Lo confieso: no me gusta la literatura de viajes. Me encanta viajar, más que una afición, lo considero una necesidad; tengo un blog de viajes en el que, además de dar la turra con los sitios que visito, rememoro aquellos que hice en el pasado; me pirra quedar con gente viajera y compartir destinos, anécdotas y recomendaciones; pero no, no me gusta la literatura de viajes.
Hasta que cayó en mis manos un libro de Javier Reverte, El río de la luz: un viaje por Alaska y Canadá. No lo leí, lo devoré y mi percepción sobre este género cambió. Me sigue sin gustar la literatura de viajes, a no ser que haya sido escrita por Javier Reverte.

Desde ese momento, le leído algunos más y, tras el recorrido por Sudáfrica, con una necesidad imperiosa de leer más sobre este país, me hice con Vagabundo en África, donde habla de su periplo por Sudáfrica, Zimbabue, Tanzania, Ruanda y la República Democrática del Congo.
Y creo que ésta es la mejor manera de retomar la sección del blog de Películas y series que inspiran para viajar, que la tengo abandonada desde hace bastante tiempo, salvo que la tendré que renombrar, añadiendo Libros.
Vagabundo en África
Dentro de la trilogía africana, éste es el segundo tomo, escrito por Reverte en 1998. De momento, no he leído los otros dos, sin embargo, no tengo la más mínima duda de que lo haré en un futuro más o menos cercano. Y es que me temo que ésa es una peculiaridad de la literatura de este autor: que engancha.
La otra, que te genera unas ganas irrefrenables de preparar una mochila con lo indispensable, dirigirse al aeropuerto y coger el primer vuelo que salga hasta el destino sobre el que estás leyendo para poder ver con tus propios ojos lo que Reverte te ha estado contando, lo que él ya ha vivido. Y, si no te ocurre, es que no lo has entendido.

La travesía de Reverte empieza en Ciudad del Cabo y termina con la que se había autoimpuesto como objetivo vital: navegar por el río Congo. Entre inicio y final, recorre parte Sudáfrica, Zimbabue, Tanzania, Ruanda y la República Democrática del Congo, principalmente por tierra, sin internet, preguntando a la gente por billetes, negociando precios y haciendo amigos por el camino, aunque algunos, parezcan más una china en el zapato que una ayuda.
Pero, sobre todo, el autor viaja con una clara intención: navegar por el río Congo. Siguiendo el relato de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, escritor al que venera y al que envidia por haber podido hacer lo que él ansía.
Viajaba en la estela de Joseph Conrad, dejando ya muy atrás el puerto de Kinshasa y en dirección al lejano Kisangani, el conradiano “Corazón de las tinieblas”, en el río que también habían navegado André Gide y Graham Greene y por donde mucho antes descendieron las canoas de los exploradores Stanley y Brazza. La euforia de cumplir un acariciado propósito hacía de mí un viajero feliz.
Lo que más me gusta del libro, o de la forma de escribir del autor, no es sólo el destino como tal, sino que creo que lo que da fuerza es el relato histórico que se entremezcla y, sobre todo, la gente.
El primer aspecto, el histórico, resulta apasionante. Toda la historia que no estudiamos en el instituto, de países que nos quedan muy lejanos, con conflictos, pasados y presentes, que deberían sacar los colores a más de uno. Toda esa historia que, a no ser que te guste o seas un estudioso, tendría muchas papeletas de ser olvidada y es que, parafraseando a George Orwell, la historia la escriben los vencedores.

Reverte nos acerca a las guerras anglo- bóers en Sudáfrica recorriendo los escenarios de las batallas en la provincia de KwaZulu- Natal. Narra cómo se dieron los conflictos, que terminaron en esclavitud y, más tarde, en el maldito apartheid. Según lo leía, era inevitable acercarme a ese viaje.
Cruza la frontera hacia Zimbabue en un autobús nocturno, con la intención de buscar la tumba de Cecil Rhodes, firme defensor del imperialismo británico y una de las personas más odiadas en Sudáfrica, si no, la más.
Llega a la tumba de Rhodes, en el Parque Nacional de Matobo, en un punto conocido como The view of the world, así que nos podemos hacer una idea de cómo tiene que ser. Un lugar demasiado hermoso para un hombre que no lo fue.

