El recorrido por Bolivia continúa cambiando radicalmente de paisajes: del centro histórico de una ciudad Patrimonio de la Humanidad como Potosí al vacío abrumador del altiplano; de dormir en un cómodo hotel a hacerlo en refugios de montaña básicos. En resumen, el plato principal del viaje.
En el altiplano de Bolivia estuvimos cuatro días y tres noches, cantidad perfecta para ver los principales puntos, alucinar con lo caprichosa que puede llegar a ser la naturaleza y regresar a la civilización con la sensación de que se ha conocido relativamente bien ese vasto territorio.

Voy a tratar en distintos artículos el altiplano, dividido por zonas, en lugar de por días. Empezando por Tupiza y los alrededores, Los Lípez, las lagunas altiplánicas y distintos puntos de interés que quedarían fuera de las otros artículos. En el siguiente, hablaré de la Reserva Nacional Álvaro Avaroa y, por último, de Uyuni y el salar de Uyuni.
Antes de empezar con la aventura, vamos a situarnos y a ver algunos datos del altiplano.
Datos sobre el altiplano de Bolivia
Pese a que, aproximadamente, dos tercios del territorio boliviano corresponden a la Amazonía, es conocido como el país del altiplano. ¿Por qué? Buena pregunta para la que, sinceramente, la única respuesta que se me ocurre es por esta característica geográfica única o casi única.
El altiplano, como su nombre indica, es una zona alta y plana, es decir, una meseta con una altura superior a los 3600 msnm y con picos de más de 6000. El clima en esta zona es de puna, es decir, muy frío, seco y con gran diferencia entre máximas y mínimas. Por la noche se pueden alcanzar los -20˚C mientras que, a mediodía, las temperaturas rondan los 25˚C.

Cuando hace unos 10.000 años los lagos prehistóricos de Minchín y Tauca, que cubrían gran parte de la meseta, se evaporaron, dejaron un paisaje plagado de pequeñas lagunas y grandes salares. En esta zona se desarrollaron distintas civilizaciones precolombinas, que terminaron desapareciendo sin dejar grandes vestigios aunque sí grandes avances, como la domesticación de las llamas y de distintas plantas, que hoy se consideran básicas para la alimentación, por ejemplo, la papa.
En la actualidad, aparte de las grandes ciudades, la población se ubica en asentamientos mineros, siendo la minería uno de los principales temas que genera división entre la población boliviana: la contaminación generada y la nacionalización y gestión de los recursos, así como los cambios que está experimentando el paisaje debido a cultivos extensivos de quinoa, la desertificación y el cambio climático.
Tupiza y los alrededores de Tupiza
A no ser que vivas en la zona Sureste de Bolivia, la fronteriza entre Argentina y Bolivia, lo más probable es que, como me pasaba a mí, nunca hubieras oído hablar de Tupiza. Hasta que decides que vas a visitar el sur del altiplano boliviano y, mientras que te informas, descubres que Tupiza es la puerta de entrada y una de las principales ciudades de la región.
Aunque los chichas, primeros pobladores, estaban establecidos mucho antes de la llegada de los españoles, poco se sabe de esta cultura y la fecha oficial de fundación de Tupiza es el 4 de junio de 1574 y, hasta la Guerra de Independencia, estuvo poblada, principalmente, por españoles y, más tarde, por campesinos y mineros.

Sinceramente, en Tupiza no te estás perdiendo nada. Nosotros llegamos a última hora de la tarde, dimos una vuelta por el pueblo, cenamos y a dormir y en ningún momento sentí que se me quedaba algo pendiente de conocer.
La parte buena es que dimos con una procesión y nos quedamos a verla. Una procesión totalmente opuesta a las de Semana Santa en España: parecía más una verbena o un desfile, con la música a toda pastilla, gente bailando y tocando instrumentos.
Como curiosidad, Tupiza fue el primer lugar del recorrido en el que nos situamos por debajo de los 3000 msnm, por lo que esa noche fue una absoluta maravilla para dormir…
A la mañana siguiente, tocaba madrugar: después de desayunar, nos subíamos a los 4×4 e iniciábamos nuestro periplo. Primera parada, la quebrada de Palala.

En un desfiladero, se encuentran unas formaciones rojas conocidas como aletas. Con grietas profundas que forma el agua en temporada de lluvias. Ascendemos por un camino de tierra, con las aletas a un lado, aunque van cambiando de color debido a los depósitos de distintos materiales.
Continuamos y nos damos de bruces con el paisaje típicamente del altiplano: vacío, solitario, agreste, silencioso, tan sólo perturbado por el ruido de los motores, con elevadas montañas de fondo y, al mismo tiempo, lleno de vida la que dan las llamas y los cactus. Sí, me temo que esta es una constante en este lugar: unos cactus enormes. Y, los primeros que nos reciben y nos sorprenden son en el Sillar.
En esta zona ubicada entre dos picos y dos valles, la erosión ha creado anfiteatros en las laderas de las montañas y unas agujas que forman un paisaje marciano. Por cierto, todo este tramo forma parte de una ruta comercial ancestral y por estos parajes estuvieron rondando Butch Cassidy y Sundance Kid.
Cuando nos queremos dar cuenta, las tripas empiezan a rugir. Todo está calculado para que lleguemos a la hora de la comida al diminuto pueblo de Cerrillos, que dispone un comedor con cocina.

