Mongolia: lago Therkhiin Tsagaan nuur, PN Khorgo y baños termales de Tsenkher

Nuestro viaje en sentido contrario a las agujas del reloj por Mongolia continúa. Salimos de los pinares y nos adentramos en una región volcánica, la del Parque Nacional del Khorgo- Terkhiin Tsagaan Nuur.

Terkhiin Tsagaan Nuur o Gran Lago Blanco

Según recorríamos las pistas, el Terkhiin Tsagaan Nuur se abría ante nosotros. Os garantizo que es una absoluta preciosidad. El cielo estaba encapotado, tierra oscura volcánica, esculturas de cabras montesas en los márgenes de la carretera, pequeños campamentos de yurtas y, de repente, ante nosotros, aparece el lago.

Una cosa que no me ha gustado de este viaje es que hacíamos muy pocas paradas para fotos y, una que me ha gustado es que hacíamos muy pocas paradas para fotos. Con unos paisajes tan arrebatadores es fácil querer parar cada pocos minutos para hacer una, aunque, si hacíamos eso, no avanzábamos, por lo tanto, no quedaba otra que coger pista y manta. Intentaba hacerlas en movimiento desde la ventana de la furgo, con más o menos éxito, no obstante, tengo que confesar que, una vez que las descargué en el ordenador para revisarlas, ya no sólo se eliminan las movidas, sino también otras que no quedan bien encuadradas por estar en movimiento y otras que terminan resultado repetitivas.

Ante nosotros, Therkhiin Tsagaan nuur, Mongolia

Soyloo nos había dicho que avisáramos cuando quisiésemos hacer fotos, pero si tenemos en cuenta que somos 16 personas y que podríamos ir solicitando esa pausa uno o por uno, todavía seguiría por allí tratando de llegar a algún lugar de la mitad del recorrido. En este caso, la situación era totalmente diferente y no nos pudimos contener.

Alrededor del lago sí que hay carretera y, sinceramente, dábamos por sentado que la furgoneta 1 avisaría de una parada de 5 minutos para estirar piernas y tomar la foto de rigor, pero, según avanzábamos, ese mensaje no llegaba. ¿Y si lo pedimos nosotros? No se hable más: cogimos el walkie y lo solicitamos. Y así es cómo pudimos disfrutar de un entorno natural tan mágico: se veía venir la tormenta, las nubes tenían un color absolutamente dramático, lo complicado era captar el momento exacto en el que el rayo cayese, porque los había, y muchos. No tengo cámara profesional, ni trípode, ni disponíamos del tiempo que requiere una foto de ese tipo, en cualquier caso, estoy muy satisfecha por haber captado alguna imagen y, sobre todo, por haber presenciado ese espectáculo.

Se aproxima la tormenta, lago Therkhiin Tsagaan nuur, Mongolia

El lago Terkhiin Tsagaan es un destino muy popular entre el turismo local y aparece en todas las rutas de las agencias que trabajan con público internacional, por lo que se nota algo más “masificado”: hay más campamentos, que son más grandes y profesionales. Adiós a la tranquilidad.

En las orillas del lago hay pequeñas playas en las que se puede acampar y la segunda parada que hicimos fue en una de ellas, en la que, justo al lado se están levantando pequeñas pirámides hechas con piedras volcánicas. Aunque queda muy fotogénico, es algo relativamente reciente. Las modas de Instagram llegan a todas partes de manera inexorable, vaya por dios. Por aquí comparto este artículo de por qué no hay que levantar este tipo de pirámides.

Campamento en el Parque Nacional Khorgo

Continuamos hasta nuestro campamento, en la parte baja de la ladera de una montaña, con vistas a una pequeña estupa, muy cerca del lago y justo en frente del volcán Khorgo. La parte “mala” es que el campamento era muy grande, estaba lleno, ese mismo día llegamos varios grupos de turistas, por lo que según dejé la maleta, cogí lo imprescindible para la ducha y me fui corriendo para no tener que esperar o esperar lo menos posible. Spoiler: lo logré, fui de las primeras.

Pirámides hechas con rocas, lago Therkhiin Tsagaan nuur

Después, un rato libre para charlar con los otros grupos de españoles que andaban por allí, ponerme al día con el diario de viajes, saludar a los que pasaban y esperar hasta la hora de la cena.

Después, se notaba que nos movíamos hacia el sur porque la noche llegaba antes, salí a caminar y llegué hasta la estupa. Se trata una construcción budista erigida para conservar reliquias. Di la vuelta en sentido de las agujas del reloj, hice fotos, admiré las vistas del campamento desde lo alto y bajé. Nos teníamos que acostar porque al día siguiente nos esperaba uno de los platos fuertes: llegar a la boca del volcán de Khorgo.

Este volcán mide 200 metros de alto, lleva extinto desde hace unos 10.000 años y se extiende entre campos de lava, con unas vistas impresionantes del lago y con paisajes totalmente marcianos: rocas oscuras volcánicas y pinos que surgen de cualquier lugar.