Imposible no comentar que en Zimbabue nació el mito de las minas del rey Salomón, cuando las ruinas del Gran Zimbabue fueron descubiertas por una expedición de buscadores de oro y que inspiró a Henry Rider Haggard a escribir la novela del mismo nombre y que Reverte menciona también.
Llegamos a Tanzania, pero no a la del Serengueti o Ngorongoro, sino a otra menos turística. La capital, Dar es Salam, por la que siente una especial debilidad; Kilwa, una isla que fue un sultanato antes de la llegada de los portugueses y que hoy es Patrimonio de la Humanidad; o la Reserva Nacional de Selous que, desde luego, no el lugar más solicitado en Tanzania para avisar fauna.
Nos despedimos de este país desde Mwanza, a orillas del lago Victoria y donde se rememora la tragedia del transbordador Bukoba, cuando se hundió en las aguas y murieron entre seiscientos y mil pasajeros.
Continúa su viaje por Ruanda, pocos años después del genocidio que enfrentó a hutus contra tutsis y que es probable que muchos recordemos. Cuando esto ocurrió, yo era poco más que una niña y no entendía mucho, pero Reverte me ha ayudado a hacerlo. A saber que, por el contrario de lo que decían los medios, no fue una guerra tribal, sino el resultado del colonialismo.

Ese colonialismo que decidió dividir a la población local entre tutsis (los propietarios de, al menos, diez vacas y que tendrían derecho a una educación) y hutus (todos los demás, sin derecho a nada). Todo esto, con el apoyo de antiguas potencias coloniales europeas.
Se sigue hablando de guerra tribal, así que me gustaría hacer mías las palabras del escritor y periodista Ryszard Kapuscinski, a quien Reverte cita en su novela: el conflicto que se desató en Ruanda no fue étnico, racial ni tribal, y aquellos que definen a hutus y tutsis como dos tribus, dos etnias enfrentadas, no saben lo que dicen.
El autor quiere ser testigo de primera mano de los lugares de la masacre. No le resulta suficiente cruzarse con gente con algún miembro amputado o que asegurasen ser el único superviviente de su familia de la matanza. Por desgracia, al horror hay que mirarle de frente y no permitir que se repita.

Por último, llegamos a la República Democrática del Congo, recién renombrada, dejando el nombre de Zaire en el pasado, aunque parece que es lo único que se ha podido quedar ahí. Desde que el Congo fuese una empresa privada a manos del infame Leopoldo II de Bélgica que la saqueó, empobreció y la dejó sumida en la más absoluta miseria y corrupción; pasando por el dictador Mobutu, quien llegó a afirmar que cada ciudadano era libre para buscarse la vida como buenamente podía y terminando en el estado fallido que era el Congo en el momento en que el autor viaja y lo plasma en su libro.
En este último lugar, se aloja en Kinsasa, en la residencia del que fue embajador de España, ve la pobreza más absoluta y la esperanza de aquellos que lo han perdido todo y donde, por un golpe del destino, un desconocido le consigue un pasaje en un carguero y así lograr seguir los pasos de Joseph Conrad y navegar por el Congo.

Pero no sólo la historia y los relatos dan forma a este libro, ya que las personas que en él aparecen juegan un papel principal. Gente que no teme en abrir su corazón a un forastero, en mostrar su optimismo ante el futuro o, todo lo contrario, pensar que lo malo se pasará de generación en generación. Gente que pide un cigarro, que se sienta con él a beber algo, que le conduce a visitar a los desheredados de la tierra o que le piden el reloj, por si cuela.
Gente que nos toca con sus palabras y que consiguen que te des cuenta de lo afortunado que eres por haber nacido en esta orilla del Mediterráneo. Gente que despierta nuestra alma porque, al final, no somos tan diferentes.
Yo también quiero ser vagabunda en África
Lo que más me atrajo del libro es su título. La idea de vagabundear, de tener muy pocas cosas preparadas, de ir donde te lleve la corriente, sin reservas, sin pensar en lo que te va a deparar el destino. A mi parte viajera, que no turista, y aventurera, le atrae mucho.
En un mundo paralelo, tengo mucho tiempo para viajar de esa manera, sin estar pendiente del calendario, parándote a charlar con los locales, aprendiendo de esos filósofos que te vas encontrando por el camino, disfrutando de la aventura como se disfruta del viento en la cara.
Viajar como lo hacía Javier Reverte, con valentía, esperanza, ganas de saber y de conocer, sin miedo o, quizás, con un poco de inconsciencia. O un mucho.
Viajar sin mirar un mapa, preguntando direcciones, haciéndote “amiga” de un conductor que te acerca unos kilómetros a tu destino, tener la suerte de cruzarte con alguien que conoce a alguien que te consigue un billete en un medio de transporte. Jugar con los niños y que se rían de tu acento cuando pronuncias palabras en idioma local.

