Recorrido por el País Cátaro: Rennes- le- Château, Villerouge- Termenès, Lagrasse y otros lugares con encanto

Tras un día recorriendo maravillas rupestres, castillos en ruinas y Foix, un pueblo con mucha historia, nuestro periplo por Occitania y el País Cátaro continúa.

Tras la primera noche, tuvimos que hacer alguna remodelación en el itinerario. El castillo de Puilaurens, que estaba en él desde el principio, se ubica en dirección contraria al resto de puntos que teníamos marcados. Su visita hubiese supuesto un desvío importante, además de haber tenido que sacrificar algo más de la lista. Por lógica, descartamos Puilaurens y lo dejamos pendiente para la próxima visita.

Rennes- le- Château

Este pequeño pueblo está envuelto en una atmósfera de misterio desde que se publicó, en 1967, un libro en el que se hablaba de la leyenda que rodea al abad Bérenger Saunière (1852-1917).

Al parecer, Saunière había encontrado documentos y un tesoro ocultos en uno de los pilares de la iglesia. Estos pergaminos, que se exponen en el museo, son de dudosa autenticidad y, entre otros aspectos, exponen el árbol genealógico de la dinastía merovingia, que proclama ser descendiente de Jesús de Nazaret.

Tras esta “revelación”, la fortuna del abad aumentó exponencialmente, llevando a cabo unas obras de restauración y de construcción que difícilmente se hubiesen podido pagar de otra manera, además de rodearse de personas selectas y ricas, aunque me temo que esto no es ninguna novedad en el seno de la Iglesia…

Lidia y yo nos dirigimos directamente a la pequeña iglesia. Allí, nos recibe una inscripción en la entrada que, como poco, choca en un lugar de culto: Terribilis est locus iste, es decir, Este lugar es terrible, en latín. Ups.

Terribilis est locus iste. Entrada a la iglesia de Rennes- le- Château

No estuvimos demasiado tiempo aquí dentro, principalmente, porque había gente rezando y no queríamos interrumpirles ni molestarles. Pero sí que nos fijamos en dos figuras importantes justo al lado de la puerta: la escultura que representa al demonio Asmodeo y, justo encima, un conjunto de cuatro ángeles que se santiguan, formando una sola cruz entre los cuatro brazos “en movimiento” con la inscripción “con este signo, vencerás”. Ups otra vez.

¿Dónde nos hemos metido? Por si no fuese poco, hay un viacrucis dado la vuelta y, si se unen las iniciales de los santos que allí están, obtenemos GRAAL, es decir, el Santo Grial, en francés.

Nos dirigimos al museo, que está en lo que era la antigua casa rectoral y, esto ya sí, cuesta dinero. Aceptamos coger las tablets para una visita autoguiada, que se pagan aparte y, sinceramente, no merecen la pena. Se trata de una visita teatralizada por todo el conjunto centrada, exclusivamente, en la leyenda.

¿Y qué hay de real en todo esto? Por las fechas en las que transcurrió, hay más hipótesis que certezas, sin embargo, sí que se puede afirmar que el abad se enriqueció de manera llamativa y se rodeada de alta alcurnia y realeza europea.

Ha quedado comprobado que vendía misas que nunca se llevaron a celebrar y pedía donativos para la Iglesia que desviaba para su uso personal, lo que propició no sólo la restauración y redecoración de la iglesia, sino también, la construcción de una villa con torre, invernadero de cristal, biblioteca, una casa parroquial que no parecía de un párroco al uso y unos tranquilos y agradables jardines.

Como era obvio, esto llamó la atención del obispo de Carcasona, que el apartó de su cargo. El abad Saunière murió en la cama de una apoplejía en 1917 y sólo desveló el origen de su fortuna a Marie, su gobernanta, quien heredó todo.

Ella accedió a venderlo todo, con la condición de poder vivir allí hasta su muerte. Y, cuando iba a confesar el secreto que haría al comprador más rico y poderoso aún, murió también de una apoplejía. ¿El destino? ¿O es que se quieren callar bocas?

