Voy a decir algo que es probable que sorprenda a muchos: Nueva York y Moscú se parecen. He visitado las dos, con tres años de separación y, cuando estaba en la capital rusa, pensaba constantemente en que me recordaba a La Gran Manzana.
Datos de las dos ciudades
Nueva York está compuesta por un área urbana de 24 millones de habitantes, mientras que en Moscú hay algo más de 12 millones. Esta última es capital de Rusia, aunque no lo ha sido desde su fundación, a mediados del siglo XII (la primera referencia que se encuentra de ella es de 1147), sino desde el 12 de marzo de 1918, justo después de la Revolución Rusa de 1917, cuando la capital se trasladó desde San Petersburgo. Nueva York nunca ha sido capital de EE.UU., entre otros motivos, para no perjudicar a la gran ciudad de la costa pacífica, Los Ángeles. Solución: nos inventamos una población y la proclamamos capital, en este caso, Washington.

Avenidas inmensas y edificios de grandes dimensiones
La norteamericana está formada por largas y anchas avenidas, centenares de metros caminado en línea recta, urbes diseñadas en forma de cuadrícula. Mientras tanto, la capital rusa tiene bulevares larguísimos que rompen el entramado de calles propio de las ciudades europeas históricas.
Pasear, ya sea por la Quinta Avenida, por la Cuarta o Broadway, o por Bolshoi Kremlevski o Pretchistenka, hace que nos sintamos uno más. De esta manera, vamos conectando moles de hormigón. En Nueva York, se llaman rascacielos y no son sólo de hormigón, sino que el cristal y el metal abundan. Sin embargo, en Moscú se denomina arquitectura brutalista, que tanto se ven en las metrópolis que pertenecieron a la antigua URSS y que tanto me gusta visitar: Berlín, Sofía, Budapest… todas tienen en común esos edificios enormes, iguales, aburridos, grises. El Empire State, el Chrisler, el Top of the Rock, otros tantos rascacielos a los que no ponemos nombre frente a las moles construidas en época soviética: el Museo de Paleontología Yuri Orlov, el edificio TASS, la Universidad de Moscú, la sede de la antigua KGB… En estos lugares todo se ha hecho, o se sigue haciendo, a lo muy grande.

Ciudades para presupuestos elevados
Pero no sólo encontramos edificios que desafían la ley de la gravedad o de la estética, según se prefiera, sino que, en las zonas más céntricas y “nobles” de ambas ciudades se puede alucinar con los escaparates de todo tipo de tiendas de lujo (lo de comprar queda fuera de mi alcance). Exactamente el mismo tipo de tienda y que, al mismo tiempo, se ven en otras muchas urbes y que nos puede hacer dudar de dónde estamos.
Utilizando el transporte público
Las dos tienen también en común una red de metro muy extensa y que no es fácil de utilizar hasta que llevas un par de viajes. Para ir a Nueva York, tienes que estudiarte la diferencia entre los trenes local y los express, con sus correspondientes paradas; las bocas de metro que son uptown o downton, vamos, que tienes que tener claro dónde vas, sino quieres pagar de más porque hayas entrado por una boca equivocada. En Moscú, usar el metro es complicado, pero no imposible: las paradas y todo tipo de carteles están escritos sólo en caracteres cirílicos y, a no ser que sepas ruso, puedes reconocer alguna que otra letra, aunque el truco más recomendado es ir contando paradas. No es tan difícil como suena. La parte buena del metro moscovita es que el billete es barato, por lo que, si te equivocas de parada y tienes que volver a pagar, no es una patada en el estómago.