Se trata de un lugar pensado para los turistas, ya que no somos los únicos que han parado aquí. Hay un par de baños públicos de pago, un pequeño museo, biblioteca y ayuntamiento, además de mujeres que exponen distintos objetos de artesanía.
Como comentaba, hay un comedor con cocina, desconozco si se trata de un lugar totalmente público o si hay que reservarlo con antelación. La excursión es contratada y llevamos todo reservado, además de contar con conductor y cocinero.
Después de comer, visitamos Ciudad Encanto, un paraje moldeado por los caprichos de la erosión del agua. Estamos ante un conjunto de formaciones de lava erosionadas. Me recuerda a las maravillas que conocí en el desierto de Gobi, aunque sin tanto colorido.
Por cierto, pese a que parece que muchos de estos lugares están en mitad de la nada, la gran mayoría no son de acceso gratuito ya que, en algún punto de la carretera o camino, hay una persona sentada cobrando entrada. Espero que la casa en la que viva no esté muy alejada porque bastante tiene con trabajar en un lugar tan solitario…

El paisaje de Sur Lípez
Los Lípez es una vasta región que recoge ocho municipios al suroeste de Bolivia y en la que encontramos puntos turísticos que merecen por sí solos el viaje hasta este país andino, tales como el salar de Uyuni, la laguna Colorada o los géiseres Sol de la Mañana.
En este primer día, estuvimos recorriendo el área conocida como Sur Lípez, o Sud Lípez, a la que llegamos tras la comida en Cerrillos. La inmensidad del paisaje, la soledad y el silencio nos miraban de frente.
Apenas se ve un árbol, tan solo matorrales; rebaños de llamas, acostumbradas a las personas, aunque mejor no acercarse demasiado porque les gusta escupir; tímidas vicuñas, un tipo de camélido que no ha sido domesticado, con una delicada lana que se considera un producto de lujo, y que salían huyendo en cuanto nos veían; y algunos ñandús, los avestruces de Sudamérica, muy difíciles de ver y, más aún, de fotografiar. Algún que otro cóndor y águila surcan majestuosamente el cielo azul, abriendo sus alas en la máxima amplitud posible.
Formaciones rocosas de distintos colores en función del mineral que prevalezca. Paisajes de una belleza que duele. Creo que me acabo de enamorar.

Este es el paisaje que nos recibía, unido a un viento que congelaba las orejas, al mismo tiempo que el sol brillaba en lo más alto y, por momentos, llegaba a hacer calor. Aunque este calor duraba poco porque, en cuanto comenzaba a caer, se agradecía una prenda más de abrigo.
Serpenteamos en nuestro 4×4 por caminos de tierra y carreteras asfaltadas entre las que van saliendo señales que advierten de la presencia de cualquiera de estos animales. Parece que estamos nosotros solos en el mundo. Pasamos por minúsculos pueblos, como San Pablo de Lípez, donde no vemos a absolutamente nadie por las calles, pese a ser la capital de Sur Lípez. ¿Dónde se han metido todos?
Esa soledad, esa sensación de vacío terrenal, me lleva a un año antes, cuando recorría en furgoneta la estepa de Mongolia. Qué bien se está de vez en cuando totalmente desconectada del resto de la humanidad.
Cuando ya comienza a atardecer, llegamos a uno de esos sitios que se consideran mágicos: las ruinas de San Antonio del Nuevo Mundo.
San Antonio del Nuevo Mundo fue un pueblo minero de máxima importancia durante el siglo XVII que se fundó alrededor de las minas de plata de la zona.

Llegó a ser una ciudad muy próspera, pese a lo que hoy vemos son tan solo ruinas. Casas bajas de piedra, ninguna tiene tejado, la iglesia, de un tamaño considerable y que evidencia la riqueza y la fe que había en el lugar.
Es un sitio relativamente turístico, por lo que es probable que se coincida con algún grupo más, así que el silencio no está garantizado. A no ser que empieces a meterte entre las ruinas, las que están más a desmano y donde no va casi nadie. Ahí sí, se oye el viento ulular. ¿O será el espíritu de algún minero? Nunca se sabe…
La laguna Morejón y el volcán Uturuncu
El sol cada vez está más bajo y, al mismo tiempo, las temperaturas van cayendo más y más. Pese a que me gusta este yacimiento, resguardarse en el 4×4 se agradece, sin embargo, nos queda un punto más que visitar antes de que se haga de noche y lleguemos a nuestro alojamiento: la laguna Morejón y el volcán Uturuncu.
La laguna Morejón, a más de 4500 msnm, tiene tan solo 1,5m de profundidad. El entorno me parece una maravilla, puede que la luz dorada del sol haga su parte, pero la imagen está para enmarcar. Qué pena no tener el tiempo suficiente como para acercarnos un poco más a la orilla… aunque el gélido viento quita un poco las ganas, todo hay que decirlo.

