Un día completo en Narbona y la Abadía de Fontfroide

Antes de nada, tengo que reconocer que llegué a Narbona muy agobiada. Había leído todo lo que ofrece esta ciudad y el día escaso que íbamos a estar, teniendo en cuenta que en el mismo día visitábamos la Abadía de Fontfroide, me parecía muy poco. Lo hablé con Lidia y ella estaba igual que yo. Nos va a faltar tiempo. Pero no. Nos dio tiempo más que de sobra.

Creo, además, que no estuvimos en los mejores días posibles. Llegamos un domingo por la tarde, con el cielo plomizo, a punto de llover en cualquier momento, sabiendo, también, cómo son los domingos en Francia. Al día siguiente, por el contrario, lucía un sol radiante, sin embargo, nos encontramos que era festivo (sí, mes amies, el lunes de Pascua es festivo en algunas zonas de Francia) y, como en el caso de los domingos, ya sabemos cómo son los festivos en Francia.

Pese a estos contratiempos, nos dio tiempo de sobra a ver todo lo de la lista. Antes de volver a hacer ese recorrido, vamos a hacer un repaso histórico de la ciudad de origen romano.

Brevísima historia de Narbona

Narbona, capital del departamento de Aude, fue fundada por los romanos en el 118 a.C. y estaba situada en la vía Domitia, primer camino romano en la Galia, que permitía conectar Hispania y la península Itálica, lo que la acabó convirtiendo en una de las ciudades galas más importantes.

Perteneció al reino visigodo de Tolosa hasta el 719, cuando fue ocupada por los musulmanes que venían de la península Ibérica y que permanecieron hasta el año 759, cuando la población local acabó con la guarnición musulmana y entregó la ciudad a los francos.

Durante la Edad Media la ciudad vivió una época de prosperidad, como podemos ver en su riquísimo patrimonio.

El recorrido de via Domitia, en Narbona

Durante décadas, la ciudad estuvo fuertemente fortificada, ya que era la fortaleza francesa más importante del sur y, hasta el Tratado de los Pirineos de 1659, fue la primera ciudad francesa en enfrentarse a los Reyes Católicos; después, su poder desapareció, quedando en el olvido, lo que supuso estancamiento económico, falta de desarrollo urbanístico y pérdida de influencia política. De esta manera, dejó de ser sede arzobispal y no se convirtió en capital del departamento.

Con la construcción del ferrocarril en 1856 comenzó una época dorada. Se derribaron las murallas y las construcciones militares, dejando paso a casas burguesas, bulevares, jardines y edificios públicos, lo que consiguió que se recuperara económica y demográficamente.

Primer contacto con Narbona

Pese a ser domingo y a que podía llover en cualquier momento, quedarnos en el hotel no era una opción, por lo que optamos por coger los paraguas y salir a investigar.

Nuestro alojamiento estaba muy bien situado, muy cerca de Les Halles y del canal de la Robine, que une el canal du Midi con el Mediterráneo, así que pudimos ir cogiendo el pulso a lo que nos esperaba al día siguiente.

Llegamos al Ponte des Merchands, el único que permanece habitado en todo el país. A ambas orillas hay bastantes restaurantes y bares que, sorprendentemente, estaban abiertos y, aunque la calidad era nivel turista y los precios echaban para atrás, no había muchas más opciones.

El puente de los Mercaderes, o Pont des Merchands, el único que permanece habitado en Francia

Llegamos hasta la pequeña plaza des Quatre Fontaines. Rodeada de edificios de pocas alturas y con muchas ventanas cerradas a cal y canto, todo el conjunto queda deslucido por el cielo plomizo y esa lluvia que aparece y desaparece constantemente. Apenas nos cruzamos con nadie: domingo de mal tiempo en Francia.

Como es fácil de adivinar, el centro está formado por multitud de callejuelas estrechas, peatonales, con la peculiaridad de que cada ventana es de un color distinto. ¿Cómo será vivir en una casa en ese lugar? Una vivienda con mucha historia, con un canal cercano declarado Patrimonio de la Humanidad y a la que apenas te llega el sol… mira que me gustan los centros de las ciudades, pero la luz natural me gusta mucho más.