La ascensión no es larga ni tan dura como se podría pensar, aun así, hay que tener cuidado y llevar el calzado adecuado. Ya en lo más alto, pude asomarme a la caldera y comprobar que hay gente que baja (no sé a qué, la verdad, ni cómo, supongo que las fotos allí están más cotizadas). Hay un pequeño ovoo muy cerca del borde en el que se empeñan en dejar ofrendas y billetes, a pesar de que el Gobierno insiste en que no se haga por los residuos que se generan. Una vez que se recobra el aliento, se disfruta de las vistas y se inmortalizan en las cámaras, tenemos que bajar. Las furgos nos esperan para seguir nuestro camino: la ciudad de Tsetserleg nos esperaba.

Ovoo en el cráter del volcán Khorgo, Mongolia

Fuentes termales de Tsenkher

Del templo de Zayiin Khuree hablaré en otro post, así que, continúo contando nuestro periplo, una vez que abandonamos esta ciudad para llegar a las fuentes termales de Tsenkher, donde pasaríamos la noche. Y ahora empieza lo bueno.

¿Por qué digo eso? Porque casi no llegamos. Poco después de salir de la ciudad, dejamos también la carretera para volver a coger pista y empezó a llover. Pero no un pequeño chaparrón, sino un tormentón de los que hacen que apenas se vea nada pocos metros delante de ti, en el que los limpiaparabrisas no dan abasto y, lo que es peor, las pistas se convierten en un barrizal.

Los conductores hacían lo que podían y, realmente, el de la furgo 1 era el que abría camino y se enfrentaba a un terreno que se había convertido en desconocido, con la cantidad de decisiones rápidas que implica tomar en un momento así. A pesar de las inclemencias, nada consiguió frenarnos y, pese a que hubo algún que otro inciso que hizo que contuviésemos la respiración, llegamos.

La lluvia no pudo con nosotros

Las fuentes termales de Tsenkher es un destino popular y es que el entorno y un baño así merecen la pena el desplazamiento. Brota un pequeñísimo manantial que se termina convirtiendo en una piscina de la cual se bombea agua que nutre las piscinas de los campamentos de gers que se encuentran en la zona, es decir, en ningún momento te vas a bañar en una piscina totalmente natural, sino que lo harás en una adecuada para ello. Como un spa, pero más pequeño.

Como nos alojábamos allí, teníamos acceso total e ilimitado a las piscinas. Varios de mis compañeros se pusieron el bañador para empezar a disfrutar de la experiencia desde el primer minuto. Yo preferí esperar porque no dejaba de llover. Me di de plazo hasta después de la cena, tanto si llovía como si no, iba a bañarme. Y así fue: después de la cena, había dejado de llover y, aunque las previsiones no eran totalmente optimistas y hacía frío (estábamos casi a 2000 metros de altura), no quise posponerlo: bikini, toalla, chanclas y a disfrutar.

El spa tenía tres piscinas pequeñas y dos de ellas estaban saturadas de gente o, mejor dicho, una de ellas estaba saturada por unas tres familias con niños y, la otra, por un grupo de adolescentes, todos ellos con rasgos del Este asiático, y que no terminan de comprender la manera occidental de entender un spa: gritos, bebida y baño con ropa. En fin… Me hice un hueco en la piscina más grande que, sorprendentemente, era la más vacía, sólo había un par de chicos que, pese a que estaban hablando, era en un tono tan bajo que sólo se oían susurros. Así, sí.

Ovoo en el manantial de Tsenkher, Mongolia

Estuve un buen rato a remojo, en agua caliente, mientras que fuera hacía frío, la lluvia me respetó y las nubes decidieron dejar paso a un cielo totalmente despejado y plagado de estrellas. Desde luego, eso sí que es un lujo. Me hubiese quedado mucho más, así, en remojo y en absoluto silencio, en momentos como ése, la soledad se agradece o, por lo menos, ir con gente que sabe cuándo callarse, pero me tocó salir, ducharme y volverme con el subidón al ger.

A la mañana siguiente, me desperté bastante pronto y vi que era el momento perfecto para ¿repetir el baño? ¡no! para irme a explorar los alrededores. Un bosque de pinos en la ladera de una montaña, un par de caballos atados, un lugareño en su ger, hierba altísima, un pequeño riachuelo que, si no mirabas dónde pisabas, metías el pie en el agua y un sol de primera hora de la mañana que le daba a todo un color dorado muy evocador.

Llegué hasta el nacimiento del manantial, donde se ha colocado un ovoo enorme, al final, no deja de ser un lugar de culto relacionado con la naturaleza y, un enclave como ése, lo merece. Entre las ramitas se ve un pequeño hilillo de agua y me sorprende saber que, tras pocos metros de recorrido, se puede llegar un tanque de agua termal. Ese momento de olor a huevos podridos me traslada a Islandia, qué pena que una experiencia tan reconfortante tenga ese olor… Por cierto, si se os ocurre meter el dedo para probar, el agua está ardiendo, obvio.

Vista del mantial de Tsenkher, Mongolia

Después de haber disfrutado de este segundo momento de soledad y silencio, vuelvo al campamento, es hora de desayunar antes de ponernos en marcha de nuevo, seguimos en dirección al Sur, el desierto de Gobi nos espera.

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En la cuenta de Facebook de Descalzos por el mundo puedes ver un álbum de fotos dedicado al Naadam y otro con los mejores momentos del viaje por Mongolia.

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