Por el Duero hasta Oporto

En época de pandemia, mientras leía artículos de viaje que me ayudaban a soñar con otro futuro, cayó en mis manos uno de El Viajero en el que el autor proponía seguir el curso del Duero en Portugal, desde Miranda do Douro hasta Oporto, alojándose en diferentes quintas y entregándose a la dolce vita de las catas de vinos y hoteles con encanto.

Fue uno de los artículos que guardé en mi carpeta “para el futuro”. Cuando planificamos el verano, teníamos una semana en agosto y pensamos en destinos cercanos, no demasiado caros (el viaje a Escocia hizo un poco de pupa) y que fuese un término medio entre el relax y turismo activo. Lo terminamos reduciéndolo a dos propuestas: retomar el viaje cancelado a última hora a Burdeos y este recorrido. El de Burdeos fue descartado porque ya se avecinaba un verano caluroso en Europa y nos daba un poco de miedo pasar el mismo calor que en Madrid (por cierto, al final, ocurrió), además, Francia tampoco es un país muy económico. Decidido: acompañaríamos al Duero a desembocar en el océano Atlántico.

El Duero, a su paso por Oporto, a punto de desembocar

Al meternos en materia, tuvimos que decidir qué nos valía del artículo y qué descartábamos. No quisimos alojarnos en las quintas propuestas dado que el precio por noche es muy elevado, ni tampoco quisimos dedicar tanto tiempo yendo de una a otra. Aunque el vino nos gusta, con una cata tenemos suficiente, teniendo en cuenta además, que nos movemos en coche, con el peligro que eso entraña y, si sólo iba a beber yo, no tenía mucha gracia el asunto. Al final, el viaje consistió en Miranda do Douro, Pinhão, Oporto y Aveiro y sólo nos alojamos en una quinta, en un pueblo cercano a Pinhão. Sobre las catas de vino, lo iríamos decidiendo sobre la marcha.

El mismo viernes 12, después de trabajar, nos pusimos en carretera y, en poco más de 2 horas llegamos a la primera parada. Miranda do Douro está justo al otro lado del Duero, podría ser Zamora, pero es Portugal y comparte con esta provincia el Parque Natural de los Arribes del Duero. Es una situación que me extraña, aunque sé que las fronteras se tienen que establecer en algún sitio y las naturales suelen ser las más naturales, nunca mejor dicho. ¿Cómo es posible que lo que veo en la otra orilla sea otro país? Otro idioma, otro prefijo telefónico, otro sistema político, otra moneda (si corresponde), otra sanidad, otras costumbres.

Aunque no llegamos a visitar los Arribes del Duero, las vistas desde nuestra habitación del hotel eran un 11

El hotel que habíamos reservado es sencillo, aunque un poco anticuado, especialmente el baño, pero más que suficiente para una noche. Además, tenemos una terraza con vista a los Arribes y a la catedral que es una maravilla. Según dejamos las maletas, vamos a explorar. Nos alojamos en la zona nueva y el casco antiguo está a unos 10 minutos muy escasos andando. Como Miranda ha sido ciudad fronteriza durante siglos, se ven los restos de la muralla que, por suerte, ya no es defensiva y tiene el aspecto de la típica ciudad castellana de aquella época. Si no fueran por los blasones en piedra con el escudo de Portugal, parecería que estamos paseando por Zamora o Ávila, por nombrar algunas.

Tiene un pequeño entramado de calles y rápidamente se descubre cuáles son las principales, lo mejor, es olvidarse de mapas y, simplemente, vagabundear entre ellas. Eso sí, merece la pena acercarse hasta la Sé (catedral), sin ventanas ni apenas vidrieras, no tiene pinta de ser muy luminosa. La encontramos ya cerrada, por lo que tenemos que conformarnos con el exterior. También bajamos a ver la puerta medieval y nos fijamos en algunas fachadas de los siglos XV y XVI.

La Sé de Miranda do Douro

El tiempo va pasando y, teniendo en cuenta que es una hora menos y que los horarios de comida son europeos, no podemos demorarnos. De los sitios recomendados, sólo nos llama la atención uno y, cuando llegamos, no parece que tengan sitio (o no lo tienen para nosotros, sin más comentarios), por lo que llegamos por casualidad en una bodega que sirve, además, tapas y raciones. Y menos mal que cogimos la mesa porque, pocos minutos después, había cola esperando. Después de cenar, recorremos la ciudad para verla iluminada. La Sé, el paseo ribereño, los restos del castillo. Con esta imagen, volvemos a la habitación y, aunque disfrutamos un rato más de las vistas, nos acostamos porque nos espera un día de carretera.