Museos de primer orden
Siguiendo con las similitudes, llegamos a los museos (esto sirve igualmente para otras grandes capitales). Si al ir a Nueva York te sientes abrumado por toda la oferta de colecciones de primer nivel: MoMA, Metropolitan, Guggenheim, National History, etc. la visita a Moscú no defrauda tampoco: la Galería Tretiakov, el Museo Pushkin o el de la Cosmonáutica, por mencionar unos pocos; por no hablar de la visita al Kremlim, en la que disfruté con las catedrales e iglesias ortodoxas, y que también está compuesto por museos, como la Armería o el Fondo de diamantes. Tengo que confesar que, mientras que en La gran Manzana estuvimos siete días y nos dio para conocer varias de sus colecciones, a Moscú sólo pude dedicar dos días, como comenté cuando narraba mi recorrido por el Norte de Europa. Con tan poco tiempo, había que elegir qué se visitaba y los museos quedaban descartados. Me quedé con unas ganas tremendas de conocer pinacotecas de primer orden y, sobre todo, el Museo de la Historia del Gulag (verdad verdadera).
Ciudades de acogida
Otro aspecto que sigue consiguiendo que las dos se parezcan es que funcionan como polo de atracción de personas de todo tipo de origen. En Nueva York vive gente de todo tipo de origen: latinos, afroamericanos, italianos o irlandeses, por mencionar unos pocos. Si paseáis por la calle os daréis cuenta de que, a no ser que llevéis la cámara colgada, podéis pasar desapercibidos. Tengo que admitir que, como turista, es uno de los sitios donde más acogida me he sentido: en cuanto abríamos la guía o un mapa, se nos acercaba alguien a preguntarnos si estábamos perdidas o si necesitábamos ayuda; por lo general, no a las dos preguntas, no obstante, la charla con un local siempre se agradece, para pasar después al “¿de dónde sois?” y quedarnos charlando con ellos durante unos minutos en los que nos contaban si habían estado o no en España, sacaban sus conocimientos de español a relucir y se despedían deseándonos un buen viaje. Sinceramente, no me esperaba esa recepción en una metrópolis en la que millones de personas van a su bola, sin fijarse en los demás. Eso sí que fue una sorpresa, no cruzarnos con gente de los cinco continentes, que sabíamos que iba a ocurrir.

También fue una sorpresa encontrarme un crisol de culturas de la antigua Unión Soviética en Moscú. Es verdad que quizás no haya gente de tantas nacionalidades, pero los rasgos faciales de las antiguas repúblicas se mezclan con los eslavos. En esta ciudad no pudimos interactuar tanto con la gente porque no suelen hablar inglés (¡ni español!) y nosotras no hablábamos ruso. Sin embargo, tengo un par de anécdotas que contar. Para los que no me conocéis, mi pelo es rizadísimo y llama bastante la atención en lugares en los que no es frecuente, por ejemplo, en Rusia. Noté como atraía miradas y alguna que otra conversación, principalmente, en el metro. Y es que todavía recuerdo a esas dos chicas sentadas en los asientos de un vagón que cuchicheaban tapándose la boca mientras que me miraban. Y no sólo miradas, sino también proposiciones para convertirme en ama de yurta. Esperando a la salida de una estación, sentada en un jardín debajo de un árbol, un hombre con rasgos mongoles se acercó y, chapurreando inglés, me preguntó que de dónde era y por qué estaba allí. El que empezara a tocarme el pelo y le hiciera una foto no me gustó demasiado, pero, cuando intentó aprender a decir de corrido “are you single?” mientras que alguien se lo chivaba por teléfono, decidí que nuestra conversación había terminado y me metí dentro de la estación a esperar. No me vi siendo la doña en una yurta de la estepa mongola.
Sin embargo, lo más peculiar que nos ocurrió en las calles de esta capital fue cuando, estando un poco perdidas, no nos aclarábamos con el mapa ni con los carteles de las calles y quisimos preguntar. Pensamos que lo más inteligente era parar a alguien joven porque habría más posibilidad de que supiese algo de inglés, y lo hicimos con la primera chica con la que nos cruzamos, le preguntamos si hablaba inglés y, para nuestra sorpresa, nos contestó en un perfecto español. No pudimos tener mejor ayuda y todas nuestras dudas quedaron aclaradas.

Simbología en las calles
Otro de los aspectos que, en mi punto de vista, Nueva York y Moscú se parecen es que están llenas de símbolos, si bien, en las dos son totalmente diferentes. Mientras que en la primera son las banderas estadounidenses las que se llevan la palma, en la segunda son los símbolos comunistas los que llenan las calles. Estatuas de Lenin, la hoz y el martillo por todas partes, rejas, paredes, puertas, el uniforme de los empleados de Aeroflot, recordando de dónde vienen y dónde están.
Mientras que paseaba por las calles moscovitas me sentía como en Nueva York, pero con simbología comunista y, al evocar cómo fue mi visita a la primera, era como pasear por Moscú, aunque acompañada de barras y estrellas.

¿Alguien más que conozca las dos ciudades que opine de la misma manera que yo?
(Cuando hablo de destinos, suelo decir que para qué elegir, si puedes tener los dos. Me gustaría decir lo mismo en esta situación, sin embargo, dada la situación actual de Rusia, volver a Moscú no es posible ni recomendable).
***
Lee otras entradas relacionadas: