Córdoba: Judería, patios de San Basilio y Palacio de Viana

Todos tenemos algo que ocultar. A veces se trata de secretos importantes, como cuentas bancarias en paraísos fiscales; otras tienen la categoría de secretillos, como aquella vez que dijiste que te quedabas trabajando, pero en realidad te fuiste de cañas.

Secretos que, aplicados al ámbito viajero, afloran de todo tipo: conseguir colar una botella de vino en la maleta de mano, tirarte el pisto diciendo que te recorriste el Louvre, el Centro Pompidou y el D’Orsay enteros para no quedar mal o, en mi caso concreto, no haber visitado Córdoba.

Sí, lo confieso, no había ido a esta ciudad andaluza. Me da mucha vergüenza decirlo, porque me merezco que me quiten el carnet de viajera, pero, en mi defensa, si es que la tengo, aclararé que no había surgido la oportunidad.

Sigo con mi defensa, por si cuela: al final, no hay tantos meses a lo largo del año para ir. Durante el verano (y me refiero a verano -cordobés- desde finales de mayo hasta finales de octubre), me parece una absoluta tortura ir.

En Semana Santa, a no ser que te gusten las procesiones, ya sabemos cómo se pone buena parte de Andalucía. En mayo, los patios tienen que ser una preciosidad, si no te importa dedicar a una escapada el presupuesto de un viaje de una semana y organizarlo con un año de anticipo.

En resumen, te quedan cada vez menos semanas en el año.

Por fin Córdoba

Además, desde hace tiempo, con los puentes del otoño en los que surgía la posibilidad de salir y yo proponía Córdoba, la respuesta solía ser “ya he estado”. Normal. ¿Quién no ha estado en Córdoba?

Este año, al buscar destino para el puente de diciembre, el único que me he podido coger, el destino salió a la luz. No se hable más: justicia poética para esta ciudad y poder dejar de ocultar ese pequeño secreto viajera. Ahora sí que podré decir con orgullo “he estado en Córdoba”.

Llegábamos en un AVE tempranero el jueves 7 de diciembre y nos volvíamos el domingo 10 al mediodía, lo que nos dejaba 3 días enteros en la capital, que no está nada mal. Por lo tanto, quedaban descartados ver pueblos de la provincia. Zuheros, Baena o Iznájar, por mencionar unos pocos, quedan pendientes para otra escapada que también tiene pintaza.

El planning estaba hecho desde hacía varias semanas y, lo más importante, la entrada a la Mezquita estaba comprada. Teniendo en cuenta cómo está todo últimamente, no queríamos tener la más mínima opción a quedarnos sin ella.

Cuando llegamos al hotel, dejamos que la recepcionista nos guiara, al fin y al cabo, ella es de allí, y la información de primerísima mano se agradece. Uno de los mejores consejos que nos dio es el que yo trasmito ahora: por la Judería, lo mejor es perderse. Antes de llegar a este punto, vamos a hacer un recorrido por la ciudad.

Estatua de Maimónides, en la Judería

Nos alojábamos en el distrito Centro, muy cerca de la Cuesta del Bailío. Esto supone estar muy cerca del centro histórico, pero con tranquilidad y sin bares ni restaurantes. Tengo que reconocer que, tanto la zona, como el propio hotel fueron un acierto. Andando tardábamos 15 minutos y, por el camino, descubríamos esos otros sitios que no aparecen en las guías como imprescindibles.

Recorrido por el centro histórico de Córdoba

Empezamos nuestro recorrido por la plaza de la Corredera que, con sus balcones, arcadas y tamaño, recuerdan a la de Salamanca o Madrid y que ha formado parte de la vida de los cordobeses en varios ámbitos, ya que ha servido de plaza de toros y centro de distintas celebraciones, así como escenario de autos de fe de la Inquisición.

Continuamos por la calle Cabezas, de casas bajas y ventanas alargadas, por la que parece que se ha detenido el tiempo. Llegamos hasta la plaza del Potro, con una característica fuente en el centro, con este animal coronándola. Y, en este mismo punto, se encuentra el primer enclave que queremos visitar: el Museo de Julio Romero de Torres.

Entrada al Museo Julio Romero de Torres

En la casa en la que nació, vivió y murió el pintor, y que fue donada por su viuda e hijos, se reúne la mayor colección de pinturas de este artista que, como dice la copla, supo pintar a la mujer morena.

Además, me trajo recuerdos de mi infancia ya que, una pareja de amigos de mis padres que eran cordobeses tenía colgada en casa la lámina de Naranjas y limones y me llamaba mucho la atención. Y, justo en ese momento, la imagen dejó de ser una reproducción para convertirse en un lienzo original. El museo es pequeño, se recorre rápido y, sinceramente, creo que merece la pena.

