Historias para no viajar/ dormir: recorrido por los mejores peores baños que me he encontrado viajando

Vuelve una entrega de todas esas anécdotas que aportan vida, alegría, risas y cachondeo mientras que estás de viaje, aunque en esos momentos, quizás las lágrimas que te arrancan no son por reírte.

Historias que, por un momento, pero sólo uno y muy corto, hacen que pienses “con lo a gusto que estaba yo en mi casa”. Son las historias para no viajar o dormir, porque, a veces, dan tanto miedo como las de Chicho Ibáñez Serrador. Bueno, a lo mejor, dan menos miedo. Esta vez, me centraré en los mejores peores baños por los que he tenido el inmenso placer de pasar.

Los baños al aire libre en Ámsterdam

He estado dos veces en esta ciudad de los Países Bajos. La primera de ellas fue a finales de julio y tuvimos la gran suerte de coincidir con una de las pocas semanas de calor que hacía en verano. O, por lo menos, así era hace unos años, antes de que el cambio climático hiciera de las suyas y haya episodios de calor o frío inesperados.

Bueno, a lo que voy, pasamos un calor terrible, unido, además, a que los establecimientos de cualquier tipo o incluso museos no están preparados para el calor: en el mejor de los casos tenían un pequeño ventilador situado detrás del mostrador, orientado hacia los trabajadores.

Por otro lado, si habéis visitado Ámsterdam, seguro que visteis unos estupendos servicios al aire libre, cuando no meaderos. Los he visto en mis dos visitas a la ciudad, en 2006 y 2012, y, sinceramente, deseo que hayan desaparecido.

Como es de entender, no voy a poner ninguna foto de un urinario público, pongo mejor la de este canal de Ámsterdam

Hacer pis es una necesidad fisiológica, en restaurantes o bares solía ser de pago (sí, para ir al baño tenías que pagar, por más que hubieses consumido en el local), por lo que unos baños públicos y gratuitos me parece buena idea, entre otras cosas, porque se evita que la gente lo haga en la calle. Sin embargo, después de haber visto cómo eran, no me lo parece en absoluto.

Los baños como tal eran algo más discretos, la entrada no tenía puerta y tenía un pasillo en curva para que, una vez que se entrara, no se te viese desde fuera. El otro modelo, el de los meaderos, se me antoja un despropósito: directamente, en mitad de donde fuera, un poste con mini meaderos para hombres. Así, tal cual suena. Para que quede más claro cómo son, añado esta noticia de Página 12.

Por un lado, perdí a cuenta de los hombres a los que vi mear. Jo, qué suertuda soy. A estas alturas no me voy a escandalizar por esa visión, pero si evito verlo, pues mejor. Por otro, estos urinarios públicos están pensados sólo para hombres o, al menos, era así cuando yo estuve. ¿Qué pasa? ¿Qué las mujeres no hacemos pis? ¿O es que nosotras sí que tenemos que pagar para ello?

Bueno, pues ahora vamos a juntar los dos conceptos: el calor asfixiante con baños al aire libre. Pues sí, el olor era nauseabundo. No se puede describir de otra manera.

Lo que no termino de entender es, si ya me encontré con esto en mi primera incursión, ¿por qué decidí volver tan pocos años después? Supongo que la mente es sabia y sabe de qué tiene que olvidarse, aunque el tener un blog de viajes hace que todo esto vuelva a la memoria. Una historia para no viajar… o mejor no, seguimos viajando y luego lo contamos mientras que nos tomamos una cerveza con amigos.

Baños en Abu Simbel: si te puedes aguantar, aguanta

Si vas a Egipto, los más probable es que hagas la excursión que va a Abu Simbel. Te levantas a unas horas intempestivas, a esas por las que ibas sólo por el segundo cubata cuando eras joven y cerrabas bares (ay, qué tiempos), subes a un autobús y, tras varias horas por carretera atravesando la monótona inmensidad del Sahara, llegas a este templo egipcio.

Abu Simbel es capaz de hacerte llorar de emoción, ver los primeros rayos de sol de esa tonalidad naranja magia iluminando las estatuas de Ramsés II es uno de los mejores momentos de mi vida. No sabía si dedicarme a seguir embelesada con la visión, si hacer muchas fotos captando cada cambio en la luz o si salir corriendo para entrar en el templo antes de que llegase más gente. Opté por las dos primeras y no me equivoqué porque, cuando me dirigía a la entrada del templo, todavía no había muchos más turistas.

