El primer día de nuestro recorrido por el altiplano de Bolivia llega a su fin. Acabamos de visitar la laguna Morejón y el volcán Uturuncu y ya está anocheciendo, lo que significa que, obviamente, nos quedamos sin luz y que las temperaturas van bajando bastante rápido.
En cuanto se va el sol, nos vemos rodeados por la oscuridad más absoluta que sólo se ve rota por las luces del puesto de control de entrada a la Reserva Nacional de Fauna Andina de Álvaro Avaroa situado en Quetena Chico. Aquí os comparto la página de la Reserva del Gobierno de Bolivia y esta otra de Global National Parks donde se encuentra información útil detallada, así como el listado de hospedajes en el interior.
Esta reserva tiene una extensión de 7150 km2 y se creó en 1973 con la finalidad de proteger y conservar la vicuña, el flamenco de James y la yareta, un tipo de arbusto, todas ellas especies amenazadas.
Cómo es la noche en un refugio de montaña en la Reserva Álvaro Avaroa
Dormimos en un refugio de montaña con comodidades muy básicas, aunque, finalmente, fue bastante mejor de lo esperado. Nos habían advertido que nos hiciésemos a la idea de que era probable que estuviésemos en dormitorios comunales con baños compartidos y, sin embargo, todos tuvimos dormitorios individuales con baño propio.
Dado que no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, habíamos optado por alquilar los sacos de dormir. Hay que prepararse para noches gélidas, en las que es fácil alcanzar, o incluso superar los -10˚C y, sinceramente, ni tenía un saco de dormir para esas características ni intención de comprarlo, sobre todo, si sabes que te lo alquilan desde la empresa que organiza el tour desde Tupiza.

Pese a que al final teníamos camas preparadas con varias mantas y sábanas limpias, opté por meterme en el saco. Desde mi punto de vista, y teniendo en cuenta que soy friolera, el saco de dormir no era el indicado para temperaturas tan bajas, así que a los pocos minutos salí y me metí debajo de cuatro mantas (y no exagero), donde conseguí entrar en calor y dormir.
Para el resto de noches, no hice ni el amago de usar el saco y, como a mí, les pasó a más gente del grupo. El alquiler tan solo costó 20 bolivianos y, a pesar de que la pérdida es pequeña, prefiero comentarlo por si alguien se está planteando hacerlo. Yo cuento mi experiencia, así que no puedo asegurar que todos los refugios estén bien equipados.
Respecto a las duchas, el agua caliente es una lotería. Esa primera noche, a mí me salió ardiendo, la siguiente, salía tan templadita que opté por no ducharme. Algunos de mis compañeros lo pudieron hacer todas las noches y otros, que se alojaban en la habitación de al lado, o no había casi caudal de agua o salía helada/ hirviendo. La parte buena es que, como no se suda, no te sientes sucio. Vamos, sacad el optimismo, la ducha diaria es un invento del primer mundo.
Respecto a las comidas, hay cocinas, pero no personal de cocina, por lo que dependes de lo que hayas llevado y de lo que te prepares. El resto de viajeros con los que nos cruzamos en los tres refugios en los que estuvimos iban con el tour contratado, llevando, por tanto, cocinero y comida. Venga, que son tres noches de tu vida y las vivencias permanecen para siempre.

¿O de verdad crees que ibas a dormir en un hotel de lujo en una zona protegida en mitad del altiplano boliviano? Sinceramente, espero que este tipo de alojamientos no lleguen nunca a determinados sitios.
La noche fue muy fría y, dado que no hay calefacción de ningún tipo, la temperatura interior es muy parecida a la exterior y, según nos dijeron a la mañana siguiente, llegamos a estar a -10˚C. Vestirse y desvestirse es un auténtico suplicio…
Vamos, que es de día, desayunamos y nos volvemos a poner en camino.
Reserva Álvaro Avaroa: Quetena Chico, cañón de Quetena Grande y los flamencos de la laguna Hedionda
El pueblo en el que estaba el albergue de la primera noche se llama Quetena Chico. Es poco más que varias casas desperdigadas, una cancha de baloncesto y calles polvorientas. Y, si hay un Quetena Chico, tiene que haber un Quetena Grande, que es más o menos lo mismo que el anterior, pero con un atractivo turístico natural: el cañón de Quetena Grande.
Un profundo arañazo en la tierra que la separa en dos y por la que ha transcurrido un río que, cuando nosotros fuimos, era poco más que un hilillo de agua. Eso sí, las vistas son espectaculares, por un momento llegas a pensar que estás solo en el mundo.

Continuamos nuestro camino cruzándonos con llamas y vicuñas, algún que otro pastor que pastorea en moto, matorrales no demasiado altos, debido a la fuerza del viento, hasta que empezamos a ver de lejos otra laguna.
Se trata de la laguna Hedionda, es fácil imaginar de dónde saca su nombre, en este caso, del olor a azufre. Hay cientos de flamencos y, aunque la idea es bordear gran parte del perímetro, el rosa de las aves nos atrae más. No te cansas de ver cómo caminan con sus patas finísimas por el agua, como echan a volar o como se posan, como sumergen la cabeza o baten sus alas.
Pese a que nos hubiésemos quedado un buen rato más, tenemos un largo día por delante con muchos lugares esperándonos.