Se localiza en un patio con una fuente, unos naranjos y unos pasillos de piedrecitas muy fotogénicos, compartiendo espacio con el Museo de Bellas Artes de Córdoba. Este último no lo pudimos visitar, hay que ir dejando pendiente para la próxima vez.

Buscando el arco del Portillo, nos topamos con una sorpresa, la iglesia de San Francisco y San Eulogio, del siglo XIII. Tras la Puerta del Compás, aparece una pequeña plaza con bancos, fuente, un retablo cerámico y la iglesia. Pertenece a la Ruta de iglesias fernandinas, por lo que, con la entrada a la Mezquita, se pueden visitar todas de manera gratuita. En el próximo post hablaré de esta ruta con más detalle.

Iglesia de San Francisco y San Eulogio

Seguimos caminando y nos damos de bruces con ella: la torre de la Mezquita. No queremos pararnos demasiado porque tenemos las entradas para el día siguiente, así que, aunque el acceso al Patio de los Naranjos sea libre, ya dedicaremos el tiempo necesario.

Seguimos con nuestro camino y nos metemos en la Calleja de las flores. Un estrechísimo pasillo en el que hay colgadas macetas a ambos lados y que, una vez que llegas al final, si te das la vuelta para volver ya que está cortada, se ve perfectamente la torre de la Mezquita entre las paredes de la calleja y sus macetas. Decir que es espectacular es quedarse corto, eso sí, por desgracia hay más gente que macetas, todo no se puede tener.

La Mezquita desde la calleja de las Flores

Sin reserva, no te sientas a comer

Son sólo las 12.30 del mediodía y estamos desfallecidos por el hambre. Nos hemos levantado muy pronto y hemos desayunado de mala manera en el tren, para no posponerlo más y, dado que tenemos una de las recomendaciones de parte de la recepcionista del hotel justo ahí, acordamos hacer el parón de la comida. Y menos mal…

Al principio, estábamos sólo nosotros junto a tres turistas francesas y nos podemos sentar sin problema. Caen la primera tapa de salmorejo y de croquetas de rabo de toro.

Ya sabéis que no soy muy dada a dar nombres concretos de hostelería, si alguien quiere una recomendación, que me pregunte directamente, pero sí que puedo decir que, pese a que estaba bueno, no me encantó (más tarde, hablando con mi hermana, para ellos fue uno de los mejores). Vaya por dios.

Tuvimos suerte al ir a comer tan pronto porque, poco después de estar sentados comenzó a entrar mucha gente sin reserva.

A los primeros, les pudieron dar mesa o sentarles en la barra, al cabo de unos minutos (y era poco más de las 13:00) a todo el que entraba sin reserva, le decían que imposible. Es decir, o comemos muy pronto, o lo llevamos reservado todo desde casa, o haces cola, sin saber realmente si te vas a poder sentar.

Sinceramente, no me gusta cómo se han puesto las cosas en los últimos tiempos. Una cosa es reservar para un grupo grande o en un restaurante muy especial y otra muy distinta hacerlo en una bodeguilla para ir de tapas. De la misma manera que tampoco me gusta tener que llevarlo todo tan planificado desde casa. Improvisación, ¿dónde estás?

La vida sin tabernas sería menos vida

Nos habíamos quedado bien y, como estábamos muy cerca de una famosa tasca conocida por sus tortillas de patatas, no podíamos dejarlo pasar.

Es el típico sitio que viene recomendado en todas partes, que todo el mundo te va a decir que lo pruebes cuando digas que visitas Córdoba y que, como todos se lo saben, hay cola. Nosotros nos pusimos y, dado que se mueve rápido, enseguida llegamos a la barra y pedimos dos pinchos de tortilla.

El lugar es minúsculo, dentro apenas hay sitio, así que los platos y los vasos se sacan a la calle y se come apoyándote en los muros de la Mezquita. Esta es una de mis maneras favoritas de comer: de pie, en una barra, pidiendo varias raciones en distintos sitios. Soy de la opinión de que la comida así está mucho más rica.

Llegados a esta punto, tengo que dar dos avisos a navegantes. El primero es bastante obvio, pero hay gente a la que no le llega el mensaje: hay cubos de la basura en la puerta del bar.

No dejes tus restos ahí encima, lo coges y lo tiras. Mensaje claro y fácil de entender. No hacerlo supone ser un guarro. Segundo mensaje: el bar abre hasta las 12 de la noche, es decir, si vas por la tarde o por la noche, casi no hay nadie, por lo que es bastante probable que no tengas que esperar cola o te lo puedas comer dentro. Además, seguro que la tortilla está igual de buena.