Viajar por el placer de vivir, de experimentar, de ver con tus propios ojos, no por el hecho de tener “la foto” y, menos aún, de presumir en redes sociales. Ay, qué tiempos en los que no se buscaba impresionar a nadie con lo que hacemos…
Viajar por lugares remotos, de los que cuesta situar en el mapa. Viajar por lugares no recomendados, peligrosos, de los que te hacen arrepentirte de no haberte quedado en casa.
Viajar por África, el gran continente que, salvo algunas excepciones, es el gran desconocido porque me temo que poco invita a desplazarse hasta algunos lugares, especialmente aquellos en los que la vida humana no vale nada.
Viajar para observar, para saber, para aprender, para poder decir “yo lo he visto”. Viajar porque sólo vamos a vivir una vez.
Sí, a mí también me gustaría ser una vagabunda en África.
Viajar a la República Democrática del Congo
Aunque en mi artículo apenas lo he comentado, a diferencia de Vagabundo en África, donde el autor habla constantemente de esa meta, como viajera y curiosa, es imposible quedarse únicamente con lo que leo en este libro.
Hago una búsqueda simple en Google y doy con una agencia que realiza ese recorrido. No todo consiste en la navegación, sino que se visita parte del país. Lo que se remarca una y otra vez es que no es para todo el mundo, que hay que ir con la mente muy abierta y hecho a la idea de las escasas comodidades que se van a tener. Después de haber estudiado el programa, puedo confirmar que ni el destino, ni el tipo de viaje, ni el precio son para todos los públicos.

Encuentro alguna agencia más que ha tenido el país como destino (nada de navegar el Congo) y otra que lo mantiene en el presente. En este último caso, el trayecto incluye navegación en canoa, que suena interesante, sin embargo, no tiene nada que ver con el viaje de Javier Reverte. Parece que me estoy poniendo exquisita.
Lo que sí dejan claro todas es que no es un país como ningún en otro en África, pero no por un buen motivo, sino por los peores que nos podamos imaginar: caos, corrupción, falta alarmante de infraestructuras, entre otras lindezas. No es un viaje más, no hay que tomárselo a la ligera. Esto no es África, es el Congo, llegan a afirmar.
Desde luego, no me parece que pretendan meter miedo, sino simplemente, avisar de lo que te espera y, aun así, hay cosas que son inevitables. Si son tan pocas las agencias que ofrezcan circuitos por este país (y ya no hablamos de navegar por el río), por algo será.
¿Y qué será ese algo? Pues el Ministerio de Asuntos Exteriores. Como era de imaginar, es un destino totalmente desaconsejado para viajar, dada una situación del todo inestable y en la que se esperan disturbios y grupos armados tienen controladas varias zonas.
No tiene buena pinta… Pero ¿qué pasaría si, ante todo esto, decidiera navegar por el río?
Navegar por el río Congo
Imposible no soñar con un viaje de esas características: país remoto, inexplorado, turísticamente virgen, con la sensación de que eres el primero que pasa por allí. Tener que renunciar a duchas en condiciones, a baños limpios, a comidas apetecibles… y, por si no fuese poco, pagar un dineral por ello.
A cambio, te llevarías una naturaleza exuberante con una biodiversidad que es complicada de asumir que, entre otras especies, acoge 32.000 tipos distintos de árboles. Contacto con comunidades locales, mercados, misiones cristianas. Pierdes comodidad, ganas convertirte en un vagabundo en África. Suena muy atrayente, quizás, demasiado.
Con África siempre sucede lo mismo: la belleza palpita en la vecindad del espanto. Aunque, quizá, si sabemos mirar el fondo de la vida, eso ocurra en todas partes y en toda ocasión, no importa cuál sea tu cultura o cuál la geografía que habitas.
Qué pena que sea un país muy muy peligroso que, si no, la pensada para las vacaciones se la llevaba.

Mientras que mejores tiempos llegan para los congoleños, que deseo que sea lo antes posible, a pesar de que no tiene buena pinta, me tendré que conformar con recordar el libro de Javier Reverte o leer esta entrevista a Xavier Aldekoa, otro viajero que ha navegado por el río y lo ha contado en Quijote en el Congo.
Me gustaría terminar este artículo con una frase que Javier Reverte repite varias veces a lo largo de la novela: donde hay un deseo, hay un camino.
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