Los dominios del abad Saunière, en Rennes- le- Château

En cualquier caso, y como ya he comentado, hay más hipótesis que certidumbres y esto queda claro en la última sala del museo: se exponen notas de prensa de la época, así como estudios rigurosos que se han hecho y no hay nada que evidencie la existencia del Santo Grial, ni de tesoros cátaros ni de esoterismo.

Por cierto, Terribilis est locus iste es una cita extraída del Génesis, no se corresponde con nada demoniaco.

Nos dimos una vueltecilla por las calles y, realmente, poco más. Es un sitio pequeño que vive principalmente de todos los curiosos y amantes de las teorías de la conspiración y el esoterismo que, al parecer, son bastantes y que se han multiplicado desde la publicación de El código Da Vinci.

Desde mi punto de vista, el pueblo es bonito y los llamados Dominios del abad Saunière merecen la pena, aunque no la tablet, además los carteles informativos del museo (que en español sólo es un resumen) sacan bastante de dudas y muestran los datos reales de los que se dispone.

Si llevas el tiempo justo, creo que puede haber sitios mejores para visitar, pero si puedes, acércate, eso sí, hazlo mejor a primera hora, para evitar altas concentraciones de gente.

Villerouge- Termenès y el castillo mejor conservado

Salimos de Rennes- le- Château para dirigirnos al pueblo y castillo de Villerouge- Termenès y llegamos justo a tiempo de la hora de la comida. Sabiendo cómo son los horarios de comida en otros países, sin tener clara la hora de llegada o lo que íbamos a encontrar, habíamos comprado bocadillos en una panadería de Quillan, que nos comimos dentro del coche, aparcado en el parking municipal. Rápido y barato.

Al terminamos, salimos a explorar y nos encontramos con un pueblo muy bien cuidado y un castillo totalmente renovado.

Villerouge- Termenès presume de callejuelas de piedra y contraventanas de colores, con una primavera incipiente que consigue que las flores comiencen a sacar sus colores. Pueblo medieval con un castillo en todo el centro, bastante más tranquilo de lo que cabría imaginar de un lugar así. Fue una absoluta delicia dedicarle un ratillo.

El castillo de Villerouge- Termenès

El castillo es del siglo XIII y no es cátaro propiamente dicho, sino que se trataba de la residencia de los arzobispos de Narbona. Tiene cuatro torres almenadas en cada una de las esquinas y poco hacía presagiar lo que nos estaba esperando.

Totalmente restaurado, con vestigios que se han ido encontrando y acompañadas de una audioguía que narra cómo era la vida en la zona, la dureza de las condiciones, cómo se maltrataba a los campesinos por parte de nobleza y clero y, lo que es peor, cómo se une el castillo con el catarismo: en su patio fue quemado vivo en la hoguera Guillem Belibaste, el último prefecto cátaro en 1321.

Es una gozada disfrutar de sus distintas estancias y, sobre todo, subir a lo más alto del castillo y, simplemente, observar los tejados de Villerouge- Termenès.

Lagrasse y su abadía

Continuamos nuestro periplo hasta uno de los destinos que más nos iba a gustar, a tenor de lo que se leía en muchos sitios: Lagrasse y su abadía.

Lagrasse está clasificado entre los “plus beaux villages de France”, es decir, los pueblos más bonitos de Francia. Antes de continuar, comento que Les plus beaux villages de France es una asociación creada en 1982 con el objetivo de promover el turismo de pequeños municipios vinculados al medio rural, basándose en su patrimonio histórico- artístico. A imagen y semejanza se creó la española Los pueblos más bonitos de España.

Según llegamos, aparcamos el coche y vamos directas hasta la abadía de Lagrasse, que está justo en la punta contraria del pueblo y sólo hay una manera de llegar: caminando.

Lagrasse, uno de les plus beaux villages de France

Pensábamos que no llegábamos, que no nos venderían la entrada por el poco tiempo que quedaba para el cierre y, pese a que habíamos consultado todas las webs oficiales y enviado correos para confirmar horarios, nos encontramos que han escrito a mano un nuevo horario con una hora de cierre más tardía. Recuperamos el aliento.