Llegamos andando hasta el Palacio de los Arzobispos, uno de los principales puntos turísticos de la ciudad, y comienza a llover. No queremos detenernos demasiado: las escasas fotos que hacemos no están a la altura de las circunstancias. Tenemos claro que, al día siguiente, cuando la previsión del tiempo es de día soleado, lo disfrutaremos mucho más. Así que nos limitamos a vagar por las calles, abriendo y cerrando el paraguas, fijándonos en distintos edificios que salen a nuestro paso, en los soles que adornan los carteles de las calles, en la catedral que se quedó a medias construir y que, simplemente así, ya luce imponente. Vamos señalando todos los lugares a los que queremos volver por la mañana.

Y llegamos hasta la Place du Forum, ubicada en parte del Foro en el que sólo se conservan los restos de un templo capitolino y una fuente, que es una réplica de la original del siglo XVII que estaba situada en ese mismo lugar. Además, en una de las calles adyacentes, la rue Droite, se ve una réplica de la famosa loba capitalina, esa que Roma regala a diferentes ciudades.

La Plaza del Forum, en Narbona

Este paseo no es sólo para evitar quedarnos en el hotel, tampoco es solamente una primera toma de contacto con la ciudad, sino también es un intento desesperado de buscar un lugar donde cenar.

Mientras que preparábamos las vacaciones, encontramos restaurantes en los que Google maps señalaba que abrían en ese horario. Serían mejores o peores, más caros o más baratos, pero hambre no pasaríamos, por eso no compramos nada en ningún súper ni panadería.

El primer restaurante localizado era un buffet libre asiático que abría hasta las 23:00. En mi defensa diré que en condiciones normales, no iría a un buffet libre de comida asiática estando de viaje (a no ser que el ferry de la isla Suomelinna en Helsinki te deje a una hora intempestiva), pero estas no eran circunstancias normales. Según íbamos andando, algún sitio más fue apareciendo, unos más apetecibles que otros, aunque con precios bastante elevados.

Al final, optamos por quedarnos en uno de los que están a orillas del canal de la Robine. Desde luego, no era el mejor ni el más caro y nos ahorrábamos tener que desandar todo lo andado hasta el buffet libre (que era barato, eso sí) y tener que regresar más tarde. No fue la mejor comida, en otra situación no lo hubiésemos elegido, pero al menos cenamos. Como decía Escarlata O’Hara, mañana será otro día.

El centro histórico de Narbona

Ahora sí: nos levantamos y luce un sol espléndido. Salimos, hacemos alguna foto al mercado (Les Halles) que fue galardonado en 2022 como el marcado más bonito de Francia, nos fijamos en el monumento a los caídos en la I Guerra Mundial, el más grande que hemos encontrado hasta este momento, y nos damos cuenta de una cosa: casi no hay nadie por la calle. Es lunes, horario laborable y no hay nadie.

Buscamos un sitio para desayunar y, para nuestra sorpresa, sólo está abierto el Starbucks, lo que supuso que nos gastásemos un absoluto dineral, más que si lo hubiésemos hecho en el hotel. Toda la situación nos empieza a mosquear. ¿Y si es festivo? ¿Y si está todo cerrado? El único día que teníamos para visitar la ciudad…

El centro histórico de Narbona para nosotras solas

Sin mucha esperanza nos dirigimos a la oficina de información turística. Por suerte, está abierta, nos facilitan un mapa que resulta bastante práctico y nos confirman nuestras sospechas: es lunes de Pascua, festivo local, aunque, en lo único que nos va a afectar es que Horreum Romano está cerrado, al igual que el Museo Romano Narbo Via. En este último caso, ya sabíamos desde que preparamos el viaje que los lunes permanece cerrado.

Ahora sí, vamos al Palacio de los Arzobispos, parando antes en los restos que se exponen de Via Domitia, la primera calzada romana que se construyó en la Galia, paralela a la costa, entre los Alpes y los Pirineos.

El Palacio de los Arzobispos de Narbona

El Palacio de los Arzobispos acoge el Ayuntamiento desde 1842. A ambos lados del pasaje del Ancre, se hallan el Palacio Nuevo (construido en el siglo XIV y modificado en los XVII y XVIII) y el Palacio Viejo (construido entre los siglos XII y XIII).

Todo el conjunto que, aparte de lo mencionado, acoge adicionalmente la catedral y tres torres, resulta complejo por la mezcla de estilos arquitectónicos, que van desde el románico hasta el neoclásico.