Mejor quedarse con este recuerdo de Abu Simbel

Después de un par de horas campando por el recinto, añadidas a las que llevas levantado, sucede lo inevitable: tienes ganas de ir al servicio.

Y, por suerte, hay baños, de estos portátiles y metálicos. Todavía era pronto por la mañana y, aunque el sol ya estaba golpeando, como era diciembre, no hacía calor. Qué pena que eso fuese suficiente para recalentarlo.

Hice la cola y, cuando me tocó, ¡horror! No voy a entrar en detalles de lo que había porque es algo que no merece la pena compartir, no obstante, con lo guarro que estaba y el calor que hacía dentro, intenté por todos los medios tardar lo menos posible y salir huyendo de allí.

Los chicos que estaban allí en mantenimiento me pidieron propina. ¡¿Perdona?! No limpio, no propina. Sorry not sorry.

Para contrarrestar esta mala experiencia, me gustaría decir que en Saqqara, que lo visitamos después de comer, es decir, con mucho más calor, tuve que ir también al baño. Parece que no aprendo, sin embargo, me encontré lo diametralmente opuesto. Lo mantenía un hombre mayor, sin pedirme nada a cambio, me dio papel higiénico y lo tenía impoluto. Sube a lo más alto del listado de lugares en los que me dejaría operar a corazón abierto. Cuando salí y, aunque seguía sin pedirme nada, le quise dar propina.

Saqqara, donde se ubican los baños más limpios de todo Egipto

Limpiar baños me parece uno de los trabajos más desagradables del mundo y la gente que lo realiza tiene sueldos miserables, por lo que las propinas (de los turistas) son muy bien recibidas, lo que no quita para que el lugar esté limpio, no necesariamente como un quirófano, pero al menos que no te revuelva el estómago.

Una habitación con vistas en Aberdeen

En nuestro periplo por Escocia, optamos por hacer noche en Aberdeen. Pese a que sabíamos que la ciudad no es un imprescindible, por la mayor existencia de servicios, nos parecía cómodo alojarnos aquí y, ya de paso, la vistábamos y juzgábamos con nuestros propios ojos.

La ciudad es cara, de aquí salen ferries que llevan a trabajadores a las plataformas petrolíferas del mar del Norte, además de otros tantos que viven aquí, así que, cuando buscamos un B&B y dimos con uno céntrico que estaba muy bien de precio, no lo dudamos.

Estaba en la típica casa de un par de plantas británica, más o menos cerca del Marischal College y, dado que no pudimos aparcar en la calle y tuvimos que ir a un parking de pago, seguía compensando. El B&B lo llevaba un matrimonio de mediana edad que era encantador, muy educados y que en las pocas horas que estuvimos allí nos trataron de lujo.

Y para muestra, un botón: nuestra ducha en Aberdeen

Cuando subimos a la habitación, nos esperaba una pequeña sorpresa: la ducha estaba integrada en la habitación. ¡Tachán!

Tenía aparte el lavabo e inodoro, pero si te querías duchar, lo tenías que hacer en medio de la habitación. Y, por si no fuese poco, la ducha tenía luces, para no tener que encender la de la habitación y despertar a la otra persona. Hay que ser un pelín cuidadoso con el sueño de los demás.

Optamos por tomárnoslo con humor, como el partner-in-crime y yo somos pareja no nos íbamos a asustar y nada, tocaba ducharse en una habitación con vistas.

Para compensar, el desayuno de la mañana siguiente fue a la carta y una auténtica maravilla. Uno de los aspectos positivos de los B&B.

Cisterna manual en Tarabuco, Bolivia

Si visitas Sucre, intenta por todos los medios estar allí un domingo para visitar el mercado de Tarabuco. Pese a que se tarda una hora y media por carretera, merece mucho la pena el desplazamiento. Un mercado local auténtico, al que todavía no hemos llegado los turistas de manera masiva y esperemos que siga siendo así.

Cuando llegamos, la primera parada era lógica: ir al servicio. Fuimos a los de la Casa de la Cultura , en los que estaba al cargo una chica joven, acompañada por sus dos hijos pequeños, que nos miraban con esa curiosidad infantil tan característica y que, despojados ya de su vergüenza, nos vinieron a preguntar que de dónde éramos y cómo nos llamábamos. Lo maravilloso que resulta ir de vacaciones por países de habla hispana y poderte comunicar con la gente.

La Casa de la Cultura de Tarabuco, con función también de baño público

La chica que trabajaba allí nos iba explicando una a una, antes de entrar que no había cisterna y que, del inmenso bidón lleno de agua que había en la entrada, teníamos que coger con una jarrita y echarla después en el inodoro.