Recorrido por la Judería de Córdoba

Después de comer, prosigue nuestro paseo. Seguimos el entramado de callejuelas haciendo caso a la principal recomendación: perderse por la Judería. Pasamos por la plaza de Judá Leví, por la estatua del filósofo, teólogo y médico Maimónides, por calles ultra tranquilas por las que son nuestros pasos los que rompen el silencio.

El mogollón se concentra en la Mezquita y en un radio de pocos metros. Tenemos marcados otros tres puntos que, para nosotros, son de obligada visita.

Empezamos por los Baños del Alcázar Califal. Más grandes que los de Granada, aunque peor conservados que los de Jaén, con un vídeo introductorio sobre la historia de estos baños y su importancia en el mundo musulmán, en general, y en Córdoba en particular, así como algún que otro complot político que tuvieron lugar allí.

Los baños privados del califa estaban unidos a 300 baños públicos, señal de la importancia que tenían. La visita se hace rápido y, como en otros casos, se conservan las claraboyas con forma de estrella de seis puntas.

Baños del Alcázar Califal

Continuamos con la Sinagoga, que se terminó de construir en 1315 y la única de origen medieval que se conserva en Andalucía. Escondida en la estrecha calle de los Judíos, más que encontrarla, te das de bruces con ella.

Fue descubierta a finales del siglo XIX, por Rafael Romero Barros, padre del pintor Julio Romero de Torres, mientras que restauraba los restos de una antigua ermita cristiana que se hallaba en ese mismo lugar.

Sinagoga de Córdoba

Y terminamos con la capilla de San Bartolomé, que para mí era un imprescindible. Una foto del arte islámico y geométrico de su interior ilustra la portada de la guía que llevaba. Me llamó tanto la atención que fui a buscar los créditos y allí estaba, así que no podía faltar en nuestro itinerario.

Se trata de una capilla de arte gótico- mudéjar, anexa al edificio barroco que hoy ocupa la Facultad de Filosofía y Letras. Es un lugar muy pequeño, de hecho, cierra a mediodía. Con un patio diminuto con una palmera, de frente vemos un altar y, a la derecha, la entrada a la capilla.

Aquí, en una penumbra justificada y evocadora, se entremezclan una portada azul con estrellas doradas, unos frescos que dejan entrever damas con vestidos de hace varios siglos y el mencionado arte geométrico, tan característico de la decoración musulmana. Se trata sólo de una sala, pero es una maravilla. Desconozco si el sitio es muy conocido o recomendado y desde Descalzos por el mundo, animamos a acercarse.

La capilla de San Bartolomé, de estilo gótico- mudéjar

Visita por los patios de la calle San Basilio

A continuación, queremos hacer la ruta de los patios. Conocidos por todas partes y premiados por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, viven su punto álgido en mayo, cuando las flores de los tiestos están en su máximo esplendor.

No todos abren tantos meses del año y, en diciembre, por la zona de la calle San Basilio, había cinco abiertos, que entran dentro del circuito de pago y varios más que, pese a que en teoría son de acceso gratuito, piden donativo.

Optamos por el circuito de cinco patios. Hay un diminuto centro de información turística donde venden las entradas y, junto a un mapa, te explican el recorrido.

Varios de estos patios han ganado distintos premios de arquitectura, ya sea antigua o moderna, o de patios singulares y, la verdad, aunque los viésemos en los últimos días del otoño, son muy bonitos.

Se cambian los geranios y las gitanillas por las flores de Pascua y otras de invierno y, entre macetas azules o marrones, destaca el rojo y el verde de sus hojas. Los patios que vimos son pequeños, caben pocas personas apretujadas, por lo que los propietarios suelen estar regulando el acceso.

Para verlo bien y poder hacer alguna foto, mejor esperar. Sé que en la tele hemos visto decenas de veces patios grandes, sin embargo, no todos son así. Menciono esto porque hubo quien lo remarcaba como algo negativo lo pequeños que eran, no obstante la respuesta que obtuvieron tiene toda la lógica del mundo: son las casas de la gente.

Por si alguien se está planteando ir en mayo, nos recomendaron evitar los tres que salen en la tele y que son los más conocidos, ya que se organizan colas de hasta dos horas de espera. Para mí, esto es como visitar Lello e Irmão en Oporto: allá cada cual con su tiempo.

Flores de Pascua en los patios de la calle San Basilio

He comentado que fuera de esta ruta hay más patios abiertos de acceso gratuito. No es del todo cierto porque, al salir, piden donativo. No sé cómo de obligatorio es darlo o no, pero es verdad que da un poco de vergüenza no echar la moneda. Nosotros optamos por no visitarlos, porque considerábamos que ya habíamos pagado una entrada.

