Mongolia: Kharkhorum y Tsetserleg

Habíamos dejado el Parque Nacional de Khorgo y, antes de adentrarnos en el desierto de Gobi, teníamos una noche en las fuentes termales de Tsenkher, como ya narré en el post anterior. Sin embargo, antes de llegar a este campamento, hicimos una breve parada en la ciudad de Tstserleg, donde visitamos un templo.

Tsetserleg

Según bajamos del volcán extinto de Khorgo, nos encontramos de nuevo baches, yaks, vacas, pistas, botes dentro de la furgo y horas de trayecto. Viaje de aventura con todos los ingredientes. A primera hora de la tarde, llegamos a la ciudad de Tsetserleg.

Con poco menos de 21.000 habitantes, la guía indica que es una de las capitales de aimag (algo así como un departamento o provincia) más atractiva. No nos engañemos, nadie va a Mongolia para visitar ciudades, pero, dado que llegas a una de las pocas que hay y que, encima es pequeña, creo que un paseíllo por las calles y ver esa otra Mongolia, cómo vive la gente de las ciudades, cómo es el urbanismo, tampoco está de más.

Al final, nuestra visita se redujo al Templo- museo de Zayiin Khuree.

Templo- museo de Zayiin Khuree, Tsetserleg, Mongolia

Construido en 1586, llegó hasta los cinco templos y a acoger a 1.000 monjes y, por fortuna, escapó de las purgas estalinistas, convirtiéndose en un museo y, en este recorrido, fue el primer museo y el primer templo que visitaba en este país. Por fin.

Es fácil suponer que lo visitamos prácticamente en soledad, por lo que se disfruta bastante más (y es más cómodo para las fotos, no nos engañemos). Primero, vimos la parte dedicada al estilo tradicional de vida: una yurta equipada, vestimenta, instrumentos musicales o herramientas eran los objetos en exposición. Después, pinturas que mostraban el día a día o escenas épicas.

No sabría decir la época ni si los artistas eran locales o no, ya que los carteles sólo estaban escritos en mongol y no recibimos más explicaciones y, si las hubo, me las perdí y asumo mi parte de culpa por no preguntar.

Detalle del tejado del Templo- museo Zayiin Khuree, Tsetserleg, Mongolia

Me gustan los templos budistas. Mongolia es el tercer país que visito en el que el budismo es la religión mayoritaria (los otros dos son Sri Lanka y Vietnam) y en los tres he percibido notables diferencias.

Sri Lanka es un país practicante, lo que significa, entre otras cosas, que, si entras a un templo, te cruzarás con decenas de fieles, muchos de ellos orando, puede ser que veas a monjes realizando ofrendas.

En Vietnam, debido a su pasado comunista en el que las religiones fueron prohibidas, me encontré tradición budista, pero apenas practicantes: los templos están muy bien conservados y en todos ellos hay ofrendas a Buda, sin embargo, no se ve el mismo fervor religioso.

En Mongolia, tal y como conté hace varias semanas, se realizó una purga religiosa y el budismo fue prohibido y los monasterios arrasados. Así que, salvo excepciones como esta de Tsetserleg, ante todo, vimos ruinas.

Los templos budistas están diseñados para inspirar paz interior y exterior. Me gusta las formas de sus tejados, los dragones, el equilibrio que se encuentra, el silencio, el color, los banderines, ver los altares de Buda llenos de ofrendas de todo tipo (aunque las latas de Coca Cola que abundan en los países con mayor índice de humedad son lo mejor).

Templo- museo de Zayiin Khuree, Tsetserleg, Mongolia

Cuando salimos del museo, me pude asomar brevemente por los alrededores, donde vi un parque, edificios de viviendas, algún que otro símbolo comunista de la época soviética (¡!!) y muy poco tráfico, además, de largas y rectilíneas calles.

Después del merecido y relajante descanso en las aguas termales de Tsenkher, la mítica ciudad de Kharkhorum nos esperaba (en español se pronuncia Karakórum y, en mongol, algo similar a Járjorum).

Kharkhorum

Se trata de la mítica capital del siglo XIII, en la que Gengis Kan había establecido una base de aprovisionamiento y su hijo Ögedei ordenó la construcción de una capital, lo que atrajo a comerciantes y trabajadores de muchas partes. Sin embargo, esta situación tan boyante sólo duró 40 años, cuando se trasladó la capital a Khanbalik (después llamada Beijing), tras lo que Kharkhorum quedó abandonada y, más tarde, fue arrasada por los soldados manchúes. En resumen, de la ciudad quedó muy poco. En el Museo Arqueológico de la ciudad se expone una maqueta de la ciudad, que ha sido concebida gracias a textos conservados de la época y a las excavaciones arqueológicas que se siguen realizando. Y es que, por muy insulsa que nos pueda parecer esta ciudad, es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, ya que se encuentra dentro del Paisaje Cultural del Valle del Orjón.

Hoy en día es una urbe en la que viven unas 9.000 personas, de estilo soviético (en el peor de los sentidos) y en la que, a parte del sorprendente Museo Arqueológico y el maravilloso Erdene Zuu, tienes la sensación de no estarte perdiendo nada. Y para que yo diga algo así… Eso sí, cerca de la ciudad hay varios puntos de interés, tales como los Ocho Lagos, el valle del Orjón o el monasterio Tövkhön Khiid, entre muchos otros que, por suerte, la convierten en una base muy bien ubicada y que, por desgracia, no pudimos conocer. La evidente falta de tiempo es lo que tiene.