La Abadía de Santa María del Orbieu data del siglo VIII, lo que la convierte en una de las más antiguas de Europa. Se enriqueció rápidamente por donaciones y distintos privilegios, consiguiendo que, a comienzos del XII, sus posesiones llegaran hasta Zaragoza, incluyendo un centenar de iglesias y casi diez monasterios.

A partir del siglo XIII comenzó una crisis, por la reducción de las dotaciones de los templarios y, tras varios siglos de guerras y de la Revolución Francesa, toco fondo, ya que fue dividida en dos, que se vendieron por separado.

En la actualidad, la abadía permanece dividida: la parte pública y la privada. La parte pública, la que visitamos, realmente es el palacio del abad y se visitan las habitaciones y aposentos privados, en los que dormían el propio abad y los monjes que le rodeaban, que solían ser hijos de familias nobles y ricas, acompañados de sus criados. La visita continúa con los lugares comunitarios, tales como la bodega o la panadería, de la que se conserva el horno de piedra; la capilla y la sacristía.

La visita se hace con una audioguía y en taquilla dan un folleto muy completo que, en resumen, es lo mismo que se escucha. Sinceramente, la visita nos dejó bastante frías, la mayoría de las estancias están totalmente vacías y hay poco o nada que ver. Hicimos todo el recorrido en menos de media hora.

Tanto en la guía como en páginas que había consultado, la abadía de Lagrasse aparece como un imprescindible y, en el caso de no haberla podido visitar, nos hubiésemos llevado una gran decepción, aunque, de todas formas, nos la terminamos llevando.

En esta sala de la abadía de Lagrasse dormían los monjes

En la parte privada de la abadía vive una comunidad de monjes. Es posible visitarla, con unos horarios bastante restringidos, con una entrada diferente a la de la parte pública, y es necesario reservar a través de la web. Además, se pueden hacer retiros.

Cuando salimos, con todo el bajón del mundo, quisimos descubrir Lagrasse con más calma. Nos asomamos al río Orbieu y a las orillas, con una vista impresionante a la que hay que añadir el Puente Viejo. Durante la Edad Media, se trataba de un puente fortificado, con dos torres almenadas de 18m de altura y, como en muchos otros sitios, había que pagar un peaje para cruzarlo.

Pasear entre sus calles es un auténtico placer para los sentidos. Se mantiene el mercado, el más grande de la región durante la Edad Media (en el siglo XIV contaba con 57 puestos), en el que era posible encontrar todo tipo de productos.

Siguen en pie casas con entramado de madera, entre otras de piedra con esas contraventanas de colores pastel que nos llevan acompañando durante todo el viaje. Además, es fácil llegar a la iglesia de Saint Michel que, inicialmente estaba al lado de la abadía y que fue autorizado el desplazamiento hasta la otra orilla.

Lagrasse lo tiene todo para gustar: encanto en cada una de sus calles, en cada rincón, que se notan que están cuidados y queridos, pese a todo esto, algo me falló.

Quizás las expectativas eran demasiado altas, quizás el chasco de la Abadía influyó, el que todo esté perfectamente bien colocado, el llevar todo un día pueblos que, en el fondo, son muy parecidos entre sí, el ver cómo se turistifica y gentrifica un lugar, o la mezcla de todos esos aspectos…

Mientras que en otros pueblos nos habíamos encontrado tiendas de pueblo “normales”, en Lagrasse, no. Los bajos comerciales son joyerías de diseño, tiendas de jabones artesanales, cafeterías y restaurantes con vajilla de diseño. Sí, es verdad, no venden postales e imanes, aunque sin duda queda claro quiénes somos los destinatarios de esos productos: los turistas.

El río Orbieu a su paso por Lagrasse

No seré yo quien diga que no vayas a Lagrasse y, menos aún, visites la parte pública de la abadía. Sinceramente, esta última visita me parece prescindible pero, en cualquier sitio que consultes, leerás lo contrario. De la misma manera, si no vas a tener tanta carga de pueblos, ve a Lagrasse, te va a gustar y no te arrepentirás. Dicho esto, mi manera de entender las recomendaciones viajeras y mi propio blog, no todo es maravilloso e increíble.

