Seguro que muchos de vosotros habéis escuchado la expresión “¡vale un Potosí!”, que quiere decir que algo o alguien tiene un valor excepcional. Seguro que sabéis también que la expresión viene, precisamente, de Potosí, de las infinitas minas de plata que allí se hallan y de la riqueza que ha salido de lo más profundo de la Tierra.
Bueno, he visitado Potosí, las minas, la Casa de la Moneda y los restos que quedan de toda ese pasado glorioso que se palpa en el ambiente. Pero, antes de nada, hagamos un repaso por la riquísima historia, y nunca mejor dicho, de esta ciudad boliviana.
Brevísima historia de Potosí
Según la fuente que se consulte, Potosí fue la ciudad más poblada, o la segunda más poblada, del mundo, tan solo por detrás de Londres, con más de 150.000 habitantes en el siglo XVII.

El pastor quechua Diego Huallpa se perdió con sus llamas y, al encender una hoguera para pasar la noche, descubrió que algo brillaba en la tierra. Era plata.
Los españoles, con Juan Villarroel a la cabeza, no tardaron en llegar, fundaron una ciudad en 1545, a la que llamaron Villa Imperial de Carlos V, y se apoderaron del cerro, el cerro Rico, del que no dejaba de salir este preciado metal. Como tampoco dejaba de creer en población e importancia, ya que se convirtió en una de las principales metrópolis del mundo.
A comienzos del siglo XVII, se contaban 37 iglesias lujosamente ornamentadas, así como distintas escuelas de baile, teatros y fastosas casas de cuyos balcones se colgaban damascos y lamas de oro y plata.
Para explotar las minas, se emplearon miles de indígenas en unas condiciones que, hoy en día, se calificarían como de esclavitud e infrahumanas. La mortalidad era altísima, por lo que, para mantener la productividad, los españoles trajeron esclavos africanos, de los que descienden los actuales afrobolivianos, de los que ya hablaré, que eran más corpulentos, además de instaurar la Ley de la Mita.
Según esta ley, todos los indígenas y esclavos africanos mayores de 18 años estaban obligados a trabajar en turnos de 12 horas. Permanecerían cuatro meses seguidos en el interior de la tierra, comiendo, durmiendo y trabajando en la mina. No hace falta aclarar que la esperanza de vida entre los mineros era bajísima.

Alrededor de 1650 las vetas de plata comenzaron a mostrar síntomas de agotamiento, a lo que hay que añadir un brote de peste tifoidea en 1719 que mató a unas 22.000 personas, además de todas las que abandonaron la ciudad. Potosí había entrado en un declive del que no consiguió salir, sin embargo, fue el estaño lo que la salvó de no convertirse en una ciudad abandonada.
En 1987 la Unesco declaró Potosí como Patrimonio de la Humanidad.
Centro histórico de Potosí
Darse un paseo por el centro de esta ciudad puede resultar bastante estresante. Las aceras son muy estrechas, los micros y minibuses pasan rozando con sus retrovisores las paredes, sale una moto de la nada, no se respetan los pocos pasos de peatones que hay, te cruzas con una procesión que tiene cortadas varias calles. Potosí es una maravilla. ¿Para qué estresarse? Lo mejor es dejarse llevar por todo el caos mientras que se buscan los restos de los años de gloria y riqueza de la ciudad.
Columnas salomónicas, blasones, multitud de iglesias, fachadas ornamentados, galerías de madera y casas y edificios de arquitectura notable están ahí, esperándonos, no hace falta rebuscar mucho para dar con ellos.
El centro neurálgico es la plaza del 10 de noviembre, donde se ubica la Estatua de la Libertad, la Casa de la Moneda, la Catedral y el Cabildo. A continuación, la plaza 6 de agosto, en donde vemos el obelisco de Potosí, rodeado de un conjunto de arcos.

La Catedral de Nuestra Señora de la Paz se comenzó a construir en 1564, sin embargo, lo que permanece hoy es fruto de una reconstrucción del siglo XIX, tras el derrumbe del edificio original. No llegamos a pasar porque se estaban efectuando obras y parte de la fachada principal estaba tapada pero, por lo que he leído, la decoración interior es de las más bonitas de la ciudad. Vaya por dios, mi motivo para volver a Potosí.
Muy cerca, un campanario atrae nuestras miradas. Tiene pinta que, desde lo más alto, se tienen muy buenas vistas. Por más que buscamos la iglesia a la que corresponde, no somos capaces de encontrarla. Es la Torre de la Compañía de Jesús, es decir, un campanario ricamente ornamentado con elementos barrocos y mestizos que es lo único que queda de la antigua iglesia jesuita. Lo que no pudimos comprobar es si esas vistas son tan buenas como parecen. Maldita falta de tiempo.
Ese tiempo sí que lo tenemos para visitar el Museo y Convento de San Francisco. Este convento fue fundado en 1547 y es el más antiguo de Bolivia. El claustro era de un solo piso y, tras la ampliación que se llevó a cabo en el siglo XVII, pasó a tener dos, además de estar acristalado. Los inviernos en Potosí, a más de 4.000 msnm no son (ni eran) ninguna tontería…