Cuando nos levantamos, después de desayunar, nos ponemos en marcha. La siguiente parada es Pinhão y, como sabemos que en esta localidad no hay mucho de interés, queremos llegar tranquilamente, por la carretera que sigue el curso del Duero y parando en miradouros, de la misma manera que hicimos en la Ribeira Sacra. Tenemos marcados algunos de ellos y en Google maps nos salen unos cuantos más. A por ello.

Despedida de la Sé y de Miranda do Douro desde el Largo D. Joao III

Por desgracia, los planetas están desalineados para nosotros o, mejor dicho, nos castigan por no haberlo revisado todo al detalle: no hay apenas señalización sino que, de vez en cuando, encontramos en carretera alguna que otra señal hacia un mirador que no llega a ningún sitio, el navegador se vuelve loco, nos mete por el centro de pequeños pueblos de los que nos cuesta salir. Después de dos jugarretas de este tipo, decidimos parar a pensar y decidir.

Según el GPS, parece muy fácil la llegada a los miradores pero, a la hora de la verdad, nos mete en pueblos casi olvidados, con calles estrechas, en las que hay que maniobrar para pasar por ellas y que, algún que otro lugareño, nos mira con cara de preguntarse “¿qué hacen éstos aquí?”. La decisión que tomamos es darnos una tercera oportunidad y, si volvemos a vivir lo mismo, nos retiramos. El siguiente mirador es el miradouro de Picões, llegamos al pueblo, dejamos el coche a las afueras y, según maps, tenemos que andar unos 15 minutos. No es un camino mínimamente preparado y no nos atrevemos a meternos con el coche. Después de andar un buen rato bajo el sol, encontramos una señal que nos manda a la derecha indicando que nos falta 1.5km. Seguimos andado lo que nos parece bastante más que esa distancia y, de repente, llegamos: la barandilla y un pequeño merendero lo evidencian. Estamos solos y no tiene pinta de que haya mucha gente que venga. Las vistas son espectaculares y, en cierto modo, me recuerda a los cañones del Sil. No tengo claro de que sean conscientes de la maravilla que tienen porque no está nada preparado. Una pena, la verdad.

Nuestro único miradouro: Picões

Por la hora que es y viendo los lugares por los que estamos pasando, buscamos una localidad grande próxima para poder comer. No sabemos lo que vamos a encontrar, así que, si vemos algún restaurante de carretera por el camino o un hipermercado, también nos vale. Caemos en Vila Real, donde en teoría, hay varios restaurantes. Casi todos cerrados, aunque los bares (en los que no se sirve comida) no fallan. Me temo que de cerveza no nos alimentamos. Vamos a dar con una casa de comidas que se quedó anclada en los años 70 y cuyas paredes presumen de haber vivido años gastronómicos gloriosos. Nos atiende un hombre mayor, demasiado servicial para nuestro gusto, y que sólo nos da la opción de pedir menú del día. Menos mal que sólo pedimos la mitad porque las raciones de comida casera son inmensas. No hemos tenido miradouros pero sí comida casera en abundancia. ¿Compensa?

Sin perder más tiempo, volvemos al coche. Analizando la situación, nos tememos que el resto de miradores puedan ser de la misma manera por lo que, con mucho dolor, decidimos darlo por finiquitado, quedarnos con el buen recuerdo de la Ribeira Sacra y poner rumbo a la quinta en la que nos alojábamos para poder dirigirnos a conocer Pinhão.

El camino es sinuoso, hay que conducir con cuidado, bordeando viñedos. Llegamos a nuestro nuevo alojamiento, dejamos las maletas y nos asomamos a la terraza. Tenemos unas vistas de impresión a las laderas llenas de vides y, al fondo, por una pequeña rendija, vemos el Duero. Cuando llegamos a Pinhão, al poco de aparcar, estamos deseando irnos. Pensamos en continuar hasta Peso da Régua pero la guía la describe aún peor que a Pinhão: sólo tienen interés si vas a hacer una cata de vinos. Bueno, es lo que hay, vemos la estación de tren, adornada con azulejos, y vamos a dar una vuelta por la orilla del río. Las vistas son bonitas y nos llama la atención que hay un par de cruceros, relativamente grandes, con turistas de aspecto anglosajón de edad avanzada, que beben vino en los balcones de sus camarotes. Apenas hay más turistas.