Otros lugares que encontramos en nuestro recorrido por Occitania

En los dos días en los que estuvimos recorriendo una parte más rural de Occitania, desde que salimos de Toulouse y llegamos a Narbona, nos encontramos por el camino otros puntos que nos gustaron mucho.

Algunos de ellos estaban marcados en el “por si acaso”, otros, simplemente, estaban ahí esperando a que pasáramos con el coche y, en algún caso, pudimos parar a dar una vuelta o Lidia disminuyó la velocidad para poder disfrutarlo un poco más y hacer alguna foto.

La primera parada fue el castillo de Arques que, realmente, es una fortaleza. Sabíamos que la zona está llena de castillos. Visitarlos todos es prácticamente imposible, además de una ruina económica, ya que cada entrada cuesta 6€, o algo más, depende del castillo.

Habíamos leído sobre un pasaporte cátaro que ofrece descuentos en las entradas, sin embargo, para que salga rentable, había que visitar un número considerable de ellos y, además, no lo vimos anunciado en ninguno de los sitios en los que estuvimos. Como todo en la vida, al final hay que elegir. Pasamos por delante del castillo de Arques y decidimos parar y acercarnos un poco.

Castillo de Arques

Situado en un terreno plano, fuera del pueblo, se considera un castillo “moderno”, pese a ser del siglo XIII, precisamente por eso: por estar fuera del pueblo y no ofrecer la protección que los castillos otorgaban en aquella época.

Está muy bien conservado y una restauración reciente lo ha dejado perfecto. Se encontraba en zona fronteriza entre el Languedoc, la Corona de Aragón y los cinco hijos de Carcasona y, cuando esta frontera dejó de existir, el castillo perdió su importancia. 

Nuestros pasos nos llevaron al pequeño pueblo de Bélesta. Mientras que hacíamos lo posible por llegar a tiempo al castillo de Puivert, el sol salió justo cuando pasábamos por aquí. Si le unimos un pequeño río con una zona de merendero y un sauce, casas de piedra a las orillas, unas ventanas de un color azul del que es imposible no enamorarse y parras que trepan por las fachadas, esperando el verano como agua de mayo, ¿cómo no vas a parar unos minutos?

La siguiente parada inesperada, aunque era uno de los “por si acaso” es Mirepoix. Conserva ese toque medieval casi intacto: casas de entramados de madera, una plaza principal con soportales y travesaños tallados. La catedral, que no iglesia, estaba abierta, y eso que llegamos a última hora de la tarde, resulta impresionante, siendo una de las más amplias de Europa.

Casas con entramado de madera en Mirepoix

El conjunto resulta muy bonito y, si puedes parar para dar una vuelta, no te vas a arrepentir. Pero, como no todo puede ser perfecto, Lidia y yo coincidíamos en que la turistificación le resta encanto. Todos los bajos comerciales están orientados a los souvenirs y a creperías. Además, se estaba celebrando un festival de baile, por lo que se había colocado una carpa enorme en toda la plaza y todo estaba saturado de gente.

Continuamos con Camon, otro pueblo minúsculo. Apenas hay información de este pueblo, de hecho, nos lo recomendó una pareja con la que estuvimos hablando en el castillo de Montségur. Sólo pudimos pasar por alguna de sus calles despacio con el coche y sólo me pude llevar la foto que comparto.

Si hubiésemos aparcado para dar una vuelta, no hubiésemos llegado a Mirepoix y dirigirnos, más tarde a Quillan, donde dormíamos, entre otros motivos, porque están en dirección contraria. Puede que Lagarde no tenga la plaza y los soportales de Mirepoix y, como tampoco tiene ese aspecto turístico, gana puntos.