La visita guiada es muy recomendable, en la que se visitan la inmensa iglesia, con un Cristo al que le crece el pelo, las catacumbas y, especialmente, ¡el tejado! Pero vamos por partes.
En el museo se exhibe una colección importante de arte religioso, incluidas pinturas de la escuela de Potosí, con Melchor Pérez de Holguín y su obra La erección de la Cruz como la más destacada. Sin embargo, lo que más llama la atención es el altar mayor o, mejor dicho, la leyenda en torno al Cristo que lo preside.
Siempre se ha creído en el milagro de que al Cristo le creciera el pelo y, de tanto en tanto, había que cortarlo. Siento ser aguafiestas, pero la ciencia da una explicación totalmente lógica: está tallado en madera de cactus, que conserva muy bien la humedad, de ahí que el pelo, que es natural, siga creciendo.
Lo mismo ocurre con la cruz verde del exterior, de la que se dice que, cuando llegue al suelo, el mundo acabará. En este caso, está tallada en el mismo material, por lo que sigue creciendo, muy poco a poco y, para evitar la catástrofe, se corta un poco y se aseguran de que nunca llegará hasta abajo.

El acceso a la cripta se hace desde la iglesia, a través de una trampilla que nos lleva a las catacumbas. Allí se exponen los restos de varias personas, que se decidió dejar mientras que a la gran parte de los enterrados se les trasladó al primer cementerio de la ciudad.
Esto ocurrió cuando el gobierno de Antonio José de Sucre prohibió, por temas sanitarios, seguir enterrando a los muertos en las criptas de las iglesias. En aquella época, las familias adineradas creían que si enterraban a sus muertos en estos lugares, llegarían antes al cielo y, lamentablemente, parece que se han terminado convirtiendo en un souvenir para turistas…
Y, por fin, llegamos al punto fuerte de la visita: subimos hasta lo más alto para disfrutar de los tejados potosinos. Insuperables.
Me fijo en las cúpulas cubiertas de tejas que, en cierto modo, me recuerdan a la Pedrera de Gaudí. Con cuidado y agarrados a la varadilla, cruzamos el tejado y subimos a la torre. Se obtienen unas vistas que impresión de los tejados, los campanarios, el ajetreo de las calles, los micros que tratan de abrirse camino entre el gentío, llega un olorcillo a salteña que abre el apetito y, sobre todo, de los cerros que presiden Potosí. Sólo por este momento merece la pena el recorrido guiado del Monasterio de San Francisco.

Faltarían un par de lugares más del centro histórico muy recomendables y que voy a sacar en un apartado aparte.
La Casa de la Moneda de Potosí
Visita imprescindible, necesaria, impresionante e indispensable. Si sólo tuviera que elegir un sitio de Potosí que visitar, sin duda, sería la Casa de la Moneda. Da igual que nos saque los colores, que nos remueva por dentro, que pensemos de que la maldad y avaricia del ser humano no conoce límites, hay que ir.
La Casa Real de Moneda de Potosí se fundó en 1572 por el virrey Francisco de Toledo debido a que el extraordinario auge que alcanzó la ciudad gracias a la extracción de la plata del cerro Rico despertó la necesidad del crear un centro en el que se acuñara moneda.
Inicialmente, se ubicaba en lo que hoy es la Casa de Justicia, sin embargo, el precioso edificio en el que hoy se encuentra, fue construido entre 1753 y 1773. Las paredes tienen un metro de grosor, entre otros motivos, porque funcionaba también como prisión, fuerte y cuartel del ejército boliviano.

Nada más entrar por la puerta, nos recibe el patio con la conocida máscara de Baco, colgada en 1865 por Eugenio Martin Moulon. Los motivos porque los que se colgó y sigue ahí no están claros, aunque se dice que sirve para tapar un escudo español; de la misma manera que se dice que, si miras fijamente la cara del indígena, verás que no es simétrica, sino que un lado muestra felicidad y el otro, tristeza o que se trata de una burla a la codicia.
La visita guiada continúa con la colección de pinturas religiosas de la escuela de Potosí, donde destaca la estupenda La virgen del Cerro, una obra anónima del siglo XVIII que es la mejor muestra de la combinación entre el catolicismo y el paganismo: la virgen representada como la Pachamama, la madre tierra.
Visitamos también una sala donde se muestran monedas de distintas épocas acuñadas en Potosí, así como algún lingote que se ha recuperado de navíos hundidos.