Tarabuco no deja de ser un lugar remoto, a saber cómo funciona el sistema de tratamiento de aguas, el alcantarillado o el agua corriente, por lo que no me extraño lo más mínimo que los baños fueran de aquella manera, aunque una pequeña parte de mi yo occidental sigue sorprendiéndose. Tendré que seguir viajando para dejar de sorprenderme.

Eso sí, el resto del día, entre los puestos del mercado y la gente de Tarabuco, ¡fue excelente!

Ducha y pis rodeada de zebras

Cuando hice el safari por Kenia y Tanzania, opté por la versión más “barata”, o menos cara, dormir en tiendas de campaña dentro de los espacios habilitados para la acampada dentro de los parques.

Disponíamos de baños y comedores comunes y toda la zona estaba custodiada por rangers armados. Por la noche, cuando reina el silencio, muchos animales campan a sus anchas y, algunos de mis compañeros iban a desayunar contando lo que habían escuchado o habían visto si se habían levantado a medianoche. Yo no me enteré de nada porque caía a plomo.

Respecto a los baños que me encontré, había de todo. Excepto los de Ngorongoro, la mayoría estaban limpios, teníamos agua corriente (¡!) que iba acompañada de la petición de que no nos quedásemos debajo del chorro de agua más tiempo del estrictamente necesario, de hecho, tampoco era necesario lavarse el pelo todos los días.

Mencionaba los de Ngorongoro porque coincidimos muchas personas en la zona de acampada: cuanta más gente, más uso y más suciedad. Eso es así. Sin embargo, todo quedó en un segundo plano cuando, por la noche, fui a lavarme los dientes y veía pequeñas lucecitas que brillaban mucho en la oscuridad. Al principio, no se veía nada y, cuando los ojos se acostumbraron, ¡eran zebras! Estaban a dos metros escasos y, a pesar del ajetreo, no se asustaban.

Si este es tu dormitorio, imagina cómo son los baños

La pena es que algún iluminado decidió que se quería acercar más y, obviamente, las zebras y demás animales huyeron. Hay gente que no comprende lo que supone hacer un safari.

No puedo pasar por alto los que disfrutamos en el lago Victoria, donde nos cortaron el agua caliente para que no estuviésemos más tiempo de la cuenta en la ducha, o los que encontramos antes de llegar a Masai Mara. Estos últimos, al lado de un complejo de lujo, nos “dejaban” utilizar parte de sus instalaciones, es decir, unos baños que hacía años que no veían una fregona y con unos bichos del tamaño de un abijonejo. Nos negamos y terminamos usando los no privados del complejo. A grandes problemas, grandes soluciones.

En Narbona no comí bien

Quiero cerrar este artículo hablando de la comida que hice en Narbona. ¿Pero no había dicho que iba a hablar de baños? Sí, pero está intrínsecamente relacionado.

Tengo que decir que Narbona me encantó, es una ciudad que merece la pena, la mala suerte es que estuvimos en Lunes de Pascua y eso suele significar, especialmente en Francia, que el comercio y la hostelería cierran. Dimos con un bistrot que abría, a precios bastante decentes para ser Narbona (lo siento, la ciudad me pareció bastante cara), la comida era casera y, como no teníamos muchas más alternativas, no lo dudamos y entramos.

Tenía varios platos a elegir y empezamos con un camembert al horno con hierbas provenzales. Maravilloso. Para el segundo, yo pregunté por la andouillette. La camarera me explicó que eran unas salchichas típicas, con un sabor un tanto fuerte. Aquí hemos venido a jugar, así que fui valiente y las pedí.

Me quedo con otros encantos de Narbona, como la catedral de San Justo y San Pastor

Si estoy hablando de baños y probé unas salchichas con un sabor fuerte, unid ideas para adivinar a qué sabían. Fui absolutamente incapaz de terminármelas, aunque tenía hambre y me lancé a por las patatas y la ensalada, como los niños. Para más información, lee este artículo de Very gourmand.

Cuando me senté a escribir en mi diario de viajes, me cuidé mucho de dejar registrado por escrito el nombre de este plato que no se me va a olvidar en la vida. Mira que en Francia se come bien y yo me fui a estrellar.

Aquí termina el repaso por los mejores peores baños que me he encontrado. Seguro que me estoy dejando muchos, pero como decía, la mente sabe de qué tiene que olvidarse. ¿Tendré más material en el futuro para más artículos? Sin ningún género de dudas.

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