La visita es muy recomendable y, al primer lugar al que se accede es al torreón Gilles Aycelin. Con sus 42 metros de altura y coronada por atalayas, fue construido entre 1290 y 1311 y se eleva sobre cuatro niveles, desde donde se obtienen unas vistas de la ciudad alucinantes: los tejados, el canal de la Robine, la media catedral, incluso, si el día está despejado, los Pirineos. Desde luego, las ciudades vistas desde lo alto son una de las cosas que más me gustan.

El Palacio de los Arzobispos de Narbona

Se continúa por el Palacio Nuevo, donde se conservan los antiguos apartamentos de los arzobispos, así como una colección de arte europeo de los siglos XVI y XIX, mobiliario y cerámica decorada y botes de farmacia. También hay una sección dedicada a pintura orientalista, en unas salas decoradas a tal efecto. Aunque puede parecer que se trasladó la idea del Magreb que predominaba hace 200 años, la verdad es que la colección de arte me gustó mucho. Vi cuadros de pintores que no conocía, que captaban las maneras de vivir, tradiciones o miradas que, en aquella época, eran muy chocantes en Europa.

Al bajar, agradecimos haber madrugado porque la cantidad de gente que pretendía entrar al Palacio ya era considerable. De menuda nos libramos… Nos fuimos directas a la catedral.

La construcción de la catedral de San Justo y San Pastor comenzó en 1272 y nunca se terminó. No fue por una falta de fondos, ni porque se hubiese demolido o derrumbado una parte que se ha quedado pendiente de ser construida, sino porque, para continuar con las obras, había de demoler parte de la muralla romana, llegando la negativa de los cónsules de la villa. Y así se quedó. Se puede afirmar que la catedral es de estilo gótico, aunque las dos torres le dan una aspecto de fortaleza.

Desde el torreón de Gilles Aycelin se ve cómo la catedral de San Justo y San Pastor de Narbona se quedó a medias

La entrada a la catedral, como el resto de iglesias por las que habíamos pasado, era gratuita, excepto la visita al Tesoro. Nosotras lo teníamos incluida en la tarjeta turística que habíamos comprado en la Oficina de turismo (no la tarjeta más completa, que incluye la casa- museo de Charles Trenet, sino la que no la incluye), así que hicimos uso de ella y no nos arrepentimos.

El Tesoro está en la torre y se expone el tapiz de La Creación del Mundo, del siglo XV y fabricado por artesanos de Bruselas. También se pueden ver relicarios, orfebrería religiosa y otros tapices.

Por la puerta del claustro se accede al jardín del Arzobispado, con una fuente, un reloj de sol, y arbustos podados, así como unas vistas a toda la parte trasera del recinto y a las gárbolas de la catedral que invitan a sentarse un buen rato.

Otros lugares del centro histórico de Narbona

La hora de la comida en Francia llega antes de que te des cuenta, pero queremos entrar a un último lugar antes de empezar a buscar restaurante: la capilla de los Penitentes Azules.

La habíamos visto la tarde anterior, cerrada a cal y canto y nos llamó la atención. Y, cuando entramos, constatamos que el interior es mucho más llamativo: funciona como una galería de arte en la que se organizan exposiciones temporales y, cuando estuvimos nosotras, era todo lo contrario a arte sacro: Mazinguer Z, globos, osos de peluche, pistolas de agua, Barbies y demás artilugios en una exposición muy pop.

El tipo de arte que no esperas encontrar en la capilla de los Penitentes Azules. Ni en ninguna otra

La abadía de Fontfroide nos esperaba y, antes de meternos en el coche, preferimos bajar la comida y visitar un par de puntos marcados en el mapa que teníamos y que no nos defraudaron.

Llegamos andando a la Basílica de San Pablo, que data de 1180, la primera iglesia gótica de la ciudad y una de las más antiguas del Sur de Francia. Cierra al medio día, así que tuvimos que dar un par de vueltas antes y descubrir esa Narbona a la que casi no llegan turistas antes de entrar.

En realidad, esta área de la ciudad viene a ser muy similar a lo que ya hemos visto. Casas con puertas y ventanas en pastel, edificios bajos, mismo tipo de arquitectura, pero con la particularidad de que resulta más real, por no estar tan cuidado como las calles más céntricas.

Sí que vimos casas abandonadas o con aspecto de tener un mantenimiento demasiado bajo. En cierto modo, y guardando las distancias, me recordó a Cartagena, en la que la primera fila de viviendas es muy lustrosa y, la segunda y siguientes cayeron en el olvido.