Después de esta “introducción” viene la parte “buena”, la que hace que esta visita sea altamente recomendable. Durante la primera Casa de la Moneda, éstas se acuñaban de manera rudimentaria, es decir, a golpe de martillo y cortando lo que sobraba para intentar darla un forma circular. De esta manera, ninguna moneda era igual a otra ni tenían la misma forma, además de ser muy fácilmente falsificables.
Pese a emplear miles de personas como mano de obra esclava, no se daba abasto, por lo que se trajo mano de obra procedente de África (y también esclava), además de idear unas máquinas laminadoras enormes que eran accionadas por mulas.
Los africanos no llegaron a adaptarse al frío potosino y, pese a ser mucho más robustos y fuertes que los indígenas locales, la mortalidad era altísima, así que se decidió su traslado a las zonas más bajas, especialmente, a Los Yungas, para trabajar en el campo. Pero esta es otra historia de la que hablaremos en un futuro.
Los indígenas que permanecieron estuvieron expuestos a los componentes químicos que se empleaban para obtener plata pura, a la fundición del metal, a un trabajo físico como no nos podemos imaginar, al intenso frío de la ciudad y todo ello trabajando seis días de la semana, el domingo es el día del Señor y debían ser evangelizados, a cambio de nada. Con el paso de los siglos, sí que empezaron a cobrar un salario que resultaba del todo insuficiente.

Como la plata de la mina no se agotaba y en España había muchos gastos procedentes de guerras inútiles, se construyó una segunda Casa de la Moneda con nueva maquinaria, más trabajadores y, por supuesto, más moneda acuñada. Carlos III no escatimó en gastos a la hora de construirla y se sabe que costó, exactamente, 1.142.452 pesos y 6 reales que, hoy supondrían en torno a los 10 millones de dólares. Cuando se comunicó al rey el coste del proyecto contestó con “todo el edificio debe estar hecho de plata pura”.
En las últimas salas del museo se exponen máquinas más modernas de vapor y eléctricas que se utilizaron en los últimos tiempos.
Como curiosidad, las monedas que salían de Potosí tenían como marca PTSI superpuestas unas sobre otras, al final, se terminó quedando sólo en SI, también superpuestas que se parecen bastante a $.
Si las paredes de la Casa de la Moneda hablaran, el grito que oiríamos sería atronador.
El Museo y Convento de Santa Teresa
Si el hijo mayor era el heredero de la fortuna y se le casaba en función de los intereses familiares, al segundo se le enviaba a un monasterio para ordenarse monje o, en el caso del Convento de Santa Teresa, monja.

Fue fundado en 1685 y recibía a niñas de 15 años, procedentes de familias adineradas de medio mundo. Al tratarse de un convento de clausura, pasamos por la sala en la que se despedían para siempre de sus familias: desde ese momento, toda su visión del mundo exterior sería, en el mejor de los casos, a través de una celosía. Me parece muy revelador el cuadro anónimo que refleja la despedida de estas niñas antes de entrar en el convento.
Sé que no se puede juzgar la historia con nuestra mirada del siglo XXI, pero me pregunto cómo irían ante esta cita: si estaban contentas, aterradas o, simplemente, resignadas. Si se resistieron, si querían ir o si hubo alguna que se escapó. En cualquier caso, pese a que el destino de su hermano mayor, casado por mero interés económico no fuese muy apetecible, la vida de monja de clausura tampoco me parece motivo de alegría, aunque parece que vivieran en una cárcel de oro.

Las niñas llegaban vistiendo sus mejores vestidos, ya que iban a casarse con Dios, que después se han empleado para hacer casullas de curas o vestidos para distintas vírgenes, así como acompañadas de una dote para el convento. Esta dote podía ser económica (20.000 monedas de oro, equivalente a un millón de dólares) o en forma de bienes materiales, como porcelanas, espejos de plata, incunables, joyería o distintas obras de arte, ya que ingresar en este convento era todo un honor.
En el momento de la fundación, el convento contaba con siete patios y ermitas, desaparecidos en la actualidad, conservando dos claustros. El número máximo era de 21 monjas y, en estos momentos quedan 7, y resulta imposible cruzarse con ellas, ya que viven en dependencias aparte, a las que el público no tiene acceso.

La visita es guiada y dura algo menos de dos horas (o más si eres tan pesado como nosotros que hacemos foto a absolutamente todo). Se recorre la iglesia, vemos cómo recibían la comunión, el comedor y las cocinas, réplicas de las celdas en las que dormían, la enfermería, el lugar en el que fueron enterradas varias madres superioras, entre otras salas, todas ellas funcionan al mismo tiempo como museo y se exhiben todos los objetos enviados como dote, además de pinturas religiosas.
Los dos claustros me gustaron mucho, tienen un aire colonial, con macetas de cactus enormes que, junto al color de paredes y escaleras, parece que te traslada a Santa Fe, en lugar de seguir en Potosí.
Ninguna visita a Potosí está completa sin visitar las minas, de las que hablaré en el próximo artículo.
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