, en vez de ir por el camino que atraviesa la ermita, lo hacemos por uno lateral, del que se obtienen una vistas laterales de los barrancos y el río que suponen una despedida incomparable.
Regresamos al coche y, al llegar, cae la noche. Toca volver a Madrid.
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