De fondo, sobresale una montaña, bueno, realmente, es un volcán, el Uturuncu, de 6020m de altura. Si nos hubiésemos internado en este paisaje, por la carretera que asciende por el volcán hasta las minas de azufre de Uturuncu, lo hubiésemos hecho por el puerto de montaña más alto del mundo, ya que está a más de 200m de altura respecto a la carretera de Khardung La, en la India.
El día lo terminamos en un refugio de Quetena Chico, pero esa ya es otra historia de la que hablaré en el siguiente post.
Las joyas andinas, el volcán Ollagüe y el salar de Chiguana
Seguimos en Los Lípez, un territorio que, entre otras maravillas, está parcheado de pequeñas lagunas, con nombres que suele hacer referencia al color de sus aguas, sin embargo, destacan las conocidas como joyas andinas.
Las joyas andinas, o altiplánicas, son cinco lagunas (Ramaditas, Honda, Charcota, Hedionda y Cañapa) que reflejan en sus tranquilas aguas distintos volcanes o montañas y en las que habitan flamencos. Así de sencillo y de bello.
Puedes pensar que es un paisaje repetitivo, que vista una, vistas todas, pero no, te aseguro que somos muchos los que nos hubiésemos sentado durante un buen rato solamente a observar y disfrutar de las vistas. A fijarte en qué flamenco alza el vuelo, a cuál saca la cabeza del agua, o a esperar que el viento se calme un poco para que la laguna se convierta en un espejo.

Qué pena que la ruta continúe y eso que comeremos muy cerca del volcán Ollagüe… Antes de nada, me gustaría comentar que, en las orillas de las lagunas, hay unos carteles muy precarios indicando que están prohibido traspasar una determinada zona y acercarse a los flamencos. Si digo esto, os podéis imaginar por qué es.
No todos los días se come al lado de un volcán y, menos aún, de uno que se considera activo. El volcán Ollagüe, de 5868m, está en la frontera con Chile, de tal manera que, como la cara oculta de la luna, la parte de atrás, que no vemos, está ubicada en este otro país.
Se considera activo porque, desde el lado chileno, hay una fumarola de la que no para en ningún momento de salir humo blanco, además de otra en la cima. De erupciones anteriores se pueden ver corridas de lava seca y es que, de un cráter de 1250 metros de diámetro, sale mucha lava.
Por cierto, en este volcán, así como en otras zonas de la región, permanecen campos minados que estableció el gobierno de Pinochet hace varias décadas.

Y, como decía, no todos los días se come al lado de un volcán y es que, en las “inmediaciones” hay un comedor turístico. Una semiesfera enorme, de dos plantas, prácticamente acristalada, en la que los distintos grupos reservan mesas y tienen la posibilidad de llevar su propia comida y prepararla allí. Y, todo esto, mientras que ves las fumarolas. Ni tan mal.
Cuando terminamos, no hay tiempo que perder y vamos directos al salar de Chiguana. Sabemos que no es el de Uyuni, uno de los platos fuertes de viaje, pero es imposible que no impresione.
El salar de Chiguana se ubica en una depresión alimentado por pequeñas quebradas, por donde se filtra el agua desde las cordilleras. Se trata de un depósito salino de 415 km2 y en el que, adicionalmente, se hallan depósitos de bórax. Las vías del tren rompen la monotonía blanca del terreno. Un ferrocarril que une la Estación Avaroa y Uyuni y que, al no pasar en el rato que nosotros estuvimos por allí, las vías dieron lugar a bastante juego.

Saliendo del salar y no demasiado lejos, llegamos a la primera población que vemos en muchas horas, San Juan. Un pequeño pueblo con una plaza enorme y una iglesia de adobe, además de una tienda a la que es posible ir al baño y, aunque no las visitamos, es el comienzo de una ruta por tumbas hechas de roca volcánica y chullpas, que es como se conoce a las torres fúnebres.
No está nada mal la aventura, pese a que tragamos polvo, pasamos frío y, en ocasiones calor, horas metidos en 4×4, sin un móvil que te entretenga por un rato y, pese a todo, con ganas de no regresar. La naturaleza es maravillosa. En el próximo artículo de este viaje hablaré sobre la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa.
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