Desierto de Dalí
A ver, a mí que me lo expliquen: ¿cómo es posible que en mitad de la más absoluta nada donde no vive absolutamente nadie hay un desierto llamado de Dalí? ¿Dalí como Dalí el pintor?
Pues sí, el desierto de Dalí se llama o, mejor dicho, es conocido, por el nombre del pintor. Podría ser por los lugareños, que son amantes de la pintura surrealista, o porque un geógrafo había visitado también la casa museo de Figueres, pero no. El motivo no tiene nada que ver y es mucho más sencillo que eso.
El nombre original es Pampa Jara que, en quechua, significa lugar lleno y vacío. La probabilidad de que los turistas se acordaran de este nombre es bastante escasa, por lo que ya tenemos a los tour operadores ofreciendo ideas de nombres más sonoros y reconocibles.
Dado que la inmensidad, los colores y el paisaje parecen sacados de un cuadro de Dalí, fue tan fácil como empezar a llamarlo desierto de Dalí. Para sustentar esta idea, se pusieron como ejemplos dos cuadros del genial pintor: Momento de transición y Desnudo en el desierto.

Cuando observas tranquilamente los cuadros y después haces lo propio con el paisaje, te quedas convencido de que Dalí estuvo en ese lugar, sacó su caballete y se puso a pintar. Sin embargo, la realidad agua la fiesta: Dalí nunca estuvo en este rincón tan remoto del planeta y, lo más probable, es que jamás supiera de su existencia. Eso sí, decir que han puesto tu nombre a un desierto supera con creces todas las calles o plazas que te puedan poner.
El desierto de Dalí está dentro de la Reserva de Álvaro Avaroa, al sur del salar de Chalviri, con una altitud media de 4750 msnm y una superficie de unos 110km2. Si lo buscas en el mapa, verás que está en una esquinita, lo último que pisas de Bolivia antes de llegar a Chile.
Estás en mitad de la nada y lo primero que se te viene a la cabeza es la palabra infinito. Un mosaico de dunas, rocas y colores perfectamente delimitados con el cielo. Se llegan a tocar, tus ojos lo ven y te entran ganas de empezar a andar, a ver si encuentras ese punto en el que convergen.

Las nubes pasan proyectando sombra sobre la arena, el cielo es de un azul que parece eléctrico, las rocas que se ven son mucho más grandes de lo que parecen y nos recomiendan no intentar llegar andando porque no están cerca. El desierto y sus espejismos.
Por extraño que parezca, nos cruzamos con bastantes turistas en esta zona. Algo tan remoto, tan alejado de la vida y la civilización, que es de paso y estamos los turistas haciendo fotos sin parar. Por suerte, nuestro trayecto continúa y no nos acompañan.
Lagunas Blanca y Verde. Volcanes de Licancabur y Putana
El desierto de Dalí me había dejado sin palabras. La belleza extrema del desierto que tanto me gusta e hipnotiza y, cuando creía que nada lo podría superar, llegamos a dos lagunas con nombres muy coloridos: la Blanca y la Verde.
Vamos acercándonos en el 4×4. Al principio, es poco más que un trazo blanquecino en el suelo y, según nos aproximamos a la orilla, ese trazo se vuelve más grueso. Estamos ante la laguna Blanca. El color de sus aguas se debe al contenido de minerales y es bastante más grande de lo que podemos llegar a pensar: 5,6km de largo por 3,5km de ancho. Sobre el papel, circunvalarla sería buena idea pero, la realidad te pone en tu sitio: el viento que hace es espantoso, de hecho, Gerardo, el conductor, nos ha dejado en la misma orilla y nos ha pedido que tuviésemos cuidado con las puertas. Somos afortunados, los otros coches que componen nuestro grupo no han parado.

La belleza del lugar es sobrecogedora, estás encogido, intentando protegerte del viento y del frío y, sorprendentemente, no quieres meterte en el coche. La naturaleza es maravillosa. Ahora sí que estamos a un solo paso de Chile, bueno, quizás a un poco más, porque la casetilla blanca que se ve al fondo es el puesto fronterizo y la montaña que tenemos justo en frente es el volcán Putana, ya en Chile.
Regresamos al coche para un trayecto muy breve y nos acercamos a la laguna Verde. Es de un verde azulado que te hace pensar que han echado algún tipo de tinte, sin embargo, se debe a las altas concentraciones de plomo, azufre, arsénico y carbonato de calcio. No nos quedamos sólo observando la paleta de tonalidades del agua, ya que al conjunto hay que añadirle el volcán Licancabur, de 5960m, con un cono casi perfecto que se refleja presumido en las verdes aguas de la laguna.