Como he dicho, vimos cinco, que creo que es un número adecuado para la experiencia.

Al salir, seguimos paseando por esta zona y, en cuanto nos quisimos dar cuenta, la oscuridad lo había tomado todo. Era pronto, aunque parecía que se había hecho tardísimo, así que es fácil perder la noción del tiempo, sin embargo, ganábamos la oportunidad de ver la ciudad iluminada, que tiene también mucho encanto.

Palacio de Viana

Recorrimos otra vez todo de punta a punta para llegar antes de que cerraran el Palacio de Viana. La buena noticia es que, cuando llegamos, estaba abierto y se seguían vendiendo entradas; la mala, que las de visita guiada ya se habían agotado y sólo quedaban las de los patios y las estancias abiertas al público. No tardamos mucho en decidirlo: vemos los patios.

La Caja Provincial de Ahorros de Córdoba, gracias a la complicidad de Julio Anguita, alcalde en aquella época, compró esta casa en 1980, e impidieron que la última marquesa sacase todos los tesoros del palacio.

La mansión es una sucesión de casas y patios y parece que el reloj se ha detenido en algún momento de los cinco siglos en los que estuvo habitado por distintas familias aristocráticas y en la que se conservan colecciones de muebles, pinturas, tapices o porcelanas.

Uno de los patios del Palacio de Viana

Los patios son un total de doce, más un jardín y no tienen nada que ver los que acabábamos de ver en San Basilio, sino que son más patios de palacete, con fuentes de distintos tipos y vegetación frondosa de más de 80 variedades de plantas. No en vano tiene el título de “Museo de los Patios”.

Pudimos ver alguna estancia más que estaba abierta, como la cocina o un salón, sin embargo, la visita se centró, principalmente, en los doce patios que son a cuál más bonito.

No dudo que hacer el recorrido a plena luz del día permita verlo mejor y se aprecien mejor los detalles, en nuestro caso, al hacerlo de noche, con una iluminación tenue, creo que gana en magia y romanticismo.

Con la luz justa, los juegos de sombras, guiarte por tu instinto, un palacio que lleva décadas inhabitado, pese a recibir visitantes a diario, y que tiene ese encanto fantasmal. Córdoba me está enamorando.

El museo de los patios, en el Palacio de Viana

Otras visitas por la Axerquía: cuesta del Bailío y Cristo de los Faroles

Al salir, decidimos pasar por el hotel, que queda bastante cerca, para ducharnos y cambiarnos de ropa antes de cenar. Hemos comido pronto, por lo que el hambre ya ha hecho acto de presencia y, como no nos apetece volver a todo el mogollón para pelearnos por un hueco en una barra, optamos por mirar cerca de nuestro alojamiento. Y no nos cuesta nada encontrarlo.

En la Axerquía, tenemos varias recomendaciones de la guía y optamos por una de ellas. Fue un acierto absoluto: una taberna de raciones y buen vino, en la que éramos los únicos turistas y donde nos pudimos sentar sin esperar cola y los camareros no van corriendo como pollo sin cabeza.

Cuesta del Bailío

De regreso al hotel, los azulejos que marcan el nombre de una calle se cruzan por nuestro camino: la cuesta del Bailío. Como su propio nombre indica, se trata de una cuesta con escaleras, piedras haciendo dibujos en los suelos y, al fondo, la Casa del Bailío, hoy sede de la Biblioteca Viva de Al- Ándalus.

Decidimos subir, no nos podemos perder esa imagen tan poética. Retablos cerámicos del Cristo de la Humildad y la Paciencia y de la Virgen de los Dolores alumbrados por farolillos y, justo al girar a la izquierda, en la plaza de los Capuchinos, una de las imágenes más sobrecogedoras que he visto: el Cristo de los Faroles.

Noche cerrada, oscuridad en la calle que sólo se ve interrumpida por los tenues faroles y las pocas velas delante de esta escultura, sólo nosotros dos y un silencio sepulcral. De verdad, no hace falta tener sentimiento religioso para apreciar la belleza poética de ese rincón.

La belleza poética del Cristo de los Faroles

Después de haberlo apreciado de esta manera, recomiendo verlo por primera vez de noche, como cuando vas a Nueva York y te acercas a Times Square, por primera vez, a una hora tardía para poder apreciar mejor la iluminación de los neones.

Pues con el Cristo de los Faroles ocurre algo similar, además, espero que tengáis la suerte de verlo también en soledad, para admirarlo mucho mejor y disfrutar de un momento tan sobrecogedor.

Continuará

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