Lo primero que visitamos fue el Museo Arqueológico en el que todo está muy bien presentado y explicado. Pudimos ver piezas que se han encontrado en las excavaciones arqueológicas de la ciudad y otras que proceden de otros lugares dentro de la provincia. Además, vimos un horno subterráneo semi excavado, piedras de ciervo muy bien conservadas, la maqueta de la ciudad de la que hablaba y nos presentaron un vídeo en el que se narra el descubrimiento de distintas tumbas que, en cierto modo, me recordaban a las tracias que vi en Bulgaria.

Entrada al Museo Arqueológico de Kharkhorum, Mongolia

Pero, si hay algo por lo que recordaré este museo (además de por lo interesante de la colección, claro) es porque ¡tenía wifi! La primera vez en varios días en los que tuve conexión y es que, aunque la desconexión digital viene muy bien y es necesaria, el volver a estar online, apetecía. El caso es no aclararse… No fui la única que se conectó a un wifi gratuito y de calidad y Soyloo nos permitió unos minutos de encefalograma plano antes de volver a la cultura. Además, el museo tenía una tienda muy mona en la que me compré un camello hecho de lana.

Al salir del museo, fuimos directos a comer y nos encontramos con una sorpresa: el restaurante elegido era de fusión italiana y coreana, o algo similar… para salir del arroz con cordero y del cordero con arroz no estuvo mal.

El monasterio de Erdenne Zuu

Después, un paseo hasta el monasterio de Erdenne Zuu. Rodeado de 108 estupas (el 108 es un número sagrado para los budistas), consiguió salvarse parcialmente de las purgas estalinistas.

Muralla del templo Erdenne Zuu, Kharkhorum, Mongolia

Hoy en día este monasterio se considera el más importante del país, que está muy lejos de lo que llegó a ser: formado por entre 60 y 100 templos, unos 300 gers y unos 1.000 lamas.

Los templos principales son del siglo XVI y la gran parte de pinturas, en un estado de conservación muy bueno, son del XVII. Los tres templos que visitamos están dedicados a las tres fases de la vida de Buda: infancia, adolescencia y vida adulta.

El templo más alejado de la entrada, que es de estilo tibetano, por su tejado plano, es el más activo de todos, ya que se siguen haciendo ceremonias. Cuando estuvimos allí, se estaba realizando una, con fieles orando, por lo que no quisimos entrar para molestar. Además, un joven lama repartía pequeñas bolsitas con incienso. Recuerdo que se viene en la maleta.

Templo de estilo tibetano en Erdenne Zuu, Kharkhorum

El mercado de Kharkhorum

Al salir, decidimos hacer tiempo antes de ir al campamento y nos adentramos en el mercado de Kharkhorum. Tengo que admitir que no es lo que pensaba: creo que todos podemos tener en mente algo más o menos similar a un zoco, pero no, es completamente distinto. En este caso, había puestos sin encanto, muchos de ellos cerrados, por lo que la vuelta quedó completada pronto. Lo que sí que me llevé fue ese contacto con la realidad menos turística, menos aún, si cabe.

Cuando vimos que una tormenta de nubes negrísimas se acercaba, acordamos no demorar más la salida y poner rumbo a nuestro campamento. Por el camino, nos cayó una tormenta tremenda consiguiendo que el acceso al campamento y a los gers fuese imposible. Los empleados se afanaron en limpiar los interiores y dejarlo lo más decente posible, aunque era muy complicado salir a dar una vuelta por el campo sin terminar calado hasta los tobillos. Mala suerte: nos tocó ir al restaurante a charlar mientras que bebíamos Golden Gobi, una de las cervezas locales del país. Ese es uno de los aspectos que más me gustan de los viajes en grupo: el charlar con la gente, compartir anécdotas, contarnos historias, hablar de destinos que hemos visitado y que puedan inspirar a otros que no lo conocen, de la misma manera que los suyos me inspiran a mí.

Anochecer cerca de Kharkhorum

Después de cenar, cuando ya empezaba la gente a retirarse para (intentar) ducharse (digo intentar porque la tormenta había inutilizado los baños y no teníamos agua, por suerte, el problema fue subsanado a la mañana siguiente), algo captó mi atención: los últimos rayos de sol despidiéndose, la llegada del anochecer, encima de los gers, en el horizonte, inundando el paisaje infinito de colores. Momentos que consiguen ser guardados en lo más profundo de la memoria.

Las tortugas de piedra y la piedra pene de Kharkhorum

A la mañana siguiente, antes de despedirnos, Kharkhorum nos tenía reservada una última sorpresa: la piedra pene.

En la ciudad hay dos tortugas de piedra. Anteriormente había cuatro, delimitando las fronteras de la antigua Kharkhorum y que actuaban como protectoras de la ciudad, ya que las tortugas son consideradas un símbolo de eternidad.

Tortuga de piedra protectora de la ciudad de Kharkhorum

Una de ellas, se halla cerca de la puerta norte del monasterio; la otra, más lejos, hay que ir en coche, tal y como hicimos nosotros. Nos encontramos con una piedra enorme, con forma de pene y que, por si fuera poco, apunta hacia dos colinas que recuerdan a un pubis. Esta piedra se empleaba para sacar los colores a los jóvenes lamas, recordándoles el celibato.

Piedra pene, perfecta para sacar los colores a los jóvenes lamas, Kharkhorum

Después de este “desayuno”, nos ponemos en camino hacia el desierto de Gobi.

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En la cuenta de Facebook de Descalzos por el mundo puedes ver un álbum de fotos dedicado al Naadam y otro con los mejores momentos del viaje por Mongolia.

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