Cuando abrieron el templo, entramos a una iglesia muy espaciosa, en la que las ventanas y vidrieras, pese a ser pequeñas y estar muy altas, dejan pasar mucha luz. Como en otras iglesias que entramos, la decadencia y la falta de fondos es notable.

El guía/ vigilante que allí estaba nos señaló el capitel del juicio final y nos enseñó la pila con la rana, que es emblema de la ciudad de Narbona. Y, sobre todo, nos llevó hasta la cripta, donde se haya un antiguo cementerio paleocristiano, de los siglos III y IV y que no mucha gente parece conocer… No te cortes y pide que te abran la puerta.

Como tampoco esperas encontrar un cementerio paleocristiano. En este caso, el de la Basílica de San Pablo

Por esta zona, también se ubica la Maison des Trois Nourrices o Casa de las Tres Nodrizas. Un edifico histórico construido en 1558 con una fachada preciosa y que coge el nombre de las tres cariátides que lo adornan.

No entramos al edificio, ni siquiera vimos algo que indicase que se puede visitar, algo que he confirmado al consultar distintas webs en busca de más información, he leído que el interior fue reformado en los siglos XVIII y XIX incorporando chimeneas de mármol y techos de escayola.

Este edificio está muy cerca de Les Halles. Al contrario que en Albi, no comimos aquí porque los precios nos parecieron bastante elevados, pero sí que aprovechamos para comprar queso y, envasados al vacío, llegaron a casa metidos en la maleta.

Y, ahora, sí que sí, cogemos el coche para desplazarnos hasta el que considerábamos uno de los grandes puntos del viaje: la abadía de Fontfroide.

Historia de la abadía de Fontfroide y datos generales

Esta joya fundada por benedictinos en el 1093 y adherida a la orden del Císter en 1145, está a tan sólo 15 minutos en coche desde Narbona, en el Parque Natural Regional de la Narbonnaise.

En la Edad Media llegaron a vivir cien monjes, y el doble de hermanos legos, en el recinto y no tenían permitido salir, sólo los legos tenían permitido acudir a trabajar a las granjas cercanas que sostenían el monasterio. Los hermanos legos eran de origen campesino y, por lo general, analfabetos y se unían al Císter trabajando para los monjes y asegurarse así techo y comida, viviendo en otra ala del monasterio.

Aunque Fontfroide jugó un papel importante en la cruzada contra el catarismo, vivó un largo declive desde el siglo XIV.

El claustro de la abadía de Fontfroide

En 1908 Gustave y Madeleine Fayet la compraron para iniciar un proyecto de restauración y, desde entonces, está abierta al público, suponiendo un contraste absoluto con la situación siglos atrás: de la austeridad a vidrieras de colores modernas, de los colores oscuros de los hábitos de los monjes a las risas y grupos de turistas, del silencio absoluto sólo roto por la lectura de los textos sagrados a los murmullos y los clicks de las cámaras.

Sabíamos que la abadía de Fontfroide nos iba a gustar, pero no imaginábamos que nos iba a gustar tanto.

Recorrido por la abadía de Fontfroide

Sabiendo que es un punto que atrae mucho turismo, preferimos comprar las entradas por adelantado. Sin embargo, cuando nos metimos en la web, una sorpresa nos golpeó de lleno: ese mismo día, por la tarde, había un concierto de cantos gregorianos, inaugurando el programa de actividades de verano.

La entrada era cara, que no prohibitiva, y nos quedamos con la duda sobre qué hacer. Por un lado, es una experiencia única; por otro, la visita a la abadía podía verse lastrada y, al mismo tiempo, tener menos tiempo disponible para Narbona, añadiendo el precio de las dos entradas (la de la abadía y la del concierto).

Al final, optamos por no asistir al concierto y, ya a la vuelta, sigo sin tener claro si nos hubiese dado tiempo a todo porque la abadía cerraba antes. Eso sí, como llegamos un rato antes de que empezara, nos aconsejaron que nos dirigiésemos primero la iglesia, que quedaría cerrada una vez que comenzasen los cantos.

El destino nos obsequió con parte de ese concierto en forma de ensayos y, mientras que paseábamos por los jardines, las voces del coro con música de otra época nos acompañaban.