Baños termales de Polques y geiseres Sol de mañana
Si toda esta región es zona volcánica, es lógico pensar que se pueden encontrar baños termales y geiseres. En efecto, los hay. Ya íbamos advertidos desde casa para que nos llevásemos bañador porque, el baño en un sitio así, ¡quita todos los males!
Teníamos el comedor que se ubica justo donde los baños termales de Polques reservado para comer y nos invitaron a que fuésemos a probar el agua mientras que se preparaba la comida. Es verdad que el tiempo no acompañaba: pese a que lucía el sol, el fuerte viento quitaba las ganas de todo. Con lo que a mí me gusta bañarme… Estaba en duda, no obstante, sabía que si no me bañaba, me arrepentiría toda la vida y, como había más de un valiente dispuesto a quedarse sólo con el bañador, me uní.
El baño no es gratis, sino que hay que comprar un ticket y hay baños y vestuarios, aunque un poco rudimentarios. Hay dos piscinas y, gracias al viento, no están muy demandas.

El agua cubre muy poco, el fondo es de arena volcánica, el calorcito sube y no se siente el viento. Rodeados de volcanes, de la inmensidad del desierto, qué pena que haya que salir para ir a comer. Cuando terminamos de comer, como no hay nadie en las termas, una manada de llamas se ha acercado y están merodeando. Va a ser que no somos los únicos a los que les gusta el agua caliente…
Con el subidón y el relax que se alcanza en este tipo de sitios, llegamos al campo de geiseres conocido como Sol de Mañana. Lo primero, no tiene nada que ver con lo que se ve en Islandia, esto es más pequeño, menos impresionante y, al mismo tiempo, más tranquilo. Estamos totalmente solos.
Fumarolas, charcas de barro burbujeante, olor a azufre y algún que otro geyser que amenaza con explotar pero que, a la hora de la verdad, se vuelve tímido. Por lo que nos comentan, el momento de máxima actividad es durante la mañana, cuando nosotros estábamos observando flamencos… es que todo no puede ser.

La laguna Colorada, la más fotografiada de Bolivia
La laguna Colorada recibe su nombre por el tipo de alga predominante y el alto contenido mineral de sus aguas, además, es un lugar de cría de flamencos. Es de un tamaño bastante más grande de lo que parece, con una superficie de 54km2 y, sorpresa, una profundidad media de 35cm. La orilla está rodeada de depósitos de sodio, magnesio, bórax y yeso.
Y, por si no fuera poco, es uno de los lugares del altiplano más fotografiado: los volcanes de fondo, el rojizo del agua, los flamencos que no se inmutan y se oye el ohhhh de los turistas. Sin duda, la laguna Colorada es un lugar mágico, que atrae miradas, exclamaciones y objetivos de fotografía.

Dimos una pequeña vuelta por parte de la orilla pero, como habíamos llegado a última hora de la tarde, el sol ya empezaba a caer y el viento es gélido. Terminamos apretando el paso porque las temperaturas se desploman en cuestión de minutos. Fuimos los últimos en regresar al parking y, pocos minutos después estábamos llegando al refugio en el que pasaríamos la segunda noche.
En este caso, aunque había estufas en el comedor, las habitaciones estaban heladas y el agua de la ducha no acompañaba. Menos mal que al despertarnos por la mañana e ir al mirador de Aguas Calientes para volver a ver la laguna Colorada, esta vez con la luz del día, nos quitó todos los males.

El desierto de Silosi y el Árbol de Piedra, símbolo de la Reserva de Álvaro Avaroa
El desierto de Silosi se caracteriza por las formaciones rocosas moldeadas caprichosamente por el viento, además, está considerado uno de los más áridos del mundo y, geográficamente, se puede considerar como una parte del desierto de Atacama, en Chile.
Es una de las puertas de entrada o salida de la Reserva de Álvaro Avaroa y, cuando terminamos de hacer fotos, nos dirigimos a nuestro nuevo destino: el salar de Uyuni.
Antes quiero comentar que el Árbol de Piedra es uno de los símbolos de este desierto y de la misma Reserva y fue declarado monumento natural. Tiene una altura de 5m y es fácil deducir de dónde viene el nombre: parece un árbol que se ha quedado petrificado.

Hay muchísimas formaciones rocosas, merece la pena darse una vuelta entre ellas y regresar al Árbol de Piedra un poco más tarde, cuando todo el mundo ha hecho las fotos y el rincón se ha quedado tranquilo.
Por cierto, hay un cartel indicando que no se puede subir a las formaciones. Sé que puede resultar muy tentador, pensar que vas a tener la experiencia de tu vida o que las fotos estarán mejor el tiktok, pero si todos nos subimos, mañana, las formaciones rocosas quedarán hechas arena. Si tengo que decir esto, es por algo…
La aventura continúa en uno de los lugares más impresionantes que he conocido: el salar de Uyuni.
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