La belleza desconocida de Camon

Por Laroque de Fa pasamos en coche después de visitar Rennes-le-Château y antes de llegar a Villerouge- Termenès. Nunca había oído hablar de este sitio, no lo recomendaban en ningún blog y, cuando empezamos a circular por la estrecha carretera en la que el río y el pueblo quedaban a la izquierda y una roca enorme que parecía que se abalanzaba, a la derecha, supimos que había que parar.

En cuanto tuvimos la ocasión, unos metros más adelante, dejamos el coche y nos fuimos a recorrer las escasas calles. Pocas pero con encanto y tranquilidad, ése que se gana al saber que nadie te conoce. Pueblos auténticos. Piedra, verde, puertas y ventanas azules. ¿Se puede pedir algo más?

Tampoco pudimos parar en Tournissan, un pequeñísimo lugar por el que pasamos por casualidad, después de dejar Lagrasse y dirigirnos a Narbona. Y es que, algo que tiene tanto encanto, no lo puedes obviar. Yendo por una carretera comarcal, nos vimos abrazadas por árboles a ambos lados de los arcenes. Los troncos luchaban por crecer lo más alto posible y las ramas por tocar a las que están enfrente.

Cuando la carretera se convirtió en calle, pasamos por un pueblo de los que tienen muchas papeletas para ser feos, esos que están divididos por una carretera que resulta ser un desfile de coches.

Cuando nosotras pasamos, a lo mejor porque era domingo, o quizás no, los únicos coches que nos encontramos estaban aparcados. Viviendas bajas, puertas y ventanas pastel, una tienda de productos típicos de Córcega y ni un alma por la calle. Francia en domingo en estado puro.

Árboles que abrazan y ventanas pastel en Tournissan

En cuanto se pudo dar la vuelta, Lidia giró y estuvimos callejeando lentamente dentro del coche entre sus estrechas calles. Tournissan no aparece en los mapas, y ni falta que le hace.

El último punto que me gustaría añadir es el de los castillos de Lastours. Estaban con la etiqueta de “por si acaso”, aunque Lidia y yo sabíamos que iba a ser casi imposible. Cerca de Carcassonne, donde sólo estaríamos un día, ¿cómo vas a irte de la ciudad amurallada para ver las ruinas de unos castillos? Bueno, pues lo hicimos.

Como ya lo contaré en un post futuro, Carcassonne no es tan grande como se puede pensar y nos fuimos dando cuenta sobre la marcha que nos iba a sobrar tiempo, así que decidimos volver al coche y dirigirnos a Lastours.

Este pequeño pueblo es conocido por las ruinas de cuatro castillos que, pese a no ser considerados cátaros propiamente dicho, sí que están relacionados con el catarismo, ya que los señores de Cabaret, señorío en el que están ubicados, mantenían conexiones con cátaros.

Situados en lo más alto de un paisaje escarpado, a 300m de altura, construidos sobre un mismo eje, nos miran con superioridad, y no es para menos. El acceso es complicado, aunque hay miradores gratuitos, y la visita a todo el conjunto está en torno a las 3 horas.

Las ruinas de los castillos de Lastours se dejan entrever

Dejamos el coche en un parking gratuito del mismo pueblo, justo al lado del río y, simplemente, nos dedicamos a disfrutar de las vistas y a pensar que ojalá tuviésemos más días. No nos metimos por las calles y lo poco que vimos de este pueblo nos gustó y parece que hay que tener buenas piernas para caminar por él, ya que está todo en cuesta.

Y hasta aquí el recorrido por los lugares más importantes de esa Occitania más rural. Sé que nos hemos dejado muchos pendientes pero la región es enorme y, al final, siempre toca elegir. La parte buena es que tenemos excusa para volver.

Antes de terminar, os comparto unas webs con información más detallada sobre los castillos de la zona, así como la que más útil me pareció para preparar el viaje porque, a pesar de que hay muchas páginas, no todas están actualizadas y se encuentra información contradictoria: Pays Cathare, Los cátaros y Castillos de Francia (la primera es la que encontré más completa y con mejor información, las otras ofrecen mucha información sobre los castillos cátaros).

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