Bosque de columnas de la iglesia de la abadía de Fontfroide

Cuando no hay un recital de cantos gregorianos, no se empieza por la iglesia, sino por el patio de honor, y es por aquí donde empiezo yo también mi relato.

Durante la Edad Media se entraba por una pequeña puerta románica, que da paso al patio de honor. Lo que más choca es encontrar una estatua de Apolo guiando su carro. Obviamente, no estaba aquí en esa época, sino que fue colocada en la reforma de comienzos del siglo XX.

La siguiente estancia, ya a cubierto, es el refectorio de los hermanos legos. Pese a que todos los monjes vivían en el mismo reciento, a la hora de la verdad, los legos estaban separados y ellos comían en este refectorio que estamos visitando. Una sala enorme, oscura y con una gran chimenea del siglo XVI al fondo, el silencio atronador sólo se veía roto por el sonido de las cucharas de madera y la voz del lector que recitaba las escrituras sagradas.

Salimos al patio de trabajo que, tal y como lo vemos hoy en día, más que de trabajo parece el patio de un palacio. En la Edad Media aquí se ubicaban todos los talleres que eran necesarios para que la abadía fuese autosuficiente (forja, panadería, carpintería, etc.).

Como curiosidad, los arqueólogos han descubierto una red de distribución de agua que circula por la totalidad del recinto, es decir, la font frigidus, de donde Fontfroide coge el nombre.

Por el callejón de los legos accedemos al claustro, que es una absoluta maravilla, pero antes de este punto, me gustaría comentar que ésta es una de las pocas abadías que conserva el callejón, el paso obligado de los legos para ir a los talleres, refectorio o dormitorio e, incluso, a la iglesia, a la que tenían permitido acceder los domingos para ir a misa. El callejón de los legos separa la vida de los legos y el “otro mundo”, donde habitaban los monjes.

El refectorio de los hermanos legos, bastante cambiado respecto a cómo era en la Edad Media

Pasamos al claustro y nos quedamos asombradas. No es el primer claustro que vemos, de hecho, en este viaje, van ya unos cuantos. No es demasiado grande, un pozo en el centro, setos perfectamente cuidados, los arcos laterales, unos “oculi” perfectamente circulares y una glicina japonesa en flor que, con su malva, rompe el verde y gris del resto de la escena.

La parte baja del claustro es románica, con capiteles de columnas decorados con formas vegetales, ya que el Císter prohibía representaciones de animales o humanas. La parte de arriba es gótica y menos astera y, ver el patio con altura, con ese glicina rompiendo todo, dan ganas de quedarse un buen rato, disfrutando del entorno.

Entramos en la iglesia y nos sorprende el tamaño, ya que resulta más grande de lo que parece por fuera, además de estar muy bien conservada, al contrario de la gran mayoría de iglesias que hemos visto en el recorrido.

Es un lugar muy austero, los muros están totalmente desnudos y esa austeridad sólo queda rota por los colores de los vitrales y, en nuestro caso en concreto, por las voces que ensayaban para el recital que tendría lugar un rato más tarde.

Hay una pequeña capilla en uno de los laterales, la Capilla de los Muertos, construida por encargo de Olivier de Termes, defensor de la causa cátara, cruzado, aliado de Luis IX y uno de los grandes benefactores de Fontfroide.

Los vitrales de esta capilla resultan sorprendentes por lo modernos que son, obra de Kim En Joong y están en total armonía con el clasicismo del lugar.

Los vitrales de Kim En Joong, en la Capilla de los Muertos de la abadía de Fontfroide

Ya en la parte alta del monasterio, accedemos al dormitorio de los legos. En este basto espacio, lúgubre y frío, dormían entre 200 y 250 hermanos, aunque, durante la Edad Media, el espacio era, por lo menos, el triple.

Se usaban tablas cubiertas por un colchón de paja y dormían totalmente vestidos, envueltos en una sábana de lana y tan sólo separados entre sí por una mampara de madera. Como curiosidad, los vitrales de esta estancia proceden de la basílica de Saint Rémi de Reims, que fue bombardeada en 1918.

Los jardines de la abadía de Fontfroide

Una vez visitado el monasterio, nos quedan los jardines. Sorprendentemente, los vimos en soledad, tan sólo nos cruzamos con una pareja. Con lo bonitos que son, todavía no entiendo cómo no había más turistas. Mejor para nosotras.