El Douro, a su paso por Pinhão

Lo poco que encontramos en el pueblo está orientado a ese turista británico, de edad media o avanzada y con un nivel económico elevado. Entramos en un bar y pedimos una copa de Oporto, nos abstenemos a pedir algo de comida ya que los precios son muy elevados. Somos los únicos turistas pese a que el local está orientado a ellos/ nosotros. El resto de clientes, amigos del camarero, se juntan en una esquina a ver el fútbol. Nosotros hemos dejado de existir.

Cuando salimos, sabemos que no hay ningún otro sitio donde podamos pedir algo de comer, además, casi todo está cerrado. ¿Dónde van los habitantes cuándo quieren cenar fuera? Cogemos el coche para ir a Peso da Régua, a ver si hay más suerte. Es una ciudad más grande, por lo que debería haber más sitios. O no. Nuestra lógica no funciona. Nos encontramos con un lugar oscuro, sólo iluminado por la luz de las farolas y de los semáforos, no hay nadie por la calle. ¿Es el puente del 15 de agosto o diciembre en Islandia? No encontramos ABSOLUTAMENTE NADA y no llegamos ni a aparcar para salir a investigar. La única baza que nos queda es parar en alguna gasolinera y comprar lo que pueda haber para comer. Pues tampoco hay gasolinera. ¿Dónde repostan? En los 35 kilómetros que distan de la quinta no hay nada y, en el alojamiento no indican que haya restaurante o cocina. Nos acostamos sin cenar y dando gracias de que la comida haya sido copiosa. A la mañana siguiente, sin ningún tipo de duda, aceptamos el desayuno en el alojamiento, da igual lo que nos cobren, visto lo visto, a saber dónde podremos desayunar, si es que lo hacemos.

Nos vamos con una sensación de vacío enorme, el día de ayer fue casi perdido y la ruta de los miradouros se ha acabado nada más empezar, casi no hemos comido nada típico portugués y ni hemos catado el bacalao y todo al comienzo del viaje. Esto no era lo que teníamos en mente. Decidimos dejarnos de experimentos con gaseosa y dirigirnos a Oporto, pero por la autopista, eso sí, y haciendo una parada previa en Casa de Mateus.

Este palacete de estilo barroco es una de las joyas portuguesas de este estilo. Rodeado de unos jardines muy cuidados, de vides, un huerto y un estanque que son un oasis en el lugar. La casa, diseñada por el arquitecto italiano Nicolau Nasoni en el siglo XVIII, tiene una escalera doble delantera muy bonita y estatuas en el tejado.

Casa Mateus

La primera vez que fui a Oporto, ya vi recomendada esta visita pero, aquella vez, fue inviable. Esta vez, yendo en coche y de camino a esta ciudad, el desvío no era demasiado grande y, con el desánimo que llevábamos, nos teníamos que contentar con esa belleza.

Al llegar a la taquilla, puedes elegir entre la entrada de los jardines o la visita guiada que incluye el interior de la casa. Las visitas guiadas son sólo en portugués, inglés y francés y, para la próxima queda más de una hora. No nos queda otra alternativa que quedarnos en los jardines. ¡Pero qué jardines!

La vista del palacete detrás del estanque es una maravilla, la fachada y la ermita adyacente son muy bonitas, dan ganas de subir por las escaleras y quedarse un buen rato admirando las estatuas aunque, la auténtica maravilla está en la parte de atrás, en los jardines. Vegetación frondosa, por la que parece que no pasa nunca el sol, bancos al fresco, fuentes, palmeras y vides. Es la descripción del jardín perfecto.

La descripción del jardín perfecto

El viaje debe continuar, en este caso, por la autopista, que nos lleva hasta Oporto. Hemos decidido no parar por el camino para comer, ya que, es el domingo del puente de agosto y no sabemos lo que vamos a encontrar. Hay muchas más posibilidades de encontrarlo en Oporto. Y, en cuanto nos queremos dar cuenta, entramos en esta ciudad, conseguimos aparcar el coche cerca de nuestro alojamiento y salimos a comer. Descansamos un rato para coger fuerzas y salir a recorrerla.

Pero ésa ya es otra historia.

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