La rosaleda está formada por 1500 rosales de 16 variedades distintas, que adornan el antiguo cementerio de los monjes y legos. En la primavera tan incipiente en la que estuvimos nosotras, las rosas estaban empezando a abrirse pero, sin ninguna duda, con la estación más avanzada y en verano, tiene que ser un placer para los sentidos estar en un lugar así.

En los jardines hay un par de senderos que se puede hacer y que no llevan mucho tiempo. Es un jardín aterrazado y nos fuimos encontrando con estatuas, fuentes, un hotel para abejas y tranquilidad, mucha tranquilidad.

Como todo lo bueno tiene un final, llegamos a la puerta de salida y no nos quedó otra que irnos, aunque podemos decir que la abadía de Fontfroide ha sido de lo que más nos ha gustado en este recorrido.

Rosaleda de la abadía de Fontfroide. En verano tiene que ser una delicia

Otros lugares cerca de Narbona que visitamos

Cuando salimos de la abadía de Fontfroide, todavía era pronto, se notaba el cambio al horario de verano, ganando horas de luz y no nos queríamos volver tan pronto a Narbona, sobre todo teniendo en cuenta que era festivo y casi todo estaba cerrado.

Sin dudarlo, cogimos la guía y revisamos las recomendaciones de lugares de interés cercanos.

Primero, nos dirigimos hacia la playa. En este tramo de costa, hay varias señaladas en el mapa: Saint- Pierre- sur- Mer, Gruissan, Port- la- Nouvelle… siendo una de las más conocidas y recomendadas es Leucate. Con sus 18 km de arena fina, acoge a muchos veraneantes. Sin embargo, nosotras optamos por una algo más cercana, la de Port- la- Nouvelle.

Se trata de un enclave típicamente veraniego. Campings, centros comerciales, hipermercados y multitud de apartamentos. Tengo que confesar que no es mi ideal de vacaciones.

Como era de esperar, todo estaba bastante cerrado, esperando a que llegue el calor (o todo el calor que puede hacer en esta zona de Francia) para ir a disfrutar de los días de descanso a la playa.

No tuvimos problema en dejar el coche en una zona de aparcamiento entre varios edificios de apartamentos. Si buscas “depresión” en el diccionario, aparece una foto de un lugar así fuera de fecha: ventanas cerradas, persianas bajadas, vacío y silencio absolutos.

Playa de Port-la-Nouvelle, cerca de Narbona

Por el contrario, la playa fue una sorpresa. Un arenal inmenso, tanto a lo largo como a lo ancho, con pinta de que las mareas sean bastante largas, por raro que parezca en el Mediterráneo. Cada ciertos metros, una caseta gigante de socorristas.

El viento soplaba fuerte, las nubes de tormenta se iban acercando cada vez más y nosotras en la playa, casi en invierno, como si las inclemencias del tiempo no nos afectaran. Hasta que allí no había mucho más que hacer y volvimos al coche.

Decidimos parar en Sigean. Nunca he oído hablar de este lugar y, sinceramente, no creo que lo vuelva a oír nombrar y, por raro que parezca, en la guía viene recomendado como interesante. No se hable más, paramos en Sigean y nos damos una vuelta.

Situado entre el Mediterráneo, el macizo de las Corbières y los Pirineos es conocido por la Reserva Africana, un zoológico seminatural que no debe ser muy diferente de Cabárceno, en Cantabria. No era esto lo que nos interesaba, sino pasear entre sus callejuelas, descubrir las murallas y alguna que otra iglesia (la de San Félix es del siglo XVII).

Una de las pocas fotos que pude hacer de Sigean

Pero la vida tenía otros planes para nosotras. Según aparcamos, teníamos la tormenta casi encima y empezaba a hacer frío. Decidimos entrar en una cafetería para entrar en calor y ver cómo va evolucionando el tiempo. Lo primero lo conseguimos, lo segundo fue a peor.

Cuando salimos, ya estaba lloviendo de manera fuerte, por lo que tuvimos que cancelar nuestro paseo. Aunque no renunciamos a irnos con las manos vacías y en el coche, metiéndonos por distintas calles, tuvimos una ligera primera impresión.

Y, con la tormenta siguiéndonos, pusimos rumbo a Lastours, del que ya hablé en un post anterior y ya, sí que sí, de vuelta a Narbona. Al día siguiente nos esperaba lo más importante del viaje